Mundo ficciónIniciar sesiónBajo una tormenta despiadada y frente al pequeño ataúd blanco de su hija, Valentina sepultó algo más que un cuerpo inocente… enterró su fe, su amor y el último latido de su esperanza. Mientras ella se rompía en silencio, su esposo —el hombre que juró protegerla— la traicionaba en la misma cama donde habían soñado con una familia. Y no con cualquiera… sino con su propia hermana adoptiva. Destrozada, humillada y sin nada que perder, Valentina tomó una decisión desesperada: desenmascararlos en la lujosa fiesta de cumpleaños de su marido, frente a la élite de la ciudad. Lo que comenzó como venganza terminó convirtiéndose en el escándalo que la dejó completamente sola… y marcada. Pero cuando creyó que ya no quedaba nada para ella, el destino la puso frente a frente con Alejandro Casalins. Frío. Implacable. Billonario. Un hombre acostumbrado a comprar lealtades, doblegar voluntades y no permitir que nadie toque lo que le pertenece. Un hombre con cicatrices tan profundas como las de ella. Valentina ya no es la mujer que suplica amor. Ahora es fuego contenido, orgullo herido y belleza indomable. Y esta vez, el hombre más poderoso de la ciudad… La deseara. Y si es necesario, se arrodillará por su amor.
Leer másEl cementerio era un mar de lápidas grises. La tormenta no daba tregua. Valentina sentía el agua helada calando hasta el alma; su ropa oscura pesaba ahora como una armadura de plomo.
Frente a ella, el pequeño ataúd blanco de Luz. Una mancha de pureza insultante entre el barro. Su hija, su única razón para respirar, se iba a la tierra con solo seis años. Valentina no lloraba. Emitía un gemido animal, un sonido roto desde un pecho que ya no latía, sino que sangraba.
Cristina la sostenía con fuerza. La aferraba para evitar que colapsara en el lodo. Solo eran ellas dos contra el mundo. Valentina cerró los ojos y las últimas palabras de Luz se clavaron como espinas:« No estés triste, mami. Ya no llores. Papi es malo, él no merece tus lágrimas. Sonríe, tus ojitos son más bellos así. Prométeme que no estarás triste. Pronto seré un angelito y te cuidaré mucho. Eres la mejor mamá del mundo».
Un trueno disolvió el recuerdo. El presente regresó con la violencia de un golpe físico.
El ataúd empezó a descender. Valentina se lanzó hacia el borde de la fosa, las manos hundidas en el lodo, los dedos arañando la tierra húmeda.
—¡Llévame a mí! —el grito le desgarró la garganta—. ¡Dios, maldita sea, llévame a mí! ¡No me dejes aquí sin ella!
Cristina la agarró por la cintura, tirando de ella hacia atrás con desesperación. Valentina luchaba, pateaba, quería hundirse en el agujero, quería que la tierra la cubriera también.
—¡Suéltame! ¡Luz me necesita! ¡Tiene miedo a la oscuridad, Cris! ¡Déjame ir con ella!
—¡Vale, mírame! ¡Por favor, detente! —Cristina sollozaba, la cara empapada de lluvia y mocos, apretándola contra su pecho.
Valentina se desplomó de rodillas. El barro manchó su rostro, su ropa, su vida entera. Ya no gritaba. Ahora era un lamento sordo, un balanceo rítmico de alguien que ya no habita su propio cuerpo.
—Se acabó, Cris —susurró. Su voz era un hilo de ceniza—. Mi vida se entierra hoy.
—No digas eso, Vale. Tienes que ser fuerte. Por ella... —Cristina temblaba. Sus brazos apenas podían sostener el peso muerto de su amiga.
Valentina negó con la cabeza, los ojos fijos en el vacío.
—No hay un "por ella". Ella es tierra. Y yo... yo solo soy un cadáver que se le olvidó dejar de respirar.
Valentina no respondió. No quedaba nada.
Se miró las manos. Estaban vacías, rugosas por el frío. Esas manos que nunca más peinarían a Luz. Que no volverían a calmar una pesadilla. El vacío no era una ausencia; era un monstruo. Tenía garras y la devoraba por dentro, dejándola como una cáscara hueca bajo la tormenta.
El cielo seguía llorando. Pero no había lluvia en el mundo capaz de lavar su agonía. Acababa de entregar su corazón a la tierra. Y la tierra, fría y sorda, no se lo iba a devolver.
***
El regreso a la mansión de los Echeverry fue un túnel de sombras. Valentina entró arrastrando los pies, dejando un rastro de agua por el lujoso mármol de la entrada. Solo quería llegar a la habitación de su hija, tumbarse en su cama y buscar el olor de su colonia en las sábanas.
Sin embargo, al subir las escaleras, un sonido la detuvo en seco. Eran risas mezcladas con jadeos y gemidos de placer que llenaban el pasillo. Venían de la habitación principal, la que ella compartía con su esposo.
Valentina empujó la puerta con una lentitud agónica. Lo que vio le revolvió el estómago. Héctor y Sandra, su hermana adoptiva, estaban entregados a la pasión en su propia cama.
—¡Dame más! —gimió Sandra con la voz rota por el placer—. Dime que me amas solo a mí. Ahora que Luz ya no está, podremos estar juntos sin que nadie nos separe.
—Te amo a ti, solo a ti —respondió él entre jadeos, sin detener sus movimientos—. Valentina es un mueble más, pero esa niña era el ancla que me ataba a ella. Qué alivio que ese problema se solucionó solo.
Valentina sintió que la sangre se le convertía en fuego. Entró de golpe.
—¡Maldito seas! —gritó Valentina mientras sus puños impactaban contra él—. ¡Mientras yo enterraba a mi hija, tú te revolcabas con esta zorra! ¿Este era el negocio tan importante que tenías por cerrar? ¡Ni siquiera las súplicas de tu hija te conmovieron!
Héctor se separó de Sandra con un gruñido de fastidio. Sujetó a Valentina por las muñecas y, con fuerza bruta, le devolvió una bofetada que la hizo tambalear.
—¡Ya estoy harto de fingir! —le rugió él, de pie frente a ella—. ¿Crees que me casé contigo por amor? Lo hice porque el viejo de tu abuelo Lorenzo lo dejó estipulado para que yo pudiera heredar su parte. ¡Solo por eso te soporté!
—¡Es tu hija, Héctor! —sollozó ella, aturdida por el golpe—. ¡Nuestra pequeña Luz!
—¡Yo nunca quise ser padre! —escupió él con desprecio—. La noche que estuvimos juntos fue porque estaba borracho y quería olvidar a Sandra. Jamás me acostaría con una gorda repugnante como tú estando sobrio. Me das asco.
Sandra, aún en la cama y cubriéndose apenas con la sábana, soltó una carcajada cargada de veneno.
—Mírate, Valentina. Das lástima. ¿De verdad pensaste que un hombre como él te querría? Solo fuiste el trámite para nuestra fortuna.
—Son unos monstruos —susurró Valentina, con los ojos inyectados en sangre—. Pero se les acabó el juego. En cuanto Leónidas regrese de España, le voy a contar todo. ¡Los voy a hundir!
El nombre de Leónidas transformó el rostro de Héctor en una máscara de odio puro. La tomó del brazo con violencia, arrastrándola fuera del cuarto hacia el descanso de la escalera.
—Tú no le vas a contar nada a nadie —gruñó él.
—¡Suéltame! ¡Asesino! —gritaba ella, luchando por su vida.
Héctor la miró con un desprecio total y la sacudió sobre el abismo de los escalones. —¡Ve y hazle compañía a tu hija!
El empujón fue seco y definitivo. Valentina sintió el vacío bajo sus pies. Rodó por los escalones, sintiendo cómo cada filo golpeaba sus costillas, sus piernas y su cabeza. El mundo se volvió un torbellino de dolor hasta que el impacto final contra el suelo de la planta baja le robó la conciencia.
[Anotación: Hola, queridas lectoras, estoy muy agradecida con ustedes por el apoyo que me han brindado. De verdad muchas gracias. El día de hoy las invito a que me sigan en esta nueva ventura. Recuerden dejarme sus comentarios, y reseñas. Espero que esta historia de Valentina y Alejandro, conquiste sus corazones.]
A la mañana siguiente, Alejandro llamó a Valentina, no compro flores, ni buscó un escenario romántico. No hubo palabras románticas ni música de fondo. Se acercó a Valentina y, con un movimiento práctico, dejó una pequeña caja de terciopelo azul sobre la mesa de madera.—Aquí está, el anillo —dijo el, mirándola fijamente—. Dentro de unas horas, mi abogado traerá el contrato.Valentina tomó la caja y la abrió. El brillo de la piedra era casi insultante frente a la opacidad de su alma. Se deslizó el anillo en el dedo anular; pesaba, y no por los quilates, sino por la cadena invisible que ahora la unía a los Casalins. Ya no era Valentina, la mujer que perdió a su hija; ahora era una pieza en el tablero de ajedrez más grande de la ciudad.—Se siente frío —murmuró ella, contemplando el reflejo del diamante.—El poder siempre lo es.Ella levantó la vista, y esta vez no había rastro de duda. Si iba a vender su libertad, el pago no sería solo protección. Quería sangre, pero de la que se derra
El viento soplaba con suavidad en el cementerio, agitando los pétalos de las flores blancas que Valentina acomodó sobre la lápida de Luz. El nombre de su hija, grabado en la piedra, todavía le provocaba un vacío que amenazaba con derrumbarla, pero, en ese momento no permitiría que el dolor la venciera.Se arrodilló.—Hola, mi amor —susurró, dejando las flores con cuidado sobre la piedra—. Traje tus favoritas. Las que olían a vainilla cuando las poníamos en la mesa del desayuno.Pasó los dedos por el nombre, como si pudiera sentir la piel de su hija otra vez.—Te extraño tanto que duele respirar. Pero hoy… tengo algo que contarte.Hizo una pausa. El viento movió apenas las hojas de los árboles cercanos.—Voy a hacer que paguen, Luz. No voy a descansar hasta que sientan en su propia carne lo que nos hicieron. Lo juro por ti. Por cada lágrima que derramaste.Las lágrimas cayeron silenciosas, mojando las flores.—Pero también voy a vivir, mi niña. Voy a cuidar de un niño que me necesita.
Valentina no respondió de inmediato.Las palabras de Alejandro seguían flotando en su cabeza, pero no eran las únicas. Otras, más crueles, más recientes, se abrían paso sin piedad.Héctor riéndose en la estación.“Ni siquiera respetaste la memoria de tu hija.”La forma en que la miró, como si ella fuera basura. Como si Luz no hubiera existido más que para manchar su nombre.Valentina apretó los puños.Recordó el tono burlón. La seguridad con la que aseguró que nadie volvería a confiar en ella. Que siempre sería la mujer que robó mientras su hija agonizaba.—Acepto —soltó ella, y las palabras se sintieron como un contrato sellado con sangre—. Pero no creas que esto será un cuento de hadas. Si voy a entrar en este juego, será bajo mis propias condiciones, Alejandro.Él arqueó una ceja, intrigado. Cruzó los brazos sobre su pecho, apoyándose ligeramente en el escritorio de caoba. Su porte era imponente, pero Valentina no retrocedió. Ya no tenía nada que perder; lo había perdido todo en aq
Las horas dentro de esa celda se sentían como días enteros. Valentina se había acurrucado en el rincón más limpio que encontró, abrazando sus rodillas, repitiendo en silencio el nombre de Luz para no derrumbarse del todo. Cada ruido en el pasillo la hacía saltar. Pensaba en Héctor riéndose de ella. En Leónidas dándole la espalda. En cómo todo se había torcido tan rápido.De pronto, la puerta se abrió con un chirrido metálico.—Abadía —dijo un oficial con voz neutra—. Estás libre. Firma aquí y sal.Valentina parpadeó, confundida.—¿Libre? ¿Cómo que libre?El hombre se encogió de hombros y sonrió apenas.—Parece que eres la favorita del todo poderoso. No preguntes más. Muévete.Ella se levantó despacio, las piernas entumecidas. Firmó donde le indicaron sin entender nada. Cuando cruzó la puerta principal, el sol de la tarde le pegó en la cara como una bofetada suave. Parpadeó varias veces para acostumbrarse.Allí estaba uno de los hombres de Alejandro. Alto, traje oscuro, expresión seria
—¡Te voy a matar! —rugió, apretando con toda su fuerza—. ¡Te haré pagar por cada lágrima, por cada noche que me dejaste sola llorándola! ¡Pagas hoy, Héctor!Él forcejeó, los ojos abiertos de sorpresa. Intentó apartarla, pero ella no soltaba. La cara se le puso roja.—¡Suéltame, loca! —jadeó.Valentina a —¡Sí! ¡Me volviste loca! —le gritó mientras apretaba—. ¡Me quitaste todo! ¡Me quitaste a mi hija! ¡Me quitaste mi vida!Sus dedos presionaron con fuerza.—¡Te voy a hacer pagar! ¿Me oyes? ¡Te juro que lo vas a pagar! ¡Prefiero matarte antes que seguir respirando el mismo aire que tú!Héctor comenzó a ponerse rojo, intentando soltarse.—¡Suélteme! —alcanzó a decir con dificultad.La puerta se abrió de golpe.—¡Señora, suéltelo ahora! —gritó uno de los oficiales.Dos policías corrieron hacia ellos.Uno sujetó a Valentina por la cintura; el otro intentó liberar a Héctor.—¡Tranquila! —le repetían.—¡Déjenme! —gritaba ella, fuera de sí—. ¡Él lo hizo! ¡Él arruinó mi vida! ¡Es un asesino!La
Las semanas transcurrieron con una calma frágil, casi irreal, como si el tiempo hubiera decidido tomarse un respiro después de tantos golpes. Alejandro ya había leído cada página de la historia de Valentina, cada informe médico, sobre Luz.Conocía las fechas exactas de sus operaciones, los nombres de los médicos que la atendieron, las noches en que Valentina lloró hasta quedarse sin voz.Al terminar el último documento, algo profundo se movió dentro de él. Esa mujer no era una amenaza, ni una mentirosa calculadora. Era alguien a quien el destino había apuñalado una y otra vez, y que, sin embargo, seguía respirando, seguía buscando un rincón del mundo donde el aire no quemara al entrar en los pulmones.Decidió que ese lugar podía ser cerca de él. Y de Julián.El niño se convirtió en su mejor aliado sin saberlo. Casi todas las mañanas tocaba el timbre de Valentina con algo en las manos. Unas margaritas que recogía del jardín, un libro de animales que “olvidaba” devolver, una barra de c
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