LA VIUDA NEGRA QUIERE EL DIVORCIO... Pero Él No La Dejará Ir
LA VIUDA NEGRA QUIERE EL DIVORCIO... Pero Él No La Dejará Ir
Por: Daria Sam
LA VIUDA NEGRA QUIERE EL DIVORCIO

Diamond entró en el despacho ignorando el peso de la mirada plateada de Ridell. Era la misma intensidad con la que un depredador analiza a su presa.

Aunque mantenía su máscara de esposa dulce y sumisa, Ridell no se dejaba engañar; él ya había visto a la verdadera mujer bajo, la lengua afilada que se escondía tras esa sonrisa de porcelana.

Llevaban cinco meses encadenados a un matrimonio por contrato, y para Diamond, el tiempo se agotaba.

«Un mes», pensó sintiendo un escalofrío. «Solo me queda un mes antes de que mi hermano venga a reclamar lo que cree suyo».

Su último intento de escape había sido un fracaso humillante.

Ahora, con la sombra de Killian Valentine acercándose desde Nueva York, Diamond sabía que no podía fallar de nuevo.

Necesitaba el divorcio o, al menos, la distracción suficiente para desaparecer.

—He terminado de jugar a la casita, Capitán North —soltó ella. Su voz no tembló mientras dejaba caer el sobre de manila sobre la caoba. El sonido resonó como un disparo—. Quiero el divorcio.

Ridell no respondió de inmediato.

Sus dedos se cerraron alrededor de su bolígrafo de platino y, con una fuerza aterradora, Diamond vio cómo el metal se doblaba hasta crujir.

El gesto le provocó un escalofrío del que no supo si era de miedo o de una oscura curiosidad.

—¿Divorcio? —La voz de Ridell fue un susurro ronco—. En la familia North no existe esa palabra. Y nosotros no seremos la excepción.

Él se puso de pie y el oxígeno de la habitación pareció desaparecer. Su presencia física la abrumaba, reclamando cada centímetro de aire.

Se acercó con lentitud depredadora, e instintivamente, Diamond mantuvo la barbilla en alto. "Está loco", pensó.

"Hace una semana me ignoraba y ahora quiere incinerarme con la mirada".

—¡Me importa una m****a tu familia y tus reglas! —le gritó, con los ojos azules encendidos—. Estoy harta de ser tu sombra y el blanco de las burlas de tu amante. Me voy. Y si intentas detenerme, suplicarás no haberme conocido. No tienes idea de lo mala que puedo ser.

Ridell soltó una carcajada amarga y, antes de que ella pudiera reaccionar, la atrapó contra el borde del escritorio.

Sus manos se cerraron sobre la madera a ambos lados de su cuerpo, acorralándola. Diamond sintió el calor abrasador de su cuerpo, un contraste violento con su habitual frialdad.

—¿Crees que eres un trofeo? —Ridell se inclinó hasta que sus rostros casi se rozaron—. No tienes idea de lo que me cuesta no reclamar cada cláusula de ese contrato ahora mismo.

—Entonces fírmalo y déjame ir —desafió ella, humedeciendo sus labios por puro nerviosismo.

La mirada de Ridell bajó a su boca. Ya no era solo rabia; era un deseo primitivo acumulado durante meses de silencio. Su mano subió a la nuca de Diamond, hundiéndose en su cabello para obligarla a mirarlo.

—No te vas a ninguna parte. Porque eres mía.

Entonces, la besó. Fue una invasión.

Diamond sintió el sabor a tabaco y café, y la presión de unos labios que no pedían permiso, sino que tomaban posesión.

Fue un beso cargado de una urgencia que le hizo flaquear las piernas.

Una descarga eléctrica le recorrió la columna, una calidez traicionera que la instaba a responder, a enredar sus dedos en el cuello de su uniforme y dejarse llevar.

"No", rugió su mente. "Es solo otro hombre intentando dominarte".

Recuperando el control, Diamond mordió el labio de Ridell con fuerza hasta sentir el sabor cobrizo de la sangre.

Él se separó lo justo para mirarla, jadeando, con un hilo rojo decorando su comisura.

En lugar de enfurecerse, sus ojos brillaron con fascinación.

—¿Eso es todo lo que tienes, Viuda Negra? ¿Me estás retando?

—Tómalo como quieras —respondió ella, aunque su corazón golpeaba sus costillas como un animal enjaulado.

Ridell la tomó de nuevo por la nuca y la reclamó en un segundo beso, aún más hambriento que el anterior. Diamond sintió que algo explotaba en su interior. Estaba cansada de los golpes de su padre y de la sombra de su hermano, pero ese beso le generaba una furia nueva, una que disfrutaba de manera inquietante. Lo empujó con todas sus fuerzas, separándose apenas unos centímetros.

—¿Por qué tanta prisa por dejarme? —preguntó él con voz ronca—. ¿Hay alguien más esperándote fuera de mis fronteras?

Diamond soltó una carcajada seca. —Tal vez. Después de todo, tengo una reputación que mantener. He tenido cinco esposos, Ridell. Tú eres solo el quinto contrato en mi lista. Tal vez ya es hora de ir por el sexto.

El rostro de Ridell se endureció como la piedra. —¿El sexto? —repitió, las palabras saliendo como cuchillas.

—Sí. Y estoy segura de que el número seis será mucho mejor que tú. Al menos él no será un bloque de hielo que necesita el permiso de su amiga de la infancia para respirar.

El golpe al orgullo de Ridell fue certero. En la alta sociedad se preguntaban cómo él seguía vivo siendo el esposo de la "Viuda Negra".

Diamond acababa de recordarle que él no era especial, solo el siguiente en la fila.

—No habrá un sexto —gruñó Ridell, atrapando su cintura con un brazo de hierro que la pegó a su cuerpo—. Porque no pienso morir, Diamond. Y porque no te voy a dejar ir nunca.

Cuando él finalmente la soltó, ella retrocedió hacia la puerta, aturdida por el calor del hombre que juró odiar.

—¡Estás demente! —gritó antes de salir disparada de la oficina.

Ridell, desde la ventana, la vio correr por el jardín. Su sonrisa desapareció, reemplazada por una determinación gélida.

No le importaba si tenía que luchar contra el mundo entero para mantenerla. Lo que Ridell no sabía era que el diablo ya estaba en camino desde Nueva York.

Su nombre era Killian Valentine, el hermano que no aceptaba que su "propiedad" más preciada perteneciera a otro hombre.

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