La penumbra de la habitación matrimonial estaba impregnada del aroma del deseo satisfecho y la melancolía del adiós.
Diamond se encontraba envuelta entre las sábanas de seda, con la piel aún encendida por el contacto de Ridell.
Él se cernía sobre ella, sus ojos platinados brillando con una intensidad que no era solo lujuria, sino una posesividad protectora que la hacía estremecer.
No era el encuentro frío y calculador de un contrato; era una entrega física y emocional que había dejado a ambos s