CUANDO YA NO HAY VUELTA ATRÁS
Elías y yo, nos quedamos hablando un rato largo. Al principio de tonterías, cosas livianas para no rompernos del todo: su trabajo en la agencia, ese nuevo proyecto de fotografías en blanco y negro que lo tenía emocionado, la guitarra vieja que había sacado del armario y estaba aprendiendo a tocar de nuevo, aunque las cuerdas le destrozaban los dedos. Reímos un poco con anécdotas tontas, pero pronto volvimos a lo que dolía de verdad. Hablamos de mi madre, de cómo mi padre la había destruido poco