LA TRAMPA DE LA SIRENA

El mundo de los sueños de Diamond se hizo añicos con un impacto brutal y helado.

No hubo transición.

En un segundo estaba dormida y al siguiente boqueaba buscando aire, con el cuerpo convulsionando por el choque térmico.

Un balde entero de agua helada la había empapado de pies a cabeza, calando las sábanas de seda y su camisón hasta pegarlo a su piel como una segunda capa congelada.

Una risa áspera, como de hiena, llenó la habitación.

—¡Arriba, bella durmiente! —cacareó Nana Rona, dejando caer el balde metálico al suelo con un estruendo innecesario—. El día ya comenzó y aquí no mantenemos parásitos holgazanes.

Diamond se apartó el cabello mojado de la cara, temblando violentamente.

La furia estalló en su pecho, caliente y letal.

Quería saltar sobre la anciana, quería romperle esa sonrisa torcida...

"Una semana", se recordó a sí misma, clavando las uñas en las palmas de sus manos bajo las sábanas mojadas.

"Solo falta una semana para el pasaporte. No lo arruines ahora".

En lugar de atacar, Diamond encogió los hombros y soltó un sollozo patético, cubriéndose la cara con las manos.

—¿Por qué...? —gimió con voz temblorosa—. Hace mucho frío... Nana, por favor...

Rona la ignoró y comenzó a silbar una melodía desafinada y estridente mientras caminaba por la habitación, abriendo las cortinas de golpe para que la luz del sol hiriera los ojos de Diamond.

El silbido era taladrante, diseñado para irritar, para romper los nervios.

—Nada de lloriqueos —ordenó la anciana, girándose para mirarla con desprecio—. El Capitán Ridell está en la zona de entrenamiento con sus hombres. Llevan horas allí bajo el sol y necesitan refrigerios. Tú se los llevarás.

Diamond bajó las manos lentamente, dejando ver sus ojos rojos (el agua clorada ayudaba a fingir el llanto). Su mente trabajaba a mil por hora.

"Es una trampa".

Ridell le había ordenado explícitamente que no saliera, que fuera invisible.

Si aparecía allí, interrumpiendo su entrenamiento, él estallaría.

Rona la estaba enviando al matadero a propósito para provocar la ira de su esposo.

—Pero... el Capitán dijo que no saliera... —murmuró Diamond, fingiendo miedo.

—¿Vas a desobedecer una orden directa de la encargada de la casa? —Rona entornó los ojos—. Muévete. Te espero en la cocina en diez minutos. Y arréglate, das pena.

Rona salió de la habitación, retomando su silbido irritante.

Diamond se quedó sentada en el charco helado un momento más.

La paranoia la asaltó.

¿Y si las galletas o las bebidas estaban envenenadas? Si alguno de los hombres enfermaba, la culpa sería de ella.

"La esposa inútil envenenó al escuadrón". Sería la excusa perfecta para enviarla a la cárcel o algo peor.

—Juegas sucio, vieja bruja —susurró, levantándose para secarse—. Pero yo juego mejor.

Quince minutos después, Diamond bajó a la cocina.

Llevaba un vestido sencillo de algodón que ocultaba sus curvas, el cabello húmedo recogido en una trenza y, lo más importante, su teléfono en el bolsillo del delantal con la grabadora activada.

El ambiente en la cocina se cortó con un cuchillo en cuanto ella entró.

Los sirvientes callaron y la miraron con burla apenas disimulada.

—Aquí está la canasta —dijo Rona, señalando una cesta con botellas de agua y sándwiches sobre la encimera—. Llévasela. Ahora.

Diamond se acercó con pasos vacilantes.

—Nana Rona... —empezó a decir, asegurándose de hablar claro para el micrófono—. ¿Está segura de que al Capitán no le molestará? Él fue muy claro hace unos días... no quiero causarle problemas ni que se enfade con usted por enviarme.

Rona soltó una carcajada seca y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal.

—Escúchame bien, niña estúpida —siseó la anciana, con la voz goteando veneno—. Tú no eres la señora de esta casa. No eres más que una invitada no deseada. A nadie le importa si te quedas o te vas, nos causas repulsión a todos. Pero si vas a comer nuestra comida, vas a trabajar. Al Capitán le importas tan poco que ni siquiera notará que eres tú quien lleva el agua. Ahora, lárgate.

Rona la empujó con fuerza hacia la salida trasera.

Diamond tropezó, fingiendo torpeza, pero recuperó el equilibrio abrazando la canasta.

—Sí, señora... lo siento —gimió Diamond.

Salió al patio trasero, sintiendo las miradas burlonas del personal clavadas en su espalda.

"Sigan riendo", pensó con frialdad. "Tengo la confesión del maltrato y la orden contradictoria grabada. Si Ridell me grita, tengo con qué defenderme... o con qué hundirlos a todos cuando me vaya".

Caminó bajo el sol hacia la zona de entrenamiento, un área de tierra batida y obstáculos militares ubicada lejos de la casa principal.

A medida que se acercaba, los gritos masculinos y el sonido de golpes secos llenaron el aire.

Diamond cruzó el arco de entrada y se detuvo en seco.

Había una docena de hombres, sudorosos y cubiertos de polvo, practicando combate cuerpo a cuerpo.

Pero sus ojos, traicioneros, ignoraron a todos y se fueron directamente al centro del ring improvisado.

Ridell.

El Capitán estaba sin camisa.

El tiempo pareció detenerse un segundo. Diamond tragó saliva, sintiendo que la boca se le secaba repentinamente, y no era por el calor.

Ridell era un maldito patán. Era cruel, ciego y arrogante.

Pero, Dios santo, estaba esculpido por los mismos demonios de la tentación.

Su espalda era un mapa de músculos definidos que se movían con una potencia letal mientras esquivaba un golpe.

El sudor hacía brillar su piel, aunque pálida, era brillante ante la pequeña luz del sol, trazando caminos por su columna vertebral hasta perderse en la cinturilla de sus pantalones militares bajos.

Cuando giró para derribar a su oponente con una llave maestra, Diamond vio sus abdominales, duros como el acero, contrayéndose por el esfuerzo.

Era la imagen pura de la virilidad agresiva y dominante.

Diamond sintió un calor vergonzoso subirle por el cuello, una punzada eléctrica en el bajo vientre que la indignó.

"¿En serio, Diamond? ¿Ahora? ¿Con este idiota?", se regañó mentalmente.

Odiaba que su cuerpo reaccionara así ante el hombre que le hacía la vida imposible.

En ese instante, como si sintiera su mirada, Ridell se enderezó.

Su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas.

Se pasó una mano por el cabello húmedo y giró la cabeza.

Sus miradas chocaron.

Los ojos grises de Ridell, afilados y peligrosos, se clavaron en los de ella con la intensidad de un depredador detectando movimiento.

Diamond se quedó paralizada, con la canasta apretada contra su pecho.

El aire entre ellos crepitó, cargado de una tensión que iba mucho más allá de la ira.

Por un segundo, él no la miró como a un estorbo, sino como a una mujer que acababa de entrar en la guarida del león.

Y por primera vez en mucho tiempo, Diamond no tuvo que fingir que le faltaba el aliento.

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