Mundo ficciónIniciar sesiónLas horas pasaban y yo no podía concentrarme en mi trabajo. Urgencias era un caos absoluto, y mis tormentas internas lo convertían todo en algo insoportable. Quería salir corriendo, dejarlo todo tirado, desaparecer, pero no podía: los pacientes me necesitaban.
Cada pitido del monitor, cada grito desde la sala de trauma, cada llamada por el intercomunicador me atravesaba como una aguja. Sentía que mi cabeza era un tambor en el que alguien golpeaba sin parar. Las luces fluorescentes zumbaban sobre mí, demasiado blancas, demasiado frías, y el olor a desinfectante mezclado con sangre y sudor se me pegaba a la garganta como una segunda piel.
Intentaba llenar una historia clínica y las letras bailaban. Las palabras se me escapaban. “Fractura expuesta… politraumatismo… shock hipovolémico…”; todo sonaba lejano, como si lo estuviera leyendo bajo el agua. Mis manos temblaban ligeramente al sostener el bolígrafo; nadie lo notaba, pero yo sí. Yo sabía que estaba al borde.
—¿Doctora, la sala tres necesita suturas ya!— La voz de la enfermera María resonó como un latigazo, sacándome de mi espiral. Asentí con un movimiento brusco, pero mis piernas no respondieron al instante. El cansancio se había apoderado de mí.
Al entrar a la sala, el olor a sangre fresca me golpeó. La paciente, una mujer de unos treinta años, tenía un corte profundo en el antebrazo. Sus lágrimas caían en silencio, mezclándose con el rojo que empapaba las gasas.
—Lo siento…— susurró, como si el accidente hubiera sido un crimen. Su voz temblorosa me atravesó. ¿Cuántas veces había escuchado esas mismas palabras? ¿Cuántas veces las había dicho yo misma, en otros contextos, cuando la culpa me carcomía?
—No se preocupe— respondí, forzando una calma que no sentía. Mis manos, entrenadas para ser firmes, temblaron al tomar la aguja. El hilo se enredó entre mis dedos, y por un segundo, todo se nubló. ¿Y si me equivoco? ¿Y si hoy, de tanto agotamiento, cometo un error irreversible?
Respiré hondo, cerrando los ojos con fuerza. Cuando los abrí, la mujer me observaba con una mezcla de dolor y comprensión, como si supiera que estaba al borde del colapso.
—¿Está bien, doctora?— preguntó, y su pregunta fue el detonante.
No, no estaba bien. Nada lo estaba.
Salí de la sala con la excusa de buscar más material, pero en realidad solo necesitaba escapar, aunque fuera por treinta segundos. Me apoyé contra la pared fría del pasillo, dejando que el contacto con el azulejo me recordara que aún estaba viva, que aún podía sentir algo más que el peso de la culpa y la fatiga. Las luces fluorescentes zumbaban sobre mi cabeza, como un enjambre de abejas dentro de mi cráneo.
"Aguanta, Catalina. Solo un poco más."
Pero ¿hasta cuándo? ¿Hasta que mi cuerpo decidiera rendirse? ¿Hasta que un error mío le costara la vida a alguien? La idea me quemaba, ácida y persistente.
El sonido de un código azul resonó por los altavoces. "Paro cardiorrespiratorio en la sala cinco. Todo el personal disponible, por favor."
No hubo tiempo para dudar. Corrí, guiada por mi instinto.
El código azul terminó una hora después. El paciente no lo logró. Mientras el equipo limpiaba la sala y la enfermera María anotaba la hora del deceso en el expediente, yo me quedé quieta, con las manos aún heladas y el sudor frío pegado a la nuca. El silencio que siguió fue peor que el caos: pesado, espeso, como si el aire mismo se hubiera agotado.
—¿Doctora, se va?— La voz de María me sacó del letargo. Asentí sin mirarla, porque si lo hacía, si veía la preocupación en sus ojos, iba a romperme.
Salí del hospital con las piernas pesadas, las llaves del coche temblando en mi mano.
—Maldita sea—murmuré entre dientes, golpeando el volante al encender el motor.
El paciente… ese hombre de ojos suplicantes, muerto por mi fracaso. ¿Cuántas vidas más antes de que me rompa? Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas.
—¡Larry, maldito seas!—escupí al vacío—. Tu presión me asfixia, tus demandas me encadenan como a una prisionera. Quiero huir, desaparecer con Sophie, lejos de esta pesadilla.
Mientras conducía hacia el colegio, me surgían nuevas ideas: cambiar de identidad, comprar boletos en efectivo, un pueblo remoto donde nadie pregunte.
Sophie, mi amor, empezaremos de cero. Sin él. Sin esto.
El semáforo en rojo me detuvo y el pánico estalló.
¿Y si nos encuentra?
Aceleré.
—No más—susurré—. Hoy escapamos.
Llegué justo cuando las puertas se cerraban. Sofía salió corriendo, mochila rebotando en su espalda, sonrisa enorme, y el cabello revuelto por el viento.
—¡Mamá! —gritó al verme, agitando la mano.
Me agaché para recibirla y ella se lanzó a mis brazos con esa fuerza desmedida que solo tienen los niños cuando aman sin miedo.
—¿Cómo te fue, princesa?
—Bien… aunque la señorita dijo que el viernes hay que llevar un disfraz —respondió frunciendo el ceño—. ¿Puedo ser doctora como tú?
Sonreí, aunque por dentro algo me dolió.
—Claro que sí. Puedes ser lo que quieras.
Subimos al auto hablando de cosas simples: de una tarea, de un dibujo que había hecho, de lo mucho que le gustaban los macarrones con queso. Yo intentaba concentrarme en su voz, en su risa, en ese pequeño universo que había construido solo para nosotras dos. Me aferraba a eso como a un salvavidas.
Al llegar a casa, algo me hizo frenar en seco.
La puerta estaba entreabierta.
Mi primer instinto fue mirar a Sophie por el retrovisor. Ella tarareaba distraída, ajena a todo.
—Amor —dije con calma forzada—, espera aquí un segundo.
Bajé del auto lentamente. El silencio era espeso, incómodo. Empujé la puerta apenas un poco más y sentí ese escalofrío conocido recorrerme la espalda. El mismo que había sentido años atrás, cuando Dominic llegaba sin avisar.
—¿Hola? —murmuré.
Nada.
Entré con cuidado y entonces lo vi.
Larry estaba sentado en el sofá de la sala, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre el bastón. Como si fuera el dueño de la casa. Como si siempre hubiera pertenecido allí.
—Buenas tardes, Catalina —saludó con una sonrisa que me revolvió el estómago—. Llegaron temprano.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—Sophie —dije sin mirarlo—. Ve a tu habitación ahora mismo. Cierra la puerta y no salgas por ningún motivo. ¿Me escuchaste?
—¿Pero mamá…? —intentó protestar.
—Ahora —ordené, con una firmeza que la hizo obedecer de inmediato.
La vi desaparecer por el pasillo y esperé hasta escuchar la puerta cerrarse.
—No tenías derecho a entrar aquí —dije entonces, enfrentándolo—. Esta es mi casa.
—Nuestra —corrigió con calma—. O al menos lo será pronto.
Sentí que la sangre me hervía.
—Sal de aquí —exigí—. Si no te vas ahora mismo, llamo a la policía.
Larry soltó una carcajada breve, seca.
—Siempre tan dramática… Catalina, por favor. Ya pasamos ese punto.
Se levantó despacio, apoyándose en el bastón, y dio un par de pasos hacia mí.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, retrocediendo un poco.
—Vine a buscar tu respuesta —dijo—. Y a dejarte claro que no tienes muchas opciones.
—Ya te di mi respuesta —espeté—. No voy a casarme contigo. Jamás.
Su mirada se oscureció.
—¿De verdad crees que puedes seguir desafiándome? —preguntó con una sonrisa torcida—. Te advertí que no juegues conmigo.
—¿Amenazarme no te bastó? —respondí—. ¿Ahora invades mi casa?
—Te estoy salvando —replicó—. Aunque seas demasiado orgullosa para verlo.
—No necesito que me salves —dije con rabia—. Necesito que me dejes en paz.
Larry negó con la cabeza.
—Mírate —dijo—. Una mujer sola, con una hija, cargando un pasado lleno de errores. ¿Crees que el sistema te va a proteger? ¿Que el hospital te respaldará si decido hablar?
—¿Hablar de qué? —pregunté, temiendo la respuesta.
—De ciertas irregularidades, que Blanca y tú, han cometido —respondió con tranquilidad—. Reportes firmados a destiempo, decisiones médicas cuestionables… nada que no pueda convertirse en fraude si se mira desde el ángulo correcto.
—Eso es mentira —dije—. Blanca y yo jamás…
—No importa —me interrumpió—. No necesito que sea verdad. Solo creíble.
Lo miré, incrédula.
—¿Vas a denunciar a Blanca también?
—Por supuesto —asintió—. Fraude médico. Negligencia administrativa. Las dos perderían la licencia. Años de carrera… a la basura.
Apreté los puños.
—Déjala fuera de esto.
—No puedo —dijo—. Está demasiado cerca de ti.
Se levantó y dio un paso hacia mí.
—Y luego está Sophie —añadió, bajando la voz—. Servicios sociales no ven con buenos ojos a una madre sin ingresos, acusada de fraude, con antecedentes de violencia doméstica.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—No te atrevas a usar a mi hija —susurré.
—No la uso —respondió—. La protejo. Conmigo, nada de eso pasaría. Serías mi esposa. Tendrías respaldo, estabilidad… silencio.
Respiré hondo. El miedo estaba ahí, sí. Pero también algo más fuerte.
—No —dije.
Larry frunció el ceño.
—Piénsalo bien.
—No voy a casarme contigo —continué—. No voy a mentir, no voy a hundir a Blanca, y no voy a entregarte a mi hija. Ya sobreviví a un hombre que creía tener poder sobre mí. No voy a repetir la historia.
Me acerqué un paso más.
—Si quieres destruirme, hazlo —añadí—. Pero no voy a arrodillarme.
El silencio cayó pesado entre los dos.
Larry me observó por un largo rato, con una sonrisa lenta, peligrosa.
—Entonces prepárate —dijo—. Porque acabas de declararme la guerra.
—No —respondí—. Fuiste tú quien cruzó mi puerta.
Larry seguía de pie en medio de mi sala, demasiado cerca. El aire se había vuelto espeso, irrespirable, como si las paredes mismas nos observaran en silencio.
—Sal de mi casa —le repetí—. Esta conversación terminó.
No se movió.
—No —dijo con voz baja—. Aún no.
Dio un paso hacia mí. Uno solo, pero suficiente para hacerme retroceder. Mi espalda chocó contra la mesa auxiliar y el sonido seco me estremeció.
—No tienes derecho a pararte ahí —dije—. No tienes derecho a tocar mi vida, mi trabajo, ni a mi hija.
—Tengo todo el derecho —respondió—. Porque tú me lo estás negando.
Su mirada ya no fingía amabilidad. Era dura, posesiva, enferma.
—Te di una salida, Catalina. Una sola. Y la escupiste en mi cara.
—No era una salida —contesté—. Era una jaula.
Sonrió de lado.
—Todas las jaulas parecen refugios cuando afuera no hay nada —dijo—. Sin mí, lo pierdes todo.
Intenté rodearlo para ir hacia el pasillo, hacia Sophie, pero él se movió rápido y me bloqueó el paso. Su brazo chocó contra el mío, sujetándome.
—Suéltame —exigí, sintiendo cómo el pulso se me disparaba.
—Cálmate —ordenó—. Estás exagerando.
Ese tono.
Ese maldito tono fue suficiente para romper algo dentro de mí.
—No me digas que hacer—escupí—. No después de entrar a mi casa sin permiso, e intentar amenazar a mi hija.
—Serás mía —murmuró—. Lo quieras aceptar o no.
—No —respondí con un hilo de voz—. Nunca lo seré.
Larry me empujó contra la pared. El golpe me sacó el aire del pecho y me hizo gemir. Mi mente se nubló.
—Esto no tiene por qué ser así —dijo—. Si cooperas, si dejas de resistirte…
—¡Aléjate! —grité.
Desde el pasillo escuché un sollozo ahogado.
—Mamá…
El sonido de la voz de Sophie me atravesó como un cuchillo.
—No —susurré—. No delante de ella.
—Entonces obedece —dijo, acercando su rostro al mío—. Sé razonable.
Intenté rodearlo para llegar al pasillo. Me bloqueó el paso.
—Muévete.
—No hasta que lleguemos a un acuerdo.
Su mano se cerró sobre mi brazo. El contacto fue suficiente para que el pánico me recorriera entera.
—Suéltame.
—Tranquila —ordenó—. No hagas un escándalo, esto no tiene por qué ser desagradable —dijo, acercándose demasiado.
—Aléjate.
No lo hizo.
Intentó besarme. El asco me subió a la garganta. Lo empujé, le di una patada, luché con todas mis fuerzas, pero volvió a avanzar. Su cuerpo era un muro imposible de mover.
El miedo se transformó en terror absoluto.
—No te acerques —le volví a advertir—. No la involucres.
Larry sacó su teléfono con calma.
—Sabes, con una sola llamada, pueden ocurrir ciertas cosas: ¿Qué tal si tu hija no regresa contigo? ¿O qué tal si alguien toca a tu puerta?—dijo, con una mirada que me hizo erizar.
No pensé. No planeé. Reaccioné.
Mis llaves estaban en mi mano. Las hundí con fuerza. Gritó. La sangre apareció de inmediato. Retrocedió unos pasos, sorprendido, pero volvió a abalanzarse.
Fue entonces cuando algo dentro de mí se quebró por completo.
Golpeé una vez. Luego otra. Con desesperación. Con miedo. Con la certeza de que si caía, no volvería a levantarme. Cuando finalmente cayó al suelo, no me moví. El silencio fue ensordecedor.
La sangre se extendía lentamente sobre el piso. Mis manos temblaban. Solté las llaves como si quemaran.
Llamé a emergencias.
—Fue en defensa propia —repetía—. Por favor, envíen ayuda.
Corrí hacia Sophie. La abracé con fuerza, le cubrí los ojos, le prometí que todo estaría bien aunque no sabía si era cierto.
Las sirenas llegaron rápido.
La policía también.
Cuando sentí el frío del metal cerrándose sobre mis muñecas, comprendí que nada volvería a ser igual.
Miré a Sophie por última vez.
—Te amo —le susurré.
Comprendí con una claridad brutal que aquel instante dividiría mi vida en dos.
Larry no solo había entrado en mi casa.
Había terminado de condenarme
Hola, querido lectores, espero que este nuevo año este lleno de bendiciones, éxitos amor, y muchas bendiciones. El día hoy empezamos con las actualizaciones de esta apasionante historia, así que no olvides agregarme y seguirme. Espero que cada línea te la disfrutes. Recuerda dejarme comentarios y reseñas.







