Ya en la celda, con el frío metiéndose en los huesos, Joel se acercó a las rejas.
—Le aseguro que no permitiré que usted vaya paresa. Le doy mi palabra, por hoy deberá quedarse aquí, pero mañana usted será una mujer libre.
Sentí que el pecho se me abría.
—Gracias…
Joel se marchó, mientras yo rezaba por un milagro.
Cuando el turno cambió, el pasillo de la estación volvió a llenarse de ruido. Pasos apresurados, voces cansadas, el tintinear metálico de las llaves. Yo estaba sentada en el banco duro de la celda, con los brazos rodeando mi cuerpo, tratando de mantenerme entera, cuando lo vi aparecer.
Viktor.
Venía caminando con paso firme, el rostro tenso, la mandíbula apretada. Pero debajo de esa furia evidente había algo más: dolor. Un dolor crudo que me atravesó incluso antes de que hablara.
—Catalina… —dijo al verme, y su voz ya no era un grito, sino un susurro quebrado.
Me levanté de inmediato, aferrándome a los barrotes.
—Viktor…
Se acercó, ignorando a los oficiales, y por un instant