Mundo ficciónIniciar sesiónDiez años después de abandonarme, Adrián Di’Marco regresó. No para pedir perdón, sino para reclamarme. El hombre que una vez amé y que me destrozó el corazón bajo la lluvia, ahora es el magnate más poderoso del país. Y tiene una sola obsesión: hacerme su esposa. No me lo pregunta; me lo ordena, sosteniendo un contrato que me ata a él y una amenaza que pende sobre todo lo que amo. Atrapada en un matrimonio por conveniencia, debo fingir una pasión que, para mi desgracia, se siente demasiado real. Cada beso es una traición a mí misma, cada mirada, un recordatorio de que él gobierna mi mundo. Pero en este juego de poder y venganza, el secreto que esconde nuestro pasado podría ser mi perdición... o mi única arma. ¿Podré resistir a este hombre lleno de secretos, cuando mi propio corazón parece haberse quedado atrapado en él?
Leer másSharon Foster.
¿Qué hacer cuando el pasado toca a tu puerta?
¿Lo enfrentas con dignidad o sentirías como si el mundo se te viniera encima?
Durante años me había hecho la misma pregunta, me había imaginado millones de escenario y nada de lo que imagine me hubiese podido preparar para este momento.
Adrián Di´Marco apareció como si fuera el jodido amo del mundo.
Atractivo, imponente y jodidamente arrogante, así era él y los años no habían hecho más que acentuar aquellos atributos que en antaño me volvían loca. Pero esta vez había algo más rugiendo en mi interior: rabia, pura y primitiva que solo me hacía querer borrarle su maldita sonrisa de un puñetazo.
Me miraba con la barbilla en alto, con el desafío brillando en sus ojos grises. ¿Qué demonios hacia aquí? ¿Qué m****a estaba buscando?
— La entrevista a terminado señores — informé, bajando del palco de discursos y dirigiendo mis pasos directo hacía él, como una fiera enfurecida.
Sin pronunciar palabra alguna, levante la mano para propinarle un puñetazo, él sostuvo mi muñeca antes de que el golpe pudiera siquiera rozarlo, aproveche el descuido para cruzarle la cara de una bofetada con mi mano libre.
El impacto del golpe resonó en el silencio que se había apoderado del salón, los presentes parecieron contener el aliento. Después de todo no todos los días vez a alguien golpeando al gran Adrián Di´Marco. El hombre más poderoso del país.
—Yo también te extrañe, cariño — aseguro, rodeando mi cintura con su brazo y atrayéndome hacia él de forma posesiva, con ese mismo ademan dominante que antes me enloquecía y ahora solo me producía nauseas.
— Suéltame, imbécil. Sabes muy bien que no me importa hacer un escándalo — amenace, con los dientes apretados. Mirándole a los ojos con la rabia ardiendo en mi interior.
Adrián soltó una carcajada, cínica y desafiante.
— Hazlo… grita, insúltame, todo lo que quieras. Nada me gusta más que deleitarme con tu dulce voz — se inclinó hacia mí, hablándome al oído en un tono bajo e íntimo — aunque… preferiría que tus gritos sean en privado, como en los viejos tiempos.
Sus dientes se cerraron sobre el lóbulo de mi oreja, enviando un escalofrío por mi columna vertebral. ¡Maldición! No podía creer que este jodido demonio aun tuviera tanto poder sobre mí.
— No voy a caer otra vez en tus juegos — le advertí, dándole un leve empujón para alejarlo de mí. Fue en vano, su figura imponente me seguía dominando. ¿Y cómo no? Con su casi metro noventa de altura, era un hombre que hacía sentir diminuto a cualquiera.
— No espero que lo hagas — respondió y la forma en que me miro, me hizo sentir que algo tramaba. Apenas unos segundos después se inclinó y en un ágil movimiento me cargo sobre su hombro, como si no pesara nada. Haciendo sentir como un simple muñeca entre sus brazos.
— ¡Adrián! — grité de la sorpresa, comenzando a patalear, intentando que me soltara, enseguida sentí como daba una palmada sobre mi nalga.
— ¡Quieta, fiera! Tú y yo tenemos un asunto que atender — soltó una risita divertida y enseguida escuche como los flashes de las cámaras eran disparados. ¡Esto saldría en primera plata!
Mis protestas fueron en vano, Adrián me saco de ahí, llevándome a un área más privada del hotel.
— ¡Bájame inmediatamente, Adrián Di´Marco o no respondo! — exigí.
— Como ordenes — me coloco sobre mis pies en el instante en que el suave clip de las puertas cerrándose llego a mis oídos.
Quedamos de pie frente a frente, mirándonos; por un segundo fue como si el tiempo no hubiese pasado; como si estos años de dolor y sufrimiento hubiesen sido borrados en el instante en que sus ojos se encontraron con los míos.
Él corto la distancia que nos separaba en dos grandes zancadas, sus manos se posaron sobre mis mejillas y sus labios se apoderaron de los míos en un beso profundo, tan intenso que parecía gritar todo lo que habíamos callado en todo este tiempo separados.
Mis piernas temblaron, mi corazón dio un vuelco y antes de darme cuenta, mis manos ya estaban enredadas en su cabello; manteniéndolo lo más cerca posible de mi mientras su lengua exploraba cada centímetro de mi boca.
Una parte de mi quería empujarlo, morderlo, pero mi cuerpo, traicionero, se rendía ante una nostalgia que era más fuerte que mi orgullo.
Un par de segundos después, mis piernas ya estaban enredadas en su cintura mientras nos movíamos por el lugar haciendo un desastre descomunal, algunas cosas quedaron en el suelo mientras Adrián y yo nos sumergíamos en una guerra de dominación y deseo.
Mi piel ardía donde sus manos dejaban una caricia. Mi respiración se hizo pesada y por un momento pareció como si el tiempo se hubiese detenido. Y de pronto… la realidad me golpeó… el dolor de su abandono, las lágrimas bajo la lluvia aquella tarde de diciembre en la que nunca llego…
Todo se arremolino en mi cabeza en cuestión de segundos, oprimiendo mi corazón de forma dolorosa.
— ¡Suéltame! — me alejé como si su cercanía me quemara y antes de ser consciente de lo que hacía, mi mano se estampo contra su mejilla con una fuerza brutal que lo hizo girar la cabeza.
Él permaneció en esa posición por largos segundos, impactado ante mi repentina reacción. Cuando se movió lo hizo para pasar su pulgar por sus labios, limpiando un hilo de sangre que había brotado después de mi agresión.
— En tu puta vida vuelvas a tocarme — lo señalé con un dedo acusatorio, mientras ponía toda mi rabia en palabras, aquellas que no pude gritarle años atrás — eres un maldito cobarde, poco hombre que no fue capaz de darme la cara. ¡Me abandonaste porque no tuviste las pelotas para enfrentarte a tu padre!, ¡Tu permitiste que nos separaran!, ¡fuiste tú quien tan solo dos días después apareció en primera plana con la mujer que tus papitos eligieron para ti!
Estaba furiosa, todo el dolor y la decepción que sentí en antaño cuando no llego a nuestra cita, cuando en lugar de recibir el esperado “te amo” que ansiaba, solo recibí el despreció de su padre, las amenazas para que me alejara de él simplemente porque él “había elegido cumplir con su deber como heredero”. Mi corazón dolía, tanto o más de lo que había dolido en el pasado.
— ¡Tú elegiste a alguien más! ¡Ahora no vengas después de tanto tiempo a hacer como si nada hubiese pasado! No vengas a buscarme como si…
— ¿Cómo si qué? Sharon — me miró, la furia ardiendo en sus ojos. Dio un paso hacia mí y sujeto mis muñecas con brusquedad, como si quisiera evitar que volviera a agredirlo — ¿Cómo si aún fueras mía?
— Ya no lo soy… y nunca más lo seré — respondí, forcejeando para liberarme de su agarre.
Adrián me miro, con esa intensidad que me hacía sentir expuesta. Una sonrisa arrogante surco sus labios mientras se inclinaba para hablarme al oído, su aliento choco contra la piel de cuello y mi oreja.
— Te tengo noticias Sharon… si lo eres… siempre lo has sido — la punta de su lengua trazo un par de círculos lentos en el lóbulo de mi oreja de forma tan provocativa que me hizo estremecer, su voz bajo a un tono mucho más íntimo, profundo — y tengo un papel que lo certifica, cariño.
Mi corazón dejo de latir por unos segundos, mis ojos se abrieron con horror mientras lo miraba sonreír como quien se sabe ganador.
— Tienes una deuda conmigo y hoy vine a cobrarla — deposito un suave beso en la comisura de mi boca — serás mi esposa Sharon, quieras o no.
En ese momento lo entendí. Estaba perdida. Adrián Di´Marco acababa de ganar una partida que ni siquiera había comenzado aún. Ese hombre me tenía en sus manos y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
Sharon Foster.La forma en la que Ahmed me miraba me dejaba sin aliento y no de una forma positiva, era en momentos como este me gustaría tener la capacidad de leer la mente para descubrir que estaba pasando por la retorcida cabecita de los locos que se atraviesan en mi camino.No iba a negarlo, estaba asustada, es más “asustada” no sería la palabra correcta, estaba aterrorizada como nunca antes lo había estado y eso es mucho decir, teniendo en cuenta que mi vida ha sido una basura desde que tengo memoria.— ¿Qué te parece si invito un par de amigos a jugar? — sentí que el aire en la habitación se tornó repentinamente más helado, mis alarmas se encendieron cuando escuché la puerta abrirse con un chirrido escalofriante. Mis ojos recorrieron de inmediato la oscuridad, intentando adivinar donde y que estarían haciendo mis nuevos verdugos.Ahmed debió darse cuenta de mi escrutinio a juzgar por esa maldita sonrisa ladina que ahora aprecia imborrable de sus labios. De pronto la oscuridad se
Sharon Foster.Los ojos de Ahmed seguían clavados en los míos, el interés brillando en su mirada con una intensidad peligrosa. Algo me decía que este demente era ese tipo de psicópatas que mientras lo mantengas interesado te mantendrá con vida, pero en el segundo en que le aburras no durara en deshacerte de ti como si no valieras nada. Así que tendría que valerme de todos mis encantos y locuras para mantenerle entretenido, pero sobre todo para tener una mínima esperanza de salir con vida de esto.Mi corazón estaba latiendo tan rápido que por un momento temí que él pudiera escucharlo y terminara percatándose del miedo que rugía en mi interior. A pesar de ese sentimiento tan horrible que me invadía mantuve la barbilla en alto y el desafío brillando en mis ojos mientras los engranajes de mi cerebro se movían a mil por hora, intentando encontrar una salida viable o por lo menos una estrategia para sobrevivir.Porque por más que quisiera seguirle el juego a este demente, sabía que cuando t
Sharon Foster.La cabeza me dolía hasta el punto que sentía que el cerebro me iba a explotar, porque puedo jurar que percibía con mucha claridad como este palpitaba contra las paredes de mi cráneo. Quería, juro por Dios que quería, abrir los ojos, pero era como si mis parpados hubiesen comenzado a pesar una tonelada de un segundo a otro. Como si la gravedad misma quisiera aplastarme, podía sentir como cabeceaba sin lograr mantener la cabeza erguida ni siquiera por un segundo.Respirar dolía, como si algo estuviera aprisionando mis costillas o como si mis pulmones comenzaran a quemarse con cada bocanada de aire que trataba de inhalar. Estaba confundida, no entendía dónde estaba, como había llegado aquí o si quiera cuando tiempo había pasado sumergida en la inconsciencia.Sentía la boca seca, con un sabor desagradable que no lograba identificar y mucho menos describir, las náuseas nacían en mi estómago y subían hasta mi garganta dejando una sensación ardiente y asquerosa que hacía que m
Sharon Foster. Desde que Adrián se había largado quién sabe a dónde, habían pasado al menos unas 3 horas, horas en las que por alguna razón que aún no lograba comprender, había permanecido en el área médica de la compañía la cual ni siquiera sabía que existía hasta ahora.Andruw me había arrastrado hasta aquí sin poder negarme, alegando que, por órdenes de su primo; debía realizar chequeos médicos a todo el personal de la compañía, incluyéndome. Al principio solo me había sentado a esperar y luego por alguna razón también desconocida, había terminado anotando la lista de pacientes que lo visitaban.Ya conocía a la señora Josefina de finanzas, una adorable mujer de unos 50 años que aseguraba que su nieto sería el candidato perfecto para una señorita bonita como yo. También conocí a Patricia, la peli teñida de recepción que tenía un ligero flechazo con Adrián y que seguramente estaría dispuesta a hacer hasta lo imposible para meterse en su cama.Así una cantidad inmensurable de emplead
Lucius Holdings. Sentí al instante como mi madre se tensaba, ambos sabíamos que una visita del Archivero solo podía significar problemas.— Tráelo aquí — ordené de inmediato, guiado por la curiosidad mal sana de saber que carajos tenía ese hombre que decir — Rodrigo.Le llame por su nombre cuando estaba a punto de marcharse, deteniendo sus pasos, él me miro por sobre su hombro mientras yo colocaba una de mis manos sobre la espalda baja de mi madre, haciendo presión ligeramente, incitándola a avanzar.— Pero primero lleva a mi madre a zona segura y encárgate de que algunos de los guardias la custodien. Y, sobre todo, asegúrate de que no se crucé con el archivero — Rodrigo asintió, entendiendo de inmediato que deseaba mantener mis puntos débiles fuera del alcance de cualquiera que pudiera convertirse en una amenaza.— Por favor venga conmigo señora — pidió con educación, apartándose de la puerta y señalando el camino de manera dramática. Para mí no pasó desapercibido el instante en que
Lucius Holdings.El camino hacia las afueras de la ciudad fue tranquilo a pesar de la hora pico, nos movimos de forma discreta hasta llegar al almacén principal donde se empaca la mercancía. Los guardias de rostros duros y armados hasta los dientes, me saludaban con un simple asentimiento de cabeza. Mi mirada recorrió la estancia principal del almacén. Observando las grandes mesas donde mis gatitas trabajaban pesando y empacando la mercancía. Sonreí cuando todas detuvieron su trabajo y se giraron hacia mí saludando al unísono con un simple “Bienvenido, Amo” mientras hacían un semi reverencia respetuosa. Todas eran mujeres jóvenes, entre los 18 y los 30 años, usando ropa interior diminuta, exhibiendo su cuerpo; se encargaban de embalar la cocaína que pronto seria distribuidas. Mujeres hermosas y fáciles de manipular, con las cuales solo bastaba un guiño de ojo y una palmada en el trasero para mantenerlas ilusionadas; creyendo que alguna de ellas podría tener el placer de meterse en m
Último capítulo