Mundo ficciónIniciar sesiónAhmose, un joven y prometedor comandante egipcio. Dotado de una astucia militar excepcional y un profundo sentido del deber, se convierte rápidamente en una figura clave en la defensa de Menfis. Su ascenso, sin embargo, lo sumerge en un nido de intrigas palaciegas, donde la ambición y la traición son tan peligrosas como las espadas enemigas. Es en este ambiente de tensión donde su destino se entrelaza con el de la Princesa Nefertari. Hija del influyente visir, Nefertari es una mujer de espíritu indomable y corazón compasivo, atrapada por las rígidas convenciones de la corte y un matrimonio político preestablecido. A pesar de las barreras sociales y los peligros que los acechan, Ahmose y Nefertari forjan un vínculo inquebrantable. Su amor, prohibido y apasionado, se convierte en un faro de esperanza en la oscuridad que envuelve a Egipto.
Leer más—No habrá palabras suficientes para expresar mi gratitud —dijo Amonhoteph—. Habéis sido mi espada y mi escudo. Mi mente y mi corazón. Los honro, no solo como a mis servidores más leales, sino como a los verdaderos pilares de este reino. Vuestros nombres serán recordados por generaciones. La victoria es vuestra. Y la paz que ha llegado a Egipto… es vuestro legado. Ahmose y Paser, conmovidos por las palabras del Faraón, se inclinaron de nuevo. La carga había sido inmensa, los sacrificios muchos, pero la recompensa, la gratitud del Faraón y la paz de Egipto, valían cada gota de sangre derramada. El aire sobre Menfis ya no olía a humo y ceniza, sino a incienso de loto y al fresco perfume del Nilo. El sol brillante y misericordioso bañaba la ciudad con una luz dorada que parecía curar las cicatrices recientes. La guerra civil había terminado y la paz recién nacida comenzaba a extenderse sobre el reino. El mercado, que antes había sido un
Nefertari se lanzó a sus brazos, sus manos se aferraron a su armadura, su rostro se hundió en su hombro. El abrazo fue desesperado. Él la apretó contra sí, sintiendo su calor, su olor, la certeza de que estaba a salvo. —Mi guerrero —susurró Nefertari, su voz ahogada por las lágrimas—. Volviste. Volviste a mí. —Siempre, mi Princesa —murmuró Ahmose—. Siempre. El pueblo los rodeó, aclamándolos, celebrando la reunión de sus líderes, un símbolo de la victoria que habían logrado. La guerra civil, que había desgarrado el corazón de Egipto, había terminado. Imhotep estaba muerto, su poder destruido. El Faraón Amonhoteph recibiría a sus héroes en los salones del palacio, pero la verdadera celebración estaba en las calles, entre la gente. Las campanas del Templo de Amón, que habían sonado con lamentos y oraciones por la guerra, ahora repicaban anunciando la paz. … En La Gran Sala de Audiencia
—¡Alto, Sumo Sacerdote! —gritó Nebu—. ¡No hay escape! ¡La justicia del Faraón te espera! Imhotep se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron, la sorpresa y la rabia lo golpearon. Trampa. Otra trampa. Ahmose. La Princesa. Sabían. —¡Perros! —rugió Imhotep—. ¡No son dignos de tocar al Sumo Sacerdote de Amón! ¡Son herejes! ¡Idólatras de un Faraón ciego! Sacó su daga ceremonial, la misma que había alzado en su último discurso a sus hombres. La hoja afilada brilló bajo la luz del sol. Sus sacerdotes intentaron huir por los lados, pero fueron interceptados por los soldados, y sus gritos se ahogaron. Imhotep, con un rugido de rabia, se lanzó hacia Nebu. No era un guerrero entrenado en el combate, pero su fanatismo y su desesperación lo impulsaban. Nebu paró el golpe con su escudo. El metal resonó. Con un movimiento fluido, su espada se movió con rápida velocidad. No hubo piedad. No hubo duda. Era una orden. La
Ahmose cayó de rodillas por un instante, el impacto de la hacha le rozó el hombro. Un golpe que pudo ser mortal. La bestia se abalanzó. El hacha de Nakht se alzó para el golpe final. Pero Ahmose no estaba vencido. Con una reacción desesperada, digna de su reputación, rodó sobre sí mismo, evitando el golpe. Se levantó de un salto, con su espada alzada. Había encontrado la apertura. El General, confiado en su golpe mortal, había expuesto su flanco. Ahmose no dudó. Su espada se movió con la velocidad de un rayo, una estocada precisa y brutal. No buscó la armadura, sino la carne viva. La hoja se hundió profundamente en la ingle de Nakht, buscando la arteria femoral, un punto vulnerable que pocos esperaban en el campo de batalla. El rugido de Nakht se ahogó en un gorgoteo. Sus ojos que habían brillado con locura se abrieron desmesuradamente llenos de sorpresa y un dolor insoportable. El hacha se le cayó de las manos, golpeando la arena c
—¡Ataquen! ¡Ataquen con la furia de los dioses! ¡No se detengan! ¡No duden! ¡Que cada uno de ustedes sea una lanza en el corazón del ejército del Faraón! ¡Que vuestra sangre sea el último sacrificio! Los ojos de los soldados y fanáticos que escuchaban se llenaron de desesperación, algunos con horror, otros con una macabra aceptación. La orden era una sentencia de muerte. Un ataque suicida. Pero la autoridad de Imhotep, incluso en su locura, aún ejercía un poder inmenso sobre ellos. —¡Por Amón! —gritó un fanático, levantando su espada mellada. —¡Por la purificación! —rugieron otros, empujados por la furia de su líder. Nakht, con una mueca de desesperación, pero resignado, asintió. —Como ordene, mi señor. Por última vez. El General, seguido por los pocos soldados leales y los fanáticos más devotos, se lanzó a la carga, una masa desesperada que se abalanzó sobre las filas del e
Cuando la tormenta de arena comenzó a amainar, revelando un campo de batalla devastado, la situación era clara. Las fuerzas de Imhotep, desorganizadas y exhaustas, habían sufrido pérdidas devastadoras. Los cuerpos de sus fanáticos y soldados yacían esparcidos, algunos aún aferrados a sus armas, otros arrastrándose en el polvo, ciegos y desorientados. El ejército real, aunque cansado y herido, se mantenía en formación. —¡Ahora! —rugió Ahmose—. ¡Carga final! ¡Por el Faraón! ¡Por Egipto! ¡Que no quede ni un solo traidor en pie! Los soldados reales, revitalizados por la vista de la derrota enemiga y la voz de su Comandante, se lanzaron con furia. La resistencia de Imhotep se quebró. El ejército rebelde, desmoralizado, agotado y sin fe en la promesa de su líder, se desmoronó. Los gritos de "¡Victoria!" resonaron en el barranco, mezclándose con el lamento de los vencidos. El Barranco del Viento, que Imhotep había escogido como el escenari





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