Mundo ficciónIniciar sesiónLa llegada de Diamond fue recibida con el mismo silencio hostil que precedería a una ejecución.
La docena de soldados detuvo su entrenamiento, y todas las miradas se clavaron en ella con desprecio. Sin embargo, una presencia los eclipsaba a todos.
Ridell North se acercó a grandes zancadas. Sin camisa, imponente y visiblemente irritado.
El sudor brillaba en su piel bronceada, y sus músculos se tensaron cuando se detuvo frente a ella, invadiendo su espacio personal sin ningún reparo.
—¿Qué demonios haces aquí, Diamond? —gruñó, su voz cargada de esa impaciencia que siempre reservaba para ella—. ¿Acaso no fui lo suficientemente claro hace unos días? Dije que no quería verte merodeando.
Diamond sintió el impulso de retroceder, de protegerse de esa energía masculina avasalladora, pero sus pies se anclaron al suelo.
Alzó la barbilla y, contra todo instinto de supervivencia, le dedicó una sonrisa. Brillante, dócil, perfecta.
La sonrisa de una esposa devota que ignora que es odiada.
—Lo sé, Capitán. Y le pido mil disculpas por la interrupción —dijo ella, su voz suave como la miel—. Pero la Nana Rona insistió en que sus hombres necesitaban un refrigerio. Me pidió que les trajera esto.
Levantó la pesada canasta con un ligero temblor en los brazos.
Ridell arqueó una ceja, la sospecha cruzando sus ojos grises.
—¿Rona te envió? —La miró fijamente, buscando la mentira—. ¿No viniste por tu propia voluntad para... "explorar"?
Diamond negó con la cabeza, manteniendo esa sonrisa inquebrantable que empezaba a dolerle en las mejillas.
—Oh, no, esposo. Jamás me atrevería a desobedecer una orden suya. Usted dijo que no quería verme, y yo cumplo sus deseos. Solo estoy aquí porque la Nana me dijo que era urgente.
Hubo un silencio tenso. Ridell la observó, realmente la observó, por primera vez en una semana.
Algo no encajaba. La chica frente a él seguía siendo hermosa de una manera etérea, casi irreal, pero había algo diferente.
Se veía... frágil. Demasiado delgada.
Sus pómulos estaban más marcados que el día de la boda, y el vestido de algodón parecía colgarle un poco en los hombros.
Había sombras oscuras bajo sus ojos azules que el maquillaje no lograba ocultar del todo.
Un pinchazo extraño, incómodo, se instaló en el pecho de Ridell.
Una sensación de inquietud que no pudo nombrar, pero que trajo a su mente la imagen fugaz y dolorosa de su madre, consumiéndose en silencio en esa misma mansión años atrás.
—Te ves... demacrada —soltó él, sin filtro, frunciendo el ceño—. ¿Estás comiendo bien?
La pregunta tomó a Diamond por sorpresa. Por un segundo, la máscara casi se le cae.
¿Comiendo bien? Rona se había encargado personalmente de que sus bandejas llegaran tarde, frías, o a veces con la comida ya pasada.
Había sobrevivido los últimos días a base de agua, algunas frutas robadas y pura fuerza de voluntad.
Pero no podía decirle eso. No todavía.
—Estoy perfectamente, Capitán —mintió con una dulzura enfermiza—. Solo me estoy... acostumbrando al clima y a las costumbres de la casa. Todo es maravilloso aquí.
Ridell no parecía convencido.
Esa sonrisa suya le resultaba irritante y, a la vez, extrañamente perturbadora.
Parecía una muñeca de porcelana a punto de quebrarse, y él, el hombre que se suponía debía proteger su territorio, sentía que algo se le escapaba.
Pero su orgullo y su prejuicio pudieron más.
—Como sea —dijo bruscamente, apartando la mirada como si le molestara verla—. No quiero nada de esa canasta. Cómetelo tú o tíralo, me da igual.
Se dio media vuelta, listo para volver al entrenamiento.
Diamond apretó el asa de la canasta hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
"Imbécil arrogante", pensó, la bilis subiéndole por la garganta. "Espero que te atragantes con tu propio ego".
Estaba a punto de dar media vuelta, humillada, cuando una mano grande y cálida se posó sobre la canasta.
—Yo sí tengo hambre, cuñada.
Diamond levantó la vista. Mark, el subcapitán y mejor amigo de Ridell, le sonreía.
A diferencia de Ridell, la sonrisa de Mark era abierta, casi amable, aunque había una astucia en sus ojos que le decía a Diamond que él veía más de lo que aparentaba.
—Capitán Mark —dijo ella, sorprendida.
—Déjame ayudarte con eso. —Mark tomó la canasta de sus manos sin esperar respuesta y se giró hacia los soldados que observaban la escena como buitres—. ¡Descanso! ¡Hidrátense!
Mark comenzó a lanzar botellas de agua y paquetes de comida a los hombres. Los soldados las atraparon, pero sus miradas seguían cargadas de un escepticismo gélido.
Nadie agradeció. Nadie sonrió. Aceptaron la comida solo porque venía de la mano del subcapitán, no de la "intrusa".
Todos, excepto uno.
Un soldado joven, de cabello rojos y ojos dorados llenos de un odio fanático, dejó caer la botella al suelo sin abrirla.
—Yo no quiero nada que venga de las manos de esa mujer —escupió, su voz resonando en el silencio repentino del campo.
Ridell se detuvo y se giró lentamente. Mark también se quedó quieto.
—¿Algún problema, soldado? —preguntó Mark, su tono perdiendo toda amabilidad.
El soldado dio un paso al frente, señalando a Diamond con un dedo acusador.
—Esa mujer no es bienvenida aquí, señor. Es la basura de América. Una espía, una intrusa que solo trae desgracias. Debería estar lejos de nosotros, no paseándose por el campo de entrenamiento como si fuera una de los nuestros.
El aire se congeló. Diamond sintió cómo la sangre se le helaba.
No entendía de dónde venía tanto odio gratuito. Ella no le había hecho nada a ese hombre.
Podía sentir las miradas del resto del pelotón; aunque no hablaban, sus ojos decían que estaban de acuerdo.
La veían como al enemigo.
Miró a su esposo, esperando... algo. Una defensa. Una palabra.
Ridell era el líder, era su esposo ante la ley.
Pero Ridell permaneció en silencio, con el rostro impasible, observando la escena como un juez imparcial.
No la defendió.
El dolor de ese rechazo silencioso fue peor que los insultos.
Pero Mark no se quedó callado.
—Suficiente —ladró el subcapitán, dando un paso hacia el soldado. Su voz tronó con autoridad—. ¿Desde cuándo un soldado de rango menor, cuestiona la presencia de la esposa de su capitán? ¿Desde cuándo se permite esa falta de respeto hacia una dama en mi presencia?
El mayor Ivolet, envalentonado por el silencio de Ridell, replicó:
—No es una dama, señor. Es una...
—¡Cierra la boca! —gritó Mark, cortándolo en seco. Se acercó hasta quedar nariz con nariz con el hombre—. Te comportas como un niño berrinchudo, repitiendo chismes de pasillo. Tu falta de disciplina y respeto me tiene harto.
El mayor Ivolet miró a Ridell, buscando apoyo, buscando que el líder validara su odio. Era el hermano mayor de Sienna, y su lealtad estaba con su familia, no con la extranjera.
—Capitán... —Empezó el soldado.
Ridell cruzó los brazos sobre su pecho desnudo. Su mirada fue dura, pero no hacia Diamond.
—Obedece a tu superior —dijo Ridell con frialdad—. Si el Subcapitán Mark te da una orden o un castigo, lo cumples. Sin rechistar.
El soldado palideció.
—¡Veinte vueltas al campo! —ordenó Mark, señalando el perímetro—. ¡Ahora! ¡Y sin agua! ¡Muévete!
El hombre le lanzó una última mirada de puro odio venenoso a Diamond antes de empezar a correr bajo el sol abrasador.
Diamond sintió que las piernas le temblaban. La sonrisa que había mantenido como un escudo comenzó a flaquear.
Se sentía pequeña, expuesta y rodeada de enemigos.
—Yo... —empezó a decir, su voz apenas un susurro.
—No tienes que disculparte —dijo Mark, girándose hacia ella. Su tono se suavizó—. Él es un idiota. No le prestes atención.
—No —Diamond dio un paso atrás, negando con la cabeza—. Lamento ser una molestia. No debí venir. Con su permiso.
Sin esperar respuesta, y sin atreverse a mirar a Ridell, dio media vuelta y casi corrió hacia la mansión.
Su figura delgada, con el vestido ondeando por la brisa, se veía solitaria y lamentable mientras se alejaba.
Ridell la observó marcharse. Esa sensación de inquietud en su estómago se intensificó.
Vio su espalda recta, su cabeza alta a pesar de la humillación, y de nuevo, el fantasma de su madre superpuso su imagen sobre la de Diamond.
Tan sola. Tan odiada sin razón aparente.
Sintió una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la lástima.
—Se ve mal, Ridell —dijo Mark, parándose a su lado y siguiendo su mirada—. Se ve... frágil. Como si se fuera a romper con un soplo de viento. Tal vez está sufriendo más de lo que parece en esa casa.
Ridell apretó la mandíbula.
—Es una Valentine. Son como las cucarachas, sobreviven a todo —dijo, intentando convencerse a sí mismo, pero su voz carecía de convicción.
Mark soltó una risa baja y miró a su amigo de reojo.
—¿Por qué tanto interés en la esposa de otro, Mark? —preguntó Ridell, con un tono más afilado de lo que pretendía.
Mark sonrió, esa sonrisa de lobo que Ridell conocía bien.
—Bueno, amigo mío... —dijo Mark con ligereza—. Si el esposo no la cuida, tal vez alguien más debería hacerlo. Sería una lástima que algo tan bonito se marchitara por falta de atención. Yo podría ayudarla a... adaptarse.







