Mundo ficciónIniciar sesiónPor un error, secuestró al hombre más peligroso de la ciudad. Por ese mismo error, ahora él no la dejará escapar. Anastasia Petrova es experta en hacer desaparecer personas. Fría y metódica trabaja para un grupo clandestino dedicado a cobrar deudas ajenas mediante secuestros de intimidación. Lo que nadie conoce es el origen de esa fortaleza psicológica ni el vacío que la persigue: un hijo que le arrebataron y al que juró recuperar. Un encargo mal dirigido la lleva a apuntar con una pistola a Alexander Volkov, conocido como El Zar. El jefe de la mafia más temido, cuya vida depende del control absoluto. Por casi una hora, él permanece atado en la parte trasera de su furgoneta mientras ella cree estar ejecutando un trabajo más. Cuando descubre su error y lo libera con una amenaza, cree que su mayor problema será una demanda. Se equivoca. Alexander no olvida. Y no perdona. Al día siguiente, irrumpe en su vida con una simple y brutal amenaza: "Tu vida ahora me pertenece. Firmas un contrato trabajando para mí, o esa vida se termina ahora." A él no le importan sus secretos. Solo ve una mujer con un talento absurdo y peligroso que, por primera vez, logró sorprenderlo. Atrapada en una jaula dorada de su propia creación, Anastasia deberá navegar un mundo de lujos peligrosos, traiciones sutiles y una atracción prohibida que crece con cada día que pasa. Mientras Alexander descubre que esta cobradora de deudas no es lo que parece, y que la obsesión que siente por ella es el primer sentimiento que no puede controlar. Un error los unió. Un contrato los ata. Una obsesión los consumirá.
Leer másEl encargo llegó un martes, y los martes solían ser mis días de suerte. Debería haber sabido que esa racha no duraría para siempre.
Marcos deslizó la tablet hacia mí sobre la mesa de metal, su expresión era esa mezcla de profesionalismo y curiosidad que siempre tiene cuando llega un trabajo con muchos ceros. —Pagarán el triple de la tarifa usual, Ana. Cliente nuevo. Mis dedos rozaron la pantalla aún fría. Los detalles aparecieron en letras limpias y ordenadas, como todo en mi vida ahora: orden sobre el caos. Objetivo: Anton Rysakov. Deudor. Lugar: Torre Volkov, salida de servicio C. Hora: 7:00 PM exactas. Descripción: Hombre, 1.70 cm, rubio, ojos claros, traje negro. Sale hacia una van negra. Instrucciones: Intimidación. Que crea que su vida termina si no paga. Nota: Cliente exige discreción total. Sin marcas permanentes. —Una hora y media de traslado —murmuré, calculando mentalmente rutas, tráfico, puntos ciegos—. Lejos. —Pero bien pagado —agregó Marcos, señalando el monto depositado en la cuenta de garantía. Era un número que hacía que algo dentro de mí se tensara… y se aliviara al mismo tiempo. Cada cero era una semana menos de espera. Un paso más cerca de mí hijo. Estudié la foto adjunta del edificio. La Torre Volkov se alzaba imponente, todo vidrio espejado y acero. Un símbolo de poder en el distrito financiero. La puerta de servicio C estaba semioculta entre contenedores de basura y una rampa de carga. Discreta. Perfecta. —¿Bandera roja? —pregunté por costumbre, aunque mi instinto ya murmuraba que algo no olía bien. —El cliente es nuevo. Un prestamista de la zona este —dijo Marcos, encogiéndose ligeramente de hombros—. El pago está asegurado. Y la deuda es grande, según él. Asentí. No era el primer deudor de alto nivel. Nuestro trabajo no era honesto, pero era claro: por un pago determinado hacíamos el trabajo sucio, el de cobrar deudas a nombre de nuestros clientes. A veces hacía falta cierto nivel de intimidación. Mi regla era simple: solo objetivos con las manos sucias. Y nunca niños, nunca familias. Pero el triple de pago no era rutinario. Marcaba una línea. La línea entre asustar a un estafador y meterse con algo más grande. —Vamos a necesitar la furgoneta gris sin marcas —dije, pasando a modo operativo. El dinero hablaba más fuerte que mi cautela—. Overoles de técnicos. Credenciales falsas. Y las armas —corregí, mirando a Marcos a los ojos—. Cargador con balas de fogueo. No creo que necesitemos balas reales. Marcos asintió, sin sonreír esta vez. Él también sabía lo que significaba subir de nivel. El teatro terminaba donde empezaba el verdadero miedo. --- A las 6:58 PM, estaba posicionada junto a los contenedores de basura, en el punto ciego de la cámara que había memorizado. La lluvia fina de la tarde pintaba el asfalto de un negro brillante. Bajo el overol holgado, la pistola pesaba. Un recordatorio frío y metálico de lo que estábamos haciendo. Las 7 en punto marcaron. La puerta de servicio C se abrió y salió un hombre. Alto. La descripción decía 1.70. Este hombre… no. Esta montaña medía fácilmente 1.90. Una diferencia de veinte centímetros que en mi mundo era un abismo. ¿Un error tan básico? Un latigazo de duda me atravesó el pecho, frío y rápido. ¿Error del cliente? Quizás. Pero lo demás… Sus hombros eran tan anchos que casi llenaban el marco de la puerta. Su traje era negro, sí, pero no era un traje de oficina; era una pieza hecha a medida que se adaptaba a sus músculos como una segunda piel. El pelo, bajo la luz tenue, era rubio cenizo, casi plateado. Y cuando giró ligeramente la cabeza, vi el perfil de su rostro: afilado, implacable, y unos ojos de un azul claro que, incluso desde la distancia, parecían cortar como cristal. La altura no cuadraba. Pero todo lo demás sí. Torre Volkov. 7 PM en punto. Traje negro. Rubio. Ojos claros. Y salía directo hacia una van negra estacionada a quince metros, donde un hombre de aspecto severo —un guardaespaldas, reconocí al instante— esperaba junto a la puerta. Ese dato no lo teníamos. Se suponía que estaría solo. La duda era un lujo. El pago ya estaba en la cuenta. Triple. Decidí en una fracción de segundo. Salí de las sombras justo cuando pasaba a mi altura. Mi voz salió grave, plana, presioné la pistola en sus costillas a través de la tela: —No haga ruido. Gire y camine hacia la furgoneta gris. Si coopera, respirará esta noche. Se detuvo en seco. Giró la cabeza hacia mí, solo un poco. Esos ojos azules me atravesaron. No había miedo en ellos. —Interesante —dijo. Su voz era baja, con una vibración que pareció resonar en mis huesos. —Camine —ordené, presionando el cañón con más fuerza. Caminó. Con una calma desconcertante, como si diera un paseo. Sus pasos eran largos y seguros. Marcos esperaba, enmascarado, con la puerta trasera de nuestra furgoneta ya abierta. Justo cuando llegaba al borde, el guardaespaldas junto a la van negra notó el movimiento. Su expresión se transformó en una máscara de alerta pura y se abalanzó hacia nosotros. —¡Jefe!—gritó. —¡Marcos, cúbreme! —le ordené a mi compañero, que se lanzó a interceptarlo. Esto no estaba en el guión. Con un movimiento rápido, empujé al hombre rubio dentro de la furgoneta y salté tras él. La puerta se cerró de un golpe, ahogando el sonido de la pelea que comenzaba afuera. Deslicé el cerrojo. Adentro, la penumbra. Él estaba sentado en el piso de metal, de espaldas a mí, inmóvil. —Manos a la espalda—ordené, mi voz un poco más áspera. Él las puso, sin prisa. Saqué las tiras de plástico reforzado y se las ajusté alrededor de las muñecas. Noté la fuerza de sus antebrazos bajo la tela fina de la camisa. Luego, la capucha negra. Se la coloqué sobre la cabeza. En todo el proceso, no forcejeó. No respiró agitado. Era como atar una estatua de mármol vivo. Mi corazón, por primera vez en años, latía con un ritmo desordenado y alto contra mis costillas. Algo está mal. Terriblemente mal. Salté al asiento del conductor y encendí el motor. Por el retrovisor, lo vi. Inclinó ligeramente la cabeza cubierta, como un depredador escuchando. Y entonces habló. Su voz, distorsionada por la tela, no era la de un hombre asustado. Era grave, clara, y cortó el aire como un cuchillo afilado en la oscuridad: —¿Quién te envió? Sentí un escalofrío que me recorrió desde la base del cráneo hasta los talones. No era el miedo a que me descubrieran. Era la certeza, fría y repentina, de que había puesto mis manos sobre algo que no era un simple deudor. Algo peligroso de verdad. —Cállate —dije, pero las palabras sonaron delgadas, quebradizas. Él no dijo nada más. Pero en su silencio, en la quietud absoluta de su cuerpo atado, había algo aterrador. Y fue en ese momento, que sonó mi teléfono. La pantalla brilló en la penumbra, iluminando momentáneamente. Allí brillaba un mensaje directo del cliente. Lo abrí y en ese instante el corazón se me detuvo.El filo del cuchillo bajó hacia mí con torpeza, pero con intención suficiente para matar.No tuve tiempo de pensar.Mi cuerpo reaccionó solo.Antes de que la hoja tocara mi piel, atrapé su muñeca con toda la fuerza que me quedaba. Apreté. Con rabia. Con miedo. Con desesperación. La chica chilló, un sonido agudo que me atravesó los nervios, pero no soltó el cuchillo.—¡Suéltalo! —gruñí entre dientes.No lo hizo.Doblé el brazo, torciendo la articulación. Con mi otra mano, la libre, no lo pensé: Le di un puñetazo seco en las costillas, con todo el peso de mi cuerpo. El impacto le arrancó el aire. Esta vez sí me soltó y retrocedió varios pasos, jadeando, pero el cuchillo seguía apuntándome. Me miró con unos ojos desorbitados, llenos de un pánico que rayaba en la locura.—¿Quién te envió? —le pregunté, respirando con dificultad.No respondió.La herida de bala me punzaba como si alguien me clavara fuego en el costado. Yo estaba más lenta. Lo sabía. Pero ella tampoco era una asesina. Era u
El papel seguía entre mis dedos cuando me dejé caer otra vez sobre la cama. La receta parecía pesar más que una hoja normal. Demasiado.¿Qué debía hacer?¿Confrontar a Alexander? Era como prenderle fuego a una dinamitera y esperar que solo humeara. El hombre se volvía un volcán con solo mencionar a su hijo, imagínate si le soltaba que alguien lo estaba envenenando bajo su nariz.¿Y si lo sabía?¿Y si no le importaba?La idea me duró apenas un segundo antes de desmoronarse sola.No tenía sentido.Un hombre que envenena a su propio hijo no sale corriendo a las tres de la mañana con él en brazos, como si se le fuera la vida en ello. No lo protege así. No se quiebra por dentro cuando cree que puede perderlo.No. Alexander no era el culpable.Entonces alguien más lo era.Y ese pensamiento me heló la sangre. No podía llegar a Alexander con suposiciones. Necesitaba hechos. Algo concreto que no le diera margen para acusarme de mentir o, peor, de intentar sembrar cizaña.El recuerdo de Nathal
Llegué a mi habitación y cerré la puerta con un golpe sordo que hizo temblar el marco. La fuerza se me fue de las piernas. Me dejé caer en la cama, y entonces, solo entonces, las lágrimas que había mantenido a raya estallaron.Lloré como se llora cuando algo te rompe por dentro. Con el pecho apretado, con la respiración desordenada, con lágrimas que no pedían permiso. Quise detenerlas. Me dije que ya había llorado suficiente en esta vida. Que no iba a regalarle eso a Alexander.Pero no pude.Porque no solo dolía lo que dijo.Dolía que, en el fondo más oscuro y secreto de mi mente, una parte enferma y atormentada susurraba que tenía razón.Debí haberme enfrentado a mi padre. Debí haber huido antes, debí haber sido más fuerte, más rápida, más lista. Debí… debí… debí. Un millón de "debí" que no servían para nada excepto para clavarme cuchillos cada noche.¿Y si nunca lo encuentro? ¿Y si ese hueco que Alexander mencionó con tanto desprecio se queda vacío para siempre?No sé cuánto tiempo
El sueño fue un lujo que no me concedió esa noche. El dolor era un compañero fiel, pero peor era el zumbido en la cabeza: la foto borrosa de Rostova, el mensaje del chantajista, y sobre todo, el fantasma de las manos de Alexander en mi herida. Sus palabras. "Pensé que morirías."A eso de las tres de la madrugada, oí pasos rápidos y decididos cruzando el corredor, yendo hacia la entrada principal. Me tensé, mi instinto se puso alerta enseguida. Pero los pasos se apagaron y la casa volvió a quedar en silencio.Demasiado silencio.A la mañana siguiente me llevaron el desayuno. Comí poco. El cuerpo seguía pesado, la herida recordándome cada movimiento que no debía hacer. Aun así, no podía quedarme todo el día acostada. No soy así.Me tomé un analgésico, respiré hondo y me levanté.Cada paso fue lento, torpe. Me apoyé en las paredes, avanzando como una anciana orgullosa que se niega a pedir ayuda. Salí al jardín. El aire fresco me golpeó el rostro y por un segundo cerré los ojos, agradecid
La mañana llegó con la luz blanca y fría de la clínica filtrándose por las persianas. El dolor era una presencia constante, un recordatorio sordo de lo cerca que estuvo esa bala de terminar todo.Justo cuando empezaba a pensar que Alexander me había olvidado ahí, la puerta se abrió y él entró. Traía algo bajo el brazo: una carpeta de cartón grueso, marrón.—Encontramos algo —dijo sin preámbulos.Se acercó a la cama y abrió el expediente sobre mis piernas. Fotografías, transferencias, nombres subrayados en rojo.—Sokolov transfería fondos de manera regular a una fundación —continuó—. Nuevo Amanecer. Supuestamente dedicada a ayuda social. Educación. Reintegración.Solté una risa seca.—Claro. Siempre se esconden detrás de palabras bonitas.—La directora figura como Victoria Rostova —añadió.—¿Tienes laptop? —pregunté.Alexander no respondió. Solo hizo un gesto. Uno de sus hombres entró y me dejó una computadora sobre la mesa auxiliar.Me incorporé con cuidado, ignorando la punzada en e
El teléfono vibró entre mis dedos mientras deslizaba la pantalla con lentitud, todavía recostada en la cama del hospital. La herida seguía doliendo, pero el dolor físico era manejable. El otro… no.Nathalia Volkov. Escribí el nombre en el buscador. No esperaba gran cosa. Gente como ella paga para que su basura quede enterrada.Los resultados eran pocos. Viejos. Pulidos para el público. Esposa de un empresario influyente. Filántropa. Patrocinadora de fundaciones. Fotografías de galas donde ella sonreía con dientes perfectos junto a un hombre de mirada fría y poderosa. El padre de Alexander.Seguí leyendo hasta que algo me hizo detenerme. Un artículo antiguo. Enterrado entre notas económicas."Tragedia en familia Volkov: fallece el primogénito, Maksim Volkov, en accidente de tránsito."Maksim. Un hijo mayor. Nathalia había tenido otro hijo antes de Alexander.Mi pulso se aceleró.Abrí el enlace.No había muchos detalles. Solo que había ocurrido hacía más de veinte años. Alexander debía
Último capítulo