El eco de los gritos de Bernardo todavía parecía rebotar en las paredes blancas del cuarto. Sophie estaba sentada en la orilla de la cama, con la mirada perdida en un punto fijo del piso, como si estuviera viendo una película de terror que no terminaba. Tenía las manos heladas y el cuerpo le temblaba de forma imperceptible.
Cristian, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se estiró y le rodeó los hombros con el brazo.
—Sophie, mírame —le pidió con suavidad—. No dejes que las palabras de ese hombre se