El aire en el despacho del Patriarca North era gélido, pero no por el invierno de Transilvania que se resistía a morir, sino por la frialdad de los secretos que se guardaban tras las paredes de madera oscura.
Celine North permanecía junto al gran ventanal, con la vista fija en la entrada de la mansión.
Allá abajo, diminuta y vulnerable, Diamond seguía de pie en el umbral, observando el punto donde el coche de Ridell había desaparecido entre la bruma del sendero.
Celine sintió un nudo de angusti