Cristian apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos le ardían. Las lágrimas le nublaban la vista mientras manejaba a toda velocidad por la carretera oscura hacia la mansión Fuentes. El dolor de haber perdido la confianza de Sophie lo estaba volviendo loco; sentía que el pecho se le partía en dos. En ese momento, el celular chilló en el asiento del pasajero. Al ver el nombre de Armando en la pantalla, la rabia le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica.
—¿Qué quieres, maldito? —