EL GIGANTE DE HIELO

Diamond sostenía el certificado de matrimonio con dedos que no dejaban de temblar.

No era la emoción de una novia, ni el peso de un compromiso sagrado; era el acta oficial de su venta.

En el papel, la firma de Ridell North se alzaba con trazos agresivos, una marca oscura que sentenciaba su destino.

El hombre ni siquiera se había dignado a aparecer en la ceremonia privada en Nueva York.

En su lugar, envió a un escuadrón de soldados con uniformes grises que la observaban con la misma indiferencia con la que se mira a un paquete que debe ser transportado a través del océano.

—¡Dios mío, hija mía! Estoy tan orgulloso de ti. No hay mujer más hermosa en este mundo que mi pequeña Diamond.

La voz de Arthur Valentine retumbó en el vestíbulo, cargada de una calidez fingida que helaba la sangre de Diamond.

Para cualquier extraño, era la imagen del padre devoto despidiendo a su princesa hacia una vida de ensueño.

Pero Diamond sintió cómo los dedos de su padre se hundían con saña en sus hombros, una advertencia física que acompañaba al abrazo asfixiante.

—En Transilvania todos se rendirán ante tu belleza —le susurró al oído con un tono que no admitía réplica.

Era una orden directa: usa tu rostro, manipula a los North y tráeme lo que necesito. Diamond forzó una sonrisa dulce mientras sus ojos se empañaban en lágrimas calculadas. Había pasado años perfeccionando el papel de la "niña frágil" para sobrevivir a las palizas en casa; actuar frente a los testigos del acuerdo era el menor de sus problemas.

—Padre… —murmuró ella con la voz quebrada. Por dentro, rogaba que esa fuera la última vez que sentía su olor a tabaco y alcohol.

Se giró hacia sus hermanos.

Allen, el segundo, la abrazó con una rigidez que delataba su miedo.

Él nunca le había levantado la mano, pero su silencio ante los abusos de Arthur y Killian era una cicatriz invisible que Diamond nunca perdonaría.

—Cuídate, hermano —dijo ella, buscando algún rastro de remordimiento. Allen quiso hablar, pero la mano de Killian se posó en su hombro. El efecto fue instantáneo: Allen se tensó y se apartó de ella como si Diamond quemara.

Killian dio un paso al frente. Sus ojos avellana brillaban con esa fijeza demente que siempre le revolvía el estómago. Acarició el encaje del velo de Diamond con una lentitud que la hizo estremecer de puro asco.

—No serás la única en partir, Día. Iré a Europa por negocios durante seis meses. Regresaré para entonces y me aseguraré de visitarte.

—¿Seis meses? —Diamond sintió un rayo de esperanza. Tenía medio año. Medio año para desaparecer antes de que el monstruo la encontrara—. Te voy a extrañar, hermano.

—Estando un poco más cerca, puedes ir a verme, ¿verdad? —insistió Killian, apretando su brazo con una fuerza que dejaría una marca morada bajo la seda—. Eres mi diamante más preciado, Día. No lo olvides nunca. Nadie más puede tocar lo que es mío.

—Nunca lo olvidaré —respondió ella, bajando la mirada para ocultar el odio que amenazaba con desbordarse.

—Es hora de irnos, señorita Valentine —interrumpió uno de los soldados.

Aquellas palabras fueron un aire de libertad. Estaba a nada de ser libre. Seis meses serían más que suficientes para escapar no solo de su familia, sino también de aquel matrimonio que sentía como una soga apretando su delicado cuello.

Mientras tanto, en la gélida Transilvania, el estruendo de los golpes resonaba en el gimnasio del cuartel.

Ridell North, con el torso desnudo y cubierto de sudor, mandó al suelo a su tercer oponente de la mañana.

No fue una pelea justa; Ridell golpeaba con una precisión mecánica, descargando una furia silenciosa sobre la lona.

Un gancho de derecha fulminante terminó el encuentro, dejando al soldado gimiendo.

—Suficiente —dijo Ridell. Su voz era seca, sin rastro de cansancio.

El Sub-capitán Mark, su mejor amigo, lo observaba desde la orilla mientras le lanzaba una toalla.

—Está a punto de aterrizar, Ridell —soltó Mark—. El avión de los Valentine entra en nuestro espacio aéreo en treinta minutos. Tu padre espera que estés en la mansión para recibir a tu esposa.

Ridell bebió agua, ignorando la noticia. Su mandíbula se tensó hasta marcar el hueso.

—No voy a ir —respondió tajante—. Que Celine se encargue.

—Ridell, tu padre está furioso porque te refugiaste en la base —insistió Mark—. Los rumores dicen que Diamond Valentine es la joya de Nueva York. Dicen que su belleza es casi irreal, como si fuera un hada o una flor delicada. Todo el mundo habla de lo afortunado que eres por casarte con la mujer más amada y protegida de la alta sociedad.

Ridell soltó una sonrisa gélida. —Es una Valentine. Una moneda de cambio enviada por delincuentes para infiltrarse en nuestras rutas. Acepté este matrimonio para proteger a Celine de Killian Valentine, no porque me interese una niña mimada. Preferiría morir antes que entregar a mi hermana a ese psicópata, pero no esperes que sea amable con el reemplazo.

Mark suspiró, sintiendo lástima por la mujer. —Parece tan frágil, Ridell. Mis hombres dicen que cuando fueron a recogerla, a pesar de que la alejábamos de su vida de lujos, les sonrió con una dulzura que los dejó desarmados. Es pequeña, delgada... no pertenece a este lugar de piedra y nieve. Deberías tener compasión; es una rehén de este acuerdo y ni siquiera es una Valentine de sangre.

Ridell arqueó una ceja plateada. —¿Pequeña? ¿Me han enviado a una niña para que juegue a las muñecas en mi casa?

—No —gruñó Mark—. Pero a tu lado, se ve como cristal a punto de romperse.

—En mi mundo, las flores delicadas se marchitan en la primera helada —sentenció Ridell, poniéndose su chaqueta de uniforme—. Si es una espía, la aplastaré. Si es una muñeca de porcelana, la romperé.

—¡Es una basura, igual que el hombre que la crió! —Una voz cargada de odio interrumpió la conversación.

Era el mayor Ivolet, el hermano mayor de Sienna.

Entró con pasos pesados, su rostro contraído por el desprecio.

—No te dejes engañar, Mark —escupió Ivolet—. Esa mujer es el enemigo. Sienna ha estado llorando toda la mañana. Ridell, no permitas que esa mujer manche tu nombre. Solo espero que cuando logremos deshacernos de ella, te cases con mi hermana y tengas la vida que mereces.

Mark miró con furia al Mayor Ivolet. Sabía que los Ivolet solo buscaban el poder de los North a través de Sienna, y Diamond era el obstáculo que arruinaba sus planes.

Ridell se abrochó la guerrera del uniforme con precisión mecánica.

Caminó hacia la salida, pasando entre los dos hombres como si fueran sombras.

El ambiente en el gimnasio se volvió gélido a su paso.

—¿A dónde vas? —preguntó Mark con esperanza.

Ridell no dijo una sola palabra.

Ignoró las súplicas de Mark y las provocaciones de Ivolet, abandonando el gimnasio con paso firme. Para él, Diamond era solo un problema administrativo, un sacrificio necesario.

No imaginaba que detrás de esa "belleza de hada" se escondía una mujer que había sobrevivido a un infierno peor que cualquier guerra.

Subió a su vehículo militar y se dirigió a las oficinas de mando, lo más lejos posible de la mansión. No quería ver sus lágrimas de niña rica ni sus caprichos.

Quería un mes de paz antes de que los Valentine empezaran a exigir sus intereses. Lo que Ridell no sabía era que el tiempo de paz se había terminado en el momento en que Diamond puso un pie en su tierra.

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