Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente, un pequeño paquete esperaba sobre el tocador de Diamond.
Al abrirlo, el estómago se le revolvió.
Era un collar de oro con una gema ámbar, del mismo color exacto que los ojos de Killian. La nota, escrita con una caligrafía elegante y posesiva que ella conocía demasiado bien, decía:
“Para que nunca olvides quién te ama con su corazón. Úsalo siempre”.
—Enfermo —susurró Diamond, sintiendo un escalofrío de asco que le recorrió la espina dorsal.
Sin embargo, su mente calculadora no tardó en actuar.
Ignorando el valor sentimental que su hermano pretendía imponer, buscó en internet el valor de la pieza. Era una gema rara, valorada en decenas de miles de dólares.
"Gracias por el fondo de escape, hermano", pensó con una sonrisa amarga.
Diamond ya tenía experiencia vendiendo los "regalos" de su familia en subastas clandestinas bajo identidades falsas.
Cada joya de Killian no era un símbolo de amor, sino un ladrillo en el muro que la separaría de los Valentine para siempre. Guardó el collar en el fondo de su maleta, ocultándolo bajo el forro.
Se miró al espejo y notó los leves moretones en su mandíbula, las huellas de los dedos de Ridell de la noche anterior.
¿De verdad ese hombre creía que ella quería seducirlo? ¿O simplemente necesitaba una excusa para ser cruel?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la Nana Rona, quien entró sin llamar, lanzándole un traje de equitación sobre la cama con un gesto brusco.
—Vístase. El Capitán ha ordenado que los acompañe al paseo por el bosque con la señorita Sienna.
—¿Yo? —Diamond parpadeó, forzando una expresión de confusión—. Pero él dijo anoche que debería quedarme a descansar...
—No cuestione las órdenes del Capitán —siseó Rona, acercándose con aire amenazador—. No dejará en ridículo a esta familia quedándose aquí como una holgazana mientras los invitados disfrutan del día. Muévase.
Diamond sospechó de inmediato. Ir a un paseo donde no era deseada, rodeada de personas que la despreciaban, olía a trampa.
Pero asintió con su mejor cara de niña asustada. Se puso el traje; era una pieza anticuada que pertenecía a Celine.
Le quedaba un poco grande, lo que la hacía ver más pequeña, frágil y fuera de lugar entre la robustez de los North.
Al salir a la explanada de la mansión, la escena era un cuadro de perfección militar y aristocrática. Ridell, imponente sobre un semental negro que parecía tan indomable como él, conversaba con Sienna.
La pelirroja lucía un traje de amazona hecho a medida que resaltaba cada una de sus curvas. Celine estaba allí junto a un hombre que Diamond no conocía: el subcapitán Mark.
—Aún no sé por qué la invitamos —murmuró Celine con frialdad, lo suficientemente alto para que Diamond la escuchara al acercarse. Sin embargo, al verla allí, de pie y en silencio, la joven North mantuvo su habitual respeto gélido.
—La estábamos esperando, Señorita Valentine. Qué bueno que decidió acompañarnos.
Diamond no pudo evitar pensar que Celine era hermosa, pero le dolía que siguiera refiriéndose a ella como "Señorita Valentine" a pesar de ser su cuñada. Era una forma de recordarle que no pertenecía a la familia.
—Celine... por favor, ¿podrías llamarme Día? —pidió Diamond con una voz tan dulce y vulnerable que Mark y Celine se tensaron—. En mi casa me llamaban así... y me siento un poco abrumada entre tanta elegancia.
Algo en el rostro de Celine flaqueó por un segundo; una chispa de lástima asomó en sus ojos grises. Pero Rona se acercó rápidamente y le susurró algo al oído a la joven. Diamond vio cómo el rostro de Celine se endurecía de inmediato, transformándose en una máscara de piedra.
—Debo tratarla con el respeto que su posición exige, Señorita Valentine. Después de todo, es la esposa de mi hermano —sentenció Celine, clavando un puñal de frialdad en el aire.
Cuando llegó el momento de montar, el pánico de Diamond fue real. —Yo... yo no sé montar —confesó, sintiendo cómo sus mejillas se encendían de vergüenza genuina. En Nueva York, su padre nunca permitió que aprendiera nada que pudiera darle independencia física o movilidad. Ella era una joya para estar en una vitrina, no para cabalgar.
Los sirvientes soltaron risitas burlonas. Sienna soltó una carcajada melodiosa, ajustándose sus guantes de cuero. —¿Una Valentine que no sabe montar? Qué... pintoresco. ¿Acaso en la ciudad solo saben usar sus tarjetas? —comentó uno de los sirvientes, provocando risas inmediatas entre el personal.
—Es una molestia. Debería darte vergüenza ser tan inútil. ¿Qué hacen las chicas americanas para verse tan insignificantes? —gruñó Ridell.
Sin previo aviso, el Capitán desmontó con agilidad. Se acercó a Diamond y, antes de que ella pudiera protestar, la tomó por la cintura.
Sus manos eran grandes y fuertes, y la subieron al caballo de un solo tirón como si no pesara nada. Ridell se montó detrás de ella, envolviéndola con su cuerpo.
—Debes aprender a montar, no quiero más humillaciones como estas. Además, no perderé más tiempo por tu incompetencia —le susurró al oído. Su aliento era cálido, pero sus palabras eran hielo puro.
Sienna apretó las riendas de su caballo al verlos juntos.
Su expresión se tornó sombría mientras observaba la escena. Diamond y Ridell, a pesar del odio, parecían una pareja poderosa cabalgando hacia el bosque.
Sienna, quien deseaba humillar a Diamond, vio cómo su plan se le volvía en contra: ahora Diamond estaba protegida por los brazos de Ridell, sintiendo el latido de su corazón contra su espalda.
Al parecer, tendría que jugar de otra manera.
Sienna no permitiría por nada del mundo que Ridell llegara a sentir curiosidad por Diamond.
En su corazón, solo debía existir ella, incluso si para lograrlo tenía que jugar sucio y comportarse como una auténtica víctima







