El mundo de los sueños de Diamond se hizo añicos con un impacto brutal y helado.
No hubo transición.
En un segundo estaba dormida y al siguiente boqueaba buscando aire, con el cuerpo convulsionando por el choque térmico.
Un balde entero de agua helada la había empapado de pies a cabeza, calando las sábanas de seda y su camisón hasta pegarlo a su piel como una segunda capa congelada.
Una risa áspera, como de hiena, llenó la habitación.
—¡Arriba, bella durmiente! —cacareó Nana Rona, dejando caer