Elías y yo, nos quedamos hablando un rato largo. Al principio de tonterías, cosas livianas para no rompernos del todo: su trabajo en la agencia, ese nuevo proyecto de fotografías en blanco y negro que lo tenía emocionado, la guitarra vieja que había sacado del armario y estaba aprendiendo a tocar de nuevo, aunque las cuerdas le destrozaban los dedos. Reímos un poco con anécdotas tontas, pero pronto volvimos a lo que dolía de verdad. Hablamos de mi madre, de cómo mi padre la había destruido poco a poco. De los errores que uno comete y que no hay forma de borrar, por más que llores o ruegues. De lo difícil que es elegir tu propio camino cuando sabes que te va a costar todo: familia, dinero, el apellido que llevas.
—Volveré a la estación, le pediré perdón de rodillas si hace falta. Le diré que la amo con toda el alma y que la protegeré de mi padre, cueste lo que cueste.
Elías me miró fijamente, con esa expresión dura que ponía cuando algo le dolía de verdad. Cruzó los brazos sobre el pech