Ya en la celda, con el frío metiéndose en los huesos, Joel se acercó a las rejas.
—Le aseguro que no permitiré que usted vaya paresa. Le doy mi palabra, por hoy deberá quedarse aquí, pero mañana usted será una mujer libre.
Sentí que el pecho se me abría.
—Gracias…
Joel se marchó, mientras yo rezaba por un milagro.
Cuando el turno cambió, el pasillo de la estación volvió a llenarse de ruido. Pasos apresurados, voces cansadas, el tintinear metálico de las llaves. Yo estaba sentada en el banco dur