EL PRECIO DE LA LIBERTAD

El viaje a Transilvania fue un borrón de aviones privados y coches blindados que atravesaban paisajes cada vez más hostiles.

Al llegar a la mansión North, Diamond sintió que el frío se le filtraba en los huesos, un presagio de la vida que le esperaba.

La estructura era de piedra antigua y oscura, rodeada de bosques densos que parecían querer tragarse la última luz del atardecer.

En el umbral de la imponente puerta de madera, la esperaba el patriarca de la familia y su hija, Celine.

Ridell, tal como ella esperaba, seguía ausente, marcando su territorio con el vacío de su presencia.

Diamond bajó del coche con movimientos lentos, proyectando esa imagen de fragilidad que era su mejor armadura.

Al ver al padre de Ridell, forzó una sonrisa llena de amabilidad y respeto.

—Es un honor estar aquí, padre. Gracias por recibirme —dijo con voz suave, casi quebradiza.

El viejo North no respondió. La observó con unos ojos grises cargados de una indiferencia pesada. No la odiaba, pero para él, ella era una transacción política necesaria y nada más. Le devolvió una inclinación de cabeza mecánica, tan fría como el mármol de la entrada.

—Bienvenida. Mi hijo está en el cuartel. No volverá en unos días.

Celine, a su lado, mantenía una expresión tan rígida que parecía una estatua.

No dijo una sola palabra; simplemente la recorrió de arriba abajo con la mirada y se dio la vuelta para entrar en la mansión, dejando claro que Diamond no era alguien que mereciera su tiempo.

Aquella indiferencia colectiva era el primer muro que Diamond debía escalar.

En las sombras del vestíbulo, apareció una figura encorvada y de ojos afilados como cuchillas: Rona Fenty, la nana.

—Yo me encargaré de instalar a la joven —dijo Rona con una voz que fingía servidumbre frente al patriarca.

En cuanto el padre de Ridell y Celine desaparecieron por los pasillos, la expresión de Rona cambió drásticamente. Se acercó a Diamond y su rostro se transformó en una máscara de desprecio absoluto.

—Escúchame bien, niña rica —siseó Rona, bajando la voz—. Aquí no estás en Nueva York. En esta casa somos gente de trabajo, no mantenemos muñecas inútiles. Tus maletas se quedan en el vestíbulo.

Diamond parpadeó, fingiendo confusión ante el cambio repentino de tono. —¿Perdone? ¿Quién las subirá a mi habitación?

Rona soltó una risa seca y desagradable. —Tú misma. Y si te atreves a quejarte con el señor North o con la señorita Celine, les diré que te ofrecí ayuda y que me gritaste diciendo que no querías que una "vieja criada" tocara tus cosas caras. ¿A quién crees que le creerán? ¿A la mujer que los crió o a la hija de un delincuente que acaba de llegar?

Diamond sintió un nudo de rabia en la garganta. Rona sabía exactamente qué hilos mover. Estaba atrapada.

Sin otra opción, se quitó los guantes de seda y comenzó la tarea. Arrastró el primer baúl escalón por escalón.

El sonido del cuero golpeando la piedra resonaba en el silencio sepulcral de la mansión. Sus músculos empezaron a arder después de la primera maleta.

A mitad de la segunda, sus manos estaban rojas y el sudor le pegaba el cabello a la frente.

Rona aparecía de vez en cuando en los descansos de la escalera, solo para asegurarse de que Diamond no descansara. —Muévete, princesita. El servicio de la cena empieza pronto y no querrás causar una mala impresión, ¿verdad? —le decía con fingida preocupación cada vez que escuchaba pasos ajenos cerca.

Diamond subió la última maleta con los pulmones ardiendo y las palmas de las manos en carne viva. Al entrar en su habitación, se desplomó en el suelo, temblando.

En ese momento, su teléfono vibró. Un mensaje de Killian: “Ya te extraño, mi pequeño diamante. No dejes que nadie más brille en ti”.

Una náusea le revolvió la bilis, pero respondió con la misma falsedad de siempre: “Yo también. Nos veremos pronto”.

Al caer la noche, Diamond se arregló a toda prisa. Usó maquillaje para ocultar su palidez y guantes largos para tapar sus manos heridas.

Al bajar al comedor, la escena fue una bofetada. Celine y el patriarca ya estaban sentados.

En el lugar de honor, junto a la silla vacía de Ridell, estaba Sienna.

La mujer de cabello rojizo la observó con sus ojos dorados y un ápice de desprecio que solo duró un segundo antes de mostrar una sonrisa falsa; una que Diamond reconoció perfectamente, pues ella era una profesional en ese arte.

—Llegas tarde —dijo Celine de forma tajante.

—Lo lamento —murmuró Diamond, aparentando estar abrumada.

—Toma asiento, Diamond —ordenó el patriarca.

Sienna le dedicó una sonrisa de falsa compasión.

Cuando Rona colocó el plato frente a Diamond, el contraste fue evidente: mientras el de los demás humeaba, el de Diamond estaba cubierto por una capa de grasa fría.

El olor a carne vieja era casi insoportable.

“Vieja bruja”, insultó Diamond en su mente a Rona, quien permanecía impasible detrás de ellos.

—Espero que la comida sea de tu agrado —comentó Celine—. Transilvania es diferente de Nueva York. Aquí no todo es tan... brillante.

—Es... es muy amable, Celine. Se ve todo delicioso —respondió Diamond, masticando la carne helada sin un solo gesto de disgusto.

En ese momento, la puerta se abrió y Ridell entró. Su presencia física fue como un golpe de calor en la habitación gélida.

Diamond se encogió en su silla, analizando cada músculo de su esposo. Era un gigante, imponente y peligrosamente guapo.

Ridell le dio un breve asentimiento —un gesto que uno le daría a un soldado de bajo rango— y se sentó junto a Sienna.

—Es un gusto... yo soy... —intentó decir Diamond.

—Lo sé. Bienvenida a la mansión North. Espero que su estadía sea de su agrado —la cortó él, tratándola como a una simple visita.

Diamond se sintió molesta por la indiferencia. “Como si quisiera conocerte, hombre tonto”, pensó mientras miles de maldiciones brotaban en su interior.

Notó una sonrisa maliciosa en los labios de Sienna; entre víboras era fácil reconocerse.

—Ridell, qué bueno que llegaste —murmuró Sienna, buscando su mano sobre la mesa—. Estaba conociendo a la bella Diamond. Estaba a punto de comentarle que mañana podríamos llevarla a conocer los alrededores... aunque quizá sea demasiado para ella; parece tan pequeña y cansada.

Ridell miró a Diamond. Solo vio a una mujer de hombros caídos que apenas se atrevía a mirarlo. —No es necesario —dijo Ridell con su voz profunda—. Mañana iremos al bosque, Sienna. Diamond debería quedarse a descansar. Parece que el viaje la ha superado.

—Como usted diga, esposo —murmuró Diamond con una sonrisa dócil y triste—. Este lugar es tan grande que me siento un poco perdida.

Sienna se inclinó hacia Ridell y le susurró algo al oído, soltando una risita. Ridell, con una suavidad que nunca le mostró a Diamond, le apartó un mechón de cabello a Sienna y asintió.

—Entonces solo dedíquese a descansar, señorita Valentine. No tiene por qué ser una carga en la mansión o en nuestros planes —le dijo Ridell con dureza, para luego hablar a su amiga de la infancia con voz suave—: Sienna, no te preocupes por tonterías, nuestros planes siguen en pie. Nada va a cambiar entre nosotros.

—Ridell, no sabes cuán feliz me siento. Incluso tuve dudas de venir, no sabía si sería bienvenida, pero verte aquí, junto a mí, llena mi corazón de alegría. Espero no le moleste, señorita Valentine... después de todo, usted desde ahora es la señora de la casa...

En aquellas últimas palabras de Sienna había un toque de burla que hizo que todos en la mesa se tensaran.

—¿Qué dice, señorita Sienna? ¿Por qué me molestaría? —respondió Diamond con una dulzura letal—. Y por favor, no me llame señorita Valentine, llámeme Diamond. Después de todo, usted parece parte de la familia, y quiero que nos llevemos muy bien, justamente como lo hace con mi esposo. Espero que seamos grandes amigas en el futuro.

Cada palabra era tan falsa como la otra. Diamond sabía jugar y no sería fácil quebrarla.

Sabía que la vida con los North sería una guerra constante, pero ella era el mejor soldado que la casa Valentine había producido.

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