Mundo ficciónIniciar sesión—Siempre hemos estado juntos, hemos sido nosotros cuatro desde el inicio…
Sienna pronunció aquellas palabras con una suavidad ponzoñosa, recorriendo con la mirada a los presentes antes de detenerse en Diamond con una sonrisa amable que no llegaba a sus ojos dorados.
Para Diamond, el mensaje fue alto y claro: Sienna estaba marcando su territorio, declarando frente a todos que ella era el verdadero amor de Ridell y que Diamond no era más que una intrusa de paso.
Lo que más irritó a Diamond no fue la audacia de la mujer, sino la indiferencia de su esposo.
Ridell no parecía molesto por la actitud posesiva de su amiga; al contrario, su lenguaje corporal denotaba una confianza ciega en ella.
—Ridell, ¿por qué no habías venido todos estos días? —continuó Sienna, inclinándose hacia él—. Tu hermana y tu padre estaban preocupados. Nunca te habías ido tanto tiempo a la base. No lo vuelvas a hacer y, si hay algo que te moleste, simplemente no les prestes atención…
Los ojos de Sienna brillaron con falsedad por un segundo antes de volver a mirar a Ridell con devoción. Diamond, experta en el arte del engaño, descifró las palabras ocultas de la pelirroja:
"Tu presencia molesta a tu esposo, así que lárgate". Era una conspiradora excepcional, capaz de lanzar dagas mientras fingía ofrecer flores.
Pero en esa mesa, rodeada de soldados y gente de campo, parecía que nadie más podía notar la verdad detrás de su máscara.
—No debes preocuparte por mí, Sienna —respondió Ridell, su voz perdiendo un poco de su dureza habitual—. Deberías concentrarte en ti. Tu hermano me dijo que estabas un poco triste; no hay razón para que lo estés.
—Yo solo… solo no quiero que te preocupes por mí, Ridell. No deseo eso, ¿está bien? Estaré bien si tú estás bien.
La escena era la de una pareja armoniosa, una unidad que no dejaba espacio para nadie más. Diamond observaba el intercambio mientras cortaba la carne fría con movimientos elegantes.
“Cree que soy una idiota sin voluntad”, pensó con desprecio. “Sigue ignorándome, Capitán. Cuanta menos atención me prestes, más fácil será para mí desaparecer antes de que Killian venga a buscarme”.
—¿No tienes hambre, señorita Valentine? —interrumpió Celine, notando que el plato de Diamond seguía casi intacto.
—Es solo la emoción de estar finalmente aquí —mintió Diamond con una voz que parecía a punto de quebrarse por la gratitud—. Es todo tan hermoso que me cuesta creer que sea real.
Sienna y Celine intercambiaron una mirada de superioridad. Para ellas, Diamond era solo una niña bonita pero lamentable, una flor de invernadero que no duraría ni un mes en la crudeza de Transilvania.
No sabían que, bajo el mantel, las manos de Diamond estaban apretadas en puños, alimentando una furia gélida que sería el motor de su escape.
Al terminar la cena, Diamond se levantó y les dedicó una reverencia perfecta, la imagen misma de la sumisión.
—Buenas noches a todos. Gracias por recibirme en su mesa.
Estaba a punto de retirarse, deseando alejarse de la presencia asfixiante de Rona y la altanería de Sienna, cuando la voz de Ridell, como un latigazo, detuvo sus pasos.
—Señorita Valentine. Quédate. Quiero hablar contigo a solas.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Sienna, que hasta hacía un segundo sonreía con aire triunfal, dejó que su expresión se ensombreciera.
No le gustaba que Ridell buscara contacto con "esa mujer", aunque fuera para reprenderla.
Diamond forzó una sonrisa dócil y se quedó inmóvil mientras el resto de la familia y Sienna abandonaban el comedor con pasos cautelosos.
Cuando la pesada puerta de roble se cerró, Ridell se levantó. Su estatura de casi dos metros lo hacía parecer un titán bajo las luces de la mansión.
Caminó hacia ella con paso lento, y cada golpe de sus botas militares contra el suelo de piedra resonaba como una sentencia de muerte.
—¿Vas a quedarte ahí parada como una idiota toda la noche? —soltó Ridell. Su voz era un gruñido bajo, cargado con ese acento de Transilvania que hacía que cada palabra sonara como una amenaza física.
Diamond levantó la mirada. Sus ojos azules, grandes y fingidamente acuosos, chocaron con los grises de él, que estaban cargados de un asco que no se molestaba en ocultar.
—Esperaba sus instrucciones, Capitán —respondió ella, forzando esa voz sumisa que por dentro le quemaba la garganta como ácido.
Ridell soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier rastro de humor.
Se inclinó sobre ella, invadiendo su espacio personal hasta que Diamond pudo oler el tabaco frío y la nieve en su uniforme.
La cercanía la intimidaba por la pura potencia física que el hombre irradiaba, pero ella no retrocedió.
—Instrucciones. Qué palabra tan americana —se burló él. De pronto, su mano se disparó y le sujetó la mandíbula con una presión brusca, obligándola a mirarlo de frente—. Aquí tienes tu primera instrucción: no te hagas ilusiones. No te amo. Ni siquiera me agradas. Acepté este matrimonio porque mi familia me puso una soga al cuello. Era esto, o ver a mi hermana Celine en manos de ese animal que llamas hermano.
Diamond apretó los labios.
La mención de Killian le hizo sentir un escalofrío real, una punzada de terror genuino que Ridell interpretó erróneamente como timidez o lealtad hacia su sangre.
—¿Crees que por ser hermosa voy a caer a tus pies como los otros cuatro estúpidos que enterraste? —Él apretó más sus mejillas, sus dedos dejando marcas blancas en la piel de porcelana—. Mírame bien. Jamás te trataré como a una esposa. Para mí, eres una mancha en mi historial, una deuda que tengo que cargar. No compartiré mi cama contigo, ni permitiré que ensucies mi linaje con tu presencia más de lo necesario.
Diamond sintió el dolor físico en su rostro, pero no emitió ningún quejido. Por dentro, su mente trabajaba a mil por hora. “Maldito bastardo arrogante”, pensó. “Crees que me estás castigando al no tocarme, cuando me acabas de dar el mejor regalo de bodas del mundo”.
—Entiendo perfectamente, Capitán —dijo ella con dificultad por la presión en su mandíbula—. No busco su amor... y respetaré sus límites con gratitud.
Aquella respuesta, tan carente de resistencia, pareció molestar a Ridell más que un insulto.
Él esperaba que ella llorara, que suplicara o que intentara seducirlo con sus artes de Nueva York. Su docilidad le resultaba antinatural, casi insultante.
La soltó con un gesto de desprecio, como si sus dedos se hubieran manchado de algo sucio.
—Vivirás aquí como un fantasma —sentenció él, dándole la espalda—. Cubriré tus gastos básicos, pero no esperes cuidados ni afecto. No compartiremos habitación. No quiero tener que vigilar mi cuello mientras duermo.
Ridell se marchó del comedor sin mirar atrás, dejando tras de sí un rastro de frialdad que parecía congelar el aire.
Diamond se quedó sola, frotándose la mandíbula donde los dedos de él habían dejado una huella clara.
Se permitió un largo suspiro y, por primera vez en el día, sus ojos perdieron la neblina de sumisión y brillaron con una luz calculadora y feroz.
“Perfecto”, pensó mientras caminaba hacia las escaleras. “Eso me da seis meses de paz absoluta para preparar mi salida”.
No sabía que, mientras subía los escalones de piedra, Rona la observaba desde las sombras del pasillo con una sonrisa maliciosa.
La nana no necesitaba que Ridell la amara para destruirla; ella misma se encargaría de que la estancia de Diamond fuera un infierno viviente.







