¿LA AMIGA DE LA INFANCIA O LA ESPOSA?

La cabalgata continuó hacia lo profundo del bosque. Diamond sentía la presión del pecho de Ridell contra sus hombros, un calor que la quemaba a través de la tela del traje.

Cada vez que el caballo trotaba, su cuerpo golpeaba contra el de él, recordándole que, en ese momento, no tenía escape de su control.

Sin embargo, poco a poco, el entorno empezó a ganar la batalla por su atención.

Diamond olvidó por un instante quién estaba tras ella. Se concentró en el paisaje; era salvaje, vasto y de un verde tan profundo que parecía irreal.

Los sirvientes tenían razón: ella no conocía este estilo de vida.

Su existencia en Nueva York había girado en torno a rascacielos de cristal y hombres frenéticos en autos de lujo que manejaban como animales.

Como "flor de la sociedad", nunca tuvo derecho a una vida tranquila. Todo allí era deslumbrante ante sus ojos.

"Aquí es donde quiero esconderme", pensó con un anhelo punzante. "En la inmensidad de estos árboles nadie me encontraría jamás".

Pero la paz fue un espejismo.

De repente, el caballo de Sienna relinchó con violencia. La mujer soltó un grito agudo y cayó al suelo con un dramatismo que a Diamond le pareció ensayado desde el primer segundo.

—¡Sienna! —gritó Ridell.

Ridell saltó del caballo con una agilidad asombrosa para correr hacia Sienna, dejando a Diamond sola y sin riendas.

Él, junto a los demás, rodearon a la pelirroja de inmediato. Sienna mostraba una expresión cargada de miedo y dolor, acaparando toda la atención.

En el caos, todos ignoraron que Diamond seguía sobre el semental de Ridell, sin tener la menor idea de cómo bajar o controlar al animal.

—No deberían preocuparse, es solo una caída. Soy una gran jinete... —murmuró Sienna con voz lánguida.

Ridell, que la revisaba con manos urgentes, la observó con una mirada cargada de alivio y un cariño que Diamond estaba segura le mostraría a su esposa.

Ella le sonreía con una tranquilidad calculada, como si fueran una pareja feliz en su propio mundo, ignorando que una mujer aterrorizada pendía de un hilo a pocos metros.

—Deberías tener más cuidado, Sienna. Siendo una jinete experta, no entiendo cómo te ocurrió esto —soltó Mark, irritado. Sus ojos verdes escudriñaban la escena con sospecha; algo no encajaba en ese "accidente".

Antes de que Sienna pudiera inventar una excusa, otro relincho, esta vez mucho más salvaje, rasgó el aire. Todos giraron la cabeza hacia Diamond.

El semental de Ridell, sintiendo el miedo de la mujer y el desorden a su alrededor, emprendió una carrera desenfrenada hacia la oscuridad del bosque.

—¡Ayuda! ¡Por favor! —gritó Diamond, aferrándose a las crines con desesperación.

Miró hacia atrás por un segundo, buscando los ojos de su esposo. Ridell hizo amago de correr tras ella, pero en ese preciso instante, Sienna se "desmayó" en sus brazos, sujetándolo con una fuerza impropia de alguien inconsciente.

—¡Ridell, no me dejes! —susurró la pelirroja antes de cerrar los ojos.

Ridell se detuvo. El tiempo pareció congelarse en una decisión que marcaría su destino.

Miró a Diamond alejarse a toda velocidad hacia el peligro de las ramas bajas y luego a su amiga de la infancia en sus brazos.

Eligió a Sienna. Abandonó a su esposa a su suerte en un bosque desconocido.

Diamond sintió que el corazón se le salía del pecho. El viento le azotaba el rostro y las ramas le golpeaban los brazos como látigos.

Iba a morir.

Estaba segura de que ese sería su fin. Pero entonces, una figura se emparejó con ella. El subcapitán Mark apareció a su lado como un rayo.

Con una maniobra experta y una fuerza envidiable, tomó las riendas del caballo de Diamond y lo detuvo gradualmente en un claro del bosque.

—Tranquila, ya pasó —dijo Mark con una sonrisa cálida y humana, la primera muestra de bondad genuina que Diamond recibía desde que pisó Transilvania—. Respire. Es normal asustarse cuando no se tiene experiencia.

Diamond temblaba de pies a cabeza. Las lágrimas que bajaban por sus mejillas no eran fingidas; eran de pura rabia y terror acumulado.

Observó al hombre frente a ella: cabello negro, facciones delicadas pero masculinas y unos ojos verdes que parecían ver a través de su máscara.

Era hermoso, con un cuerpo tan imponente como el de Ridell, pero con un alma que parecía mucho más noble.

—Gracias... gracias de verdad —susurró ella.

—No debe agradecerme, es mi deber no dejar a una damisela en apuros —le respondió él con un guiño juguetón—. Por cierto, soy el subcapitán Mark Sinclair. Es un gusto, ya que no pudimos presentarnos formalmente hace un rato.

El corazón de Diamond, que ya latía con fuerza por el susto, se aceleró por una razón distinta.

“¿Por qué el capitán no puede tener ni un poco de este encanto?”, pensó. Se sintió extrañamente conmovida. Si Ridell fuera la mitad de hombre que Mark, ella estaría encantada de conquistarlo y luchar contra la manipuladora de Sienna.

Pero Ridell no era Mark.

Mark llevó el caballo de Diamond de la mano de regreso al grupo.

Cuando llegaron, Ridell ya estaba subiendo a Sienna a su propio caballo para llevarla de vuelta a la mansión.

Al ver aparecer a Diamond, sana y salva gracias a su subordinado, Ridell no mostró alivio ni arrepentimiento.

Sus ojos grises ardían con una furia irracional, como si ella fuera la culpable de haber arruinado su momento con Sienna.

—¿Cómo puedes ser tan estúpida de no saber manejar un simple animal? —le espetó Ridell con desprecio—. Casi causas una tragedia con tus gritos. Fue un completo error haberte traído aquí.

Sin esperar respuesta, galopó lejos con Sienna en brazos, dejándola atrás una vez más, como si fuera basura estorbosa.

Celine la miró con una mezcla de lástima y reproche antes de seguir a su hermano.

Diamond se quedó sola con Mark. Sus ojos azules estaban nublados, pero sus manos estaban cerradas en puños ocultos bajo las mangas del traje, clavándose las uñas en las palmas para no gritar.

—Todo estará bien, señora —la consoló Mark con amabilidad—. Solo necesita práctica. El capitán está bajo mucha presión.

—Gracias, Mark —dijo ella, forzando de nuevo su máscara de fragilidad dócil.

Pero por dentro, el veredicto estaba dictado.

El Gigante de Hielo acababa de firmar su propia sentencia de muerte emocional.

"Ridell North, me dejaste morir por una mentira de Sienna. Muy bien. Cree que soy inútil, cree que soy débil. Cuando llegue el momento de mi escape, te aseguro que no quedará nada de tu orgullo en esta casa. Te quemaré desde adentro y me llevaré hasta el último gramo de tu dignidad".

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP