SECRETOS DIGITALES

El silencio en la mansión North era sepulcral.

Mientras Ridell seguía en el hospital acompañando a la "frágil" Sienna, Diamond se encontraba en su habitación, moviéndose con una eficiencia que habría aterrorizado a cualquiera que conociera solo su faceta de niña tonta.

Sacó el collar que Killian le había enviado. La gema ámbar brillaba con una luz malévola bajo la lámpara.

—¿Crees que puedes marcarme como a ganado, hermano? —murmuró Diamond, acariciando la joya con una sonrisa fría—. Veamos cuánto vale tu obsesión en el mercado negro,

Jamás se lo pondría. Con manos rápidas, sacó su teléfono desechable.

No perdió tiempo admirando la joya; para ella solo era un boleto de salida.

Tomó las fotos necesarias y las subió a la subasta encriptada bajo el usuario "BlackWidow".

[VENDIDO. $150,000 USD transferidos a la cuenta segura.]

Casi de inmediato, un mensaje encriptado apareció en la pantalla: >> "El pago ha sido recibido. Tus nuevos documentos de identidad (pasaporte italiano, licencia de conducir) estarán listos en dos semanas. El envío se hará al punto muerto acordado."

—Dos semanas —se dijo a sí misma, sintiendo un alivio inmenso—. Solo tengo que aguantar dos semanas más de este infierno.

Guardó el teléfono en el fondo falso de su maleta y se sentó en el borde de la cama.

.—Púdrete, hermano —susurró ella, sintiendo una náusea familiar.

Ahora que la adrenalina bajaba, el dolor la golpeó.

Se levantó la falda del vestido. La piel de su muslo y pantorrilla estaba en carne viva por el roce brutal contra la silla de montar y las ramas del bosque.

La sangre manchaba la tela de seda.

Estaba limpiando la herida con un pañuelo húmedo, apretando los dientes para no gritar, cuando la puerta se abrió de golpe.

Ridell entró. Seguía con su traje de montar, oliendo a bosque y a furia contenida.

Diamond dio un salto, cubriendo instintivamente la pierna ensangrentada y bajando la cabeza, adoptando su postura de ciervo asustado.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Ridell, su mirada recorriendo la habitación con sospecha antes de detenerse en la mancha roja que traspasaba la tela del vestido de ella.

—Nada, Capitán... yo solo... me estaba cambiando —respondió ella con voz temblorosa, llena de una dulzura empalagosa—. Lamento mucho si lo he molestado. ¿Cómo está la señorita Sienna? Estaba rezando para que no le hubiera pasado nada grave.

Ridell frunció el ceño. La preocupación en la voz de Diamond parecía tan genuina, tan patéticamente sincera, que lo irritó.

¿Cómo podía preocuparse por Sienna cuando ella misma estaba sangrando?

—Sienna está descansando. Los médicos dicen que fue un shock terrible —dijo Ridell con frialdad, ignorando deliberadamente la herida de su esposa—. Tu incompetencia casi nos cuesta una tragedia hoy. Ese animal pudo haberla matado.

Diamond clavó la mirada en el suelo.

“Ojalá lo hubiera hecho, maldito idiota ciego”, pensó con veneno.

Pero por fuera, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo siento tanto, esposo... —sollozó suavemente—. Soy tan torpe. Nunca quise causar problemas. Solo quería encajar...

Ridell la miró con desdén. La veía pequeña, frágil e inútil. Una carga. —No quiero que Sienna se altere al ver tu cara de culpa. Esta noche cenarás aquí, en tu habitación. No salgas hasta que te lo ordene.

—Sí, Capitán. Gracias por... por ser tan comprensivo —susurró ella.

Ridell dio media vuelta y salió, cerrando la puerta con fuerza. En cuanto el clic de la cerradura sonó, Diamond se secó las lágrimas inexistentes con el dorso de la mano y su expresión cambió a una de puro odio gélido.

—"Comprensivo" —burló ella a la nada—. Eres un chiste, Ridell North. Disfruta tu cena, porque te aseguro que la mía me sabrá a gloria sabiendo que en dos semanas serás solo un mal recuerdo.

Horas más tarde, la sed la obligó a salir.

La mansión estaba en silencio.

Diamond caminó descalza para no hacer ruido, bajando hacia la cocina por un vaso de agua y hielo para su pierna hinchada.

Al pasar cerca del salón de té privado, escuchó risas. Se detuvo en seco y se pegó a la pared.

Eran Sienna y la Nana Rona.

—... debiste ver su cara, Nana —decía Sienna, su voz clara y sin rastro de debilidad—. Ridell estaba pálido del susto. Ni siquiera miró a esa estúpida americana cuando su caballo salió disparado hacia el barranco.

Diamond contuvo la respiración. Sacó su teléfono principal del bolsillo de su bata.

—Lo hiciste bien, niña —respondió la voz rasposa de Rona—. Esa aguja que escondí bajo la silla de montar de Diamond funcionó a la perfección. El caballo enloqueció de dolor justo a tiempo.

—Fue perfecto —rio Sienna—. Ahora Ridell se siente culpable por "casi dejarme morir" y piensa que ella es una inútil que no sabe controlar a un animal. Nadie sospechará nunca que fuimos nosotras.

—Exacto. Diamond Valentine es un cadáver caminando en esta casa —sentenció Rona—. Mientras Ridell la vea como un estorbo peligroso, jamás la tocará. Y si no la toca, el contrato se anula. Tú serás la señora North, mi niña.

Diamond sintió un fuego helado recorrerle la espalda.

“Así que no fue un accidente. Intentaron matarme. Me pusieron una aguja para que el caballo me tirara por el barranco”.

Con manos firmes, Diamond presionó el botón de GRABAR en su pantalla.

Capturó cada palabra, cada risa cruel, cada confesión de cómo manipularon a Ridell.

Cuando terminaron de hablar, Diamond detuvo la grabación.

Con movimientos precisos, abrió una carpeta encriptada en la nube titulada "SEGURO DE VIDA".

Allí, junto a las fotos de las palizas que le daba su padre y los mensajes amenazantes de Killian, guardó el nuevo archivo de audio: Evidencia_North_01.

Regresó a su habitación en silencio, con el vaso de agua en la mano y una sonrisa que habría aterrorizado al mismo diablo.

Se sentó en la cama, bebió un sorbo y miró hacia la puerta cerrada.

—Crees que soy la presa, Sienna —susurró al vacío—. Pero acabas de darle un arma cargada a la Viuda Negra. Y créeme... yo nunca fallo el tiro.

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