Capítulo 7

Él sonríe de lado.

¿Por qué m****a siempre parece que está ganando?

Como si todo estuviera saliendo exactamente como él quiere.

—¿Qué te hace pensar que me interesa? —dice con una calma tan peligrosa que casi parece un susurro, mientras apoya la cabeza en su brazo derecho.

—¿Acaso no vale la pena intentarlo?

Él vuelve a sonreír.

—Es una oferta tentadora, pero no voy a engañar a mi mujer contigo. Hellen es permisiva, pero no sé si lo sabes… te detesta.

—Lo sé. Me lo recuerda todos los días.

—Entonces sabes que lo único que jamás me perdonaría es acostarme contigo. Y tampoco tengo permitido contratarte. Lo siento, Eva… hiciste los enemigos equivocados.

Aprieto el puño bajo la mesa.

La muy perra.

Sabía que era ella la que se encargaba de que nunca tenga una oportunidad. ¿Por qué llevaría una riña universitaria tan lejos?

La comida llega antes de que pueda decir nada.

Un plato extraño… sin poder descifrar qué es comestible y qué no.

—Eva —llama mi atención, así que lo miro—. Se come así.

Vierte una gota de salsa sobre lo que yo pensé que era una piedra… y luego se lo come.

Lo imito, tratando de no desviar la mirada.

Un sabor raro invade mi boca: algo como pescado.

Tomo un sorbo grande de vino.

Por alguna razón, él vuelve a reír.

Le lanzo una mirada asesina.

Sus risas no tienen ni una pizca de amabilidad; son burla pura.

Los platos llegan uno tras otro. Algunos deliciosos, otros imposibles de mantener en la boca. Los meseros empiezan a traer advertencias con cada platillo, más servilletas “por si necesito escupir”, y ellos mismos están visiblemente incómodos.

Él solo ríe.

Ríe como si estuviera viendo una comedia.

Y, aunque no quiero admitirlo, empieza a probar primero cada plato y avisarme qué no comer.

Al principio no le hago caso. ¿Acaso piensa que mi paladar humilde no puede apreciar lo que él devora sin problemas?

Siempre termino mal.

Y él siempre se burla.

Así que termino siguiéndolo, plato por plato.

Hasta que llega el postre.

Supuestamente un pastel de chocolate, aunque no parece pastel.

Miro hacia arriba. Él levanta una salsera de chocolate caliente y me mira, esperando que yo tome la mía.

Lo hace en círculos y yo lo imito.

Levanta un tenedor.

Hago lo mismo…

Hasta que señala su mano y entiendo que levanté el tenedor equivocado.

Levanto el correcto.

Él sonríe satisfecho.

Y, por alguna razón, me siento orgullosa.

—Estas comidas son difíciles al principio, pero luego se vuelven adictivas —dice tomando un bocado.

—Los ricos comen cosas extrañas. Siento que comí muchas cosas… pero en realidad nada.

Él ríe otra vez.

—Ya que estamos en el postre… tengo curiosidad. ¿Por qué tú y Hellen se odian tanto? No pareces una persona desagradable, pero escuché que le hiciste la vida imposible en la universidad.

—Más bien ella a mí —respondo sin pensarlo. Él me lanza una mirada que me anima a seguir—. Éramos amigas al principio, pero empezó la competencia por los papeles principales. Lo que me molestaba era que ella no estaba al nivel de la clase: solo era bonita. Y solo por eso siempre quedaba como mi suplente. Luego me robó a mi novio, la enfrenté… y se volvió una guerra mutua. No fui muy amable con ella en esa época.

Él toma otro bocado.

—Y al final terminaste trabajando para ella. Debe ser incómodo.

Juego con mi postre mientras un nudo de sensaciones desagradables se forma en mi pecho.

—Mi mamá enfermó y mi familia se endeudó… y aún así murió. Yo tuve que endeudarme para terminar la universidad. Luego no tuve trabajo. Mi papá huyó con los pocos ahorros que teníamos… me dejó sola con mi hermana menor —él escucha atentamente—. No tuve tiempo ni dinero para perseguir mis sueños.

El silencio es tan espeso como la salsa del postre.

Solo se rompe cuando el mesero deja la cuenta.

Andrew mete su tarjeta negra sin siquiera verla.

Un puto día perdido.

Regresaré a casa con hambre y humillada.

—¿Nos vamos? —pregunta él levantándose.

Aparto el cabello de mi rostro y suspiro antes de ponerme de pie.

Doy un mal paso y pierdo el equilibrio.

Caigo hacia adelante…

Y antes de tocar el suelo, un brazo fuerte me envuelve la cintura.

Mi rostro choca con su pecho firme.

Intento alejarme y disculparme, pero él me aprieta más contra sí.

Nuestros cuerpos quedan unidos. Nuestros rostros, a centímetros.

Él sostiene mi rostro y con la otra mano aparta un mechón detrás de mi oreja.

Se acerca lentamente.

Mi corazón late tan fuerte que temo que lo escuche.

Cierro los ojos.

Aprieto su traje sin poder evitarlo.

Su aliento roza mis labios…

y luego se desliza hacia mi oreja.

—¿Estás intentando seducirme, Eva? —susurra con un tono que me derrite las rodillas—.

No hagas algo… de lo que puedas arrepentirte.

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