El penthouse de Cristian ocupaba toda la última planta de la torre más alta del centro. Desde allí se veía la ciudad entera brillando como un mar de luces. Las cortinas estaban abiertas de par en par, dejando que la luna y las luces lejanas entraran a bañar la habitación principal. La cama, con sábanas blancas impecables que todavía olían a nuevo. Una lámpara de pie daba una luz tenue, dorada, suficiente para verse sin deslumbrarse.
Cristian cerró la puerta del ascensor privado con un movimiento