El aire a las afuera de la mansión parecía haberse solidificado, convirtiéndose en un cristal quebradizo que amenazaba con cortarle la garganta a Diamond con cada inhalación.
Frente a ella, la figura de Killian Valentine se alzaba como una sombra ancestral, una que ella había intentado enterrar en los rincones más oscuros de su memoria.
Al ver la ceja levantada de su hermano —ese gesto sutil que siempre precedía a una tormenta de violencia—, el instinto de supervivencia de Diamond, pulido tras