Mundo ficciónIniciar sesiónAntonella jamás imaginó que el hombre al que amaba la abandonaría justo cuando más lo necesitaba. Embarazada de gemelas y completamente sola, su mundo se derrumba. La vida le da otro golpe devastador: una de sus hijas nace sin vida. Con el corazón destrozado pero decidida a luchar por la pequeña que sobrevivió, Antonella encuentra refugio en un inesperado lugar, la casa de Dante, un magnate enigmático, reservado y marcado por un pasado oscuro. Lo que parecía un simple empleo se convierte en su salvación y en el inicio de una historia que cambiará sus vidas. Dante, frío y solitario, se ve conmovido por la recién nacida que llega a sus brazos como un rayo de luz. Sin entender por qué, promete protegerlas. Lo que ninguno imagina es que ese angelito será capaz de derretir el hielo que cubre su alma y cambiar su perspectiva en cuanto a sufrir por su pasado. ¿Podrá Antonella sanar sus heridas? ¿Y Dante, atreverse a amar otra vez cuando creía que su corazón ya no tenía salvación?
Leer másMiro la prueba entre mis dedos, mis manos tiemblan y trato de respirar con tranquilidad. Pero al ver que han salido dos rayitas, mi corazón retumba en mis oídos. ¡Estoy embarazada!
—No puede ser… —susurro sintiendo que me voy a desmayar. Es muy pronto, ni siquiera me puedo cuidar sola.
Apenas tengo 22 años, mis sueños y planes se fueron al carajo ¿y ahora estoy embarazada? Siento que el mundo se detiene un segundo en la qué deciaria regresar al pasado y detener el tiempo.
Juraba que me estaba cuidando, que todo estaba bajo control. Pero aquí estoy, en el baño de empleados, enfrentando una realidad que me sacude por completo y sin tener una idea de que es lo que debería hacer.Lo primero que pienso es en él. Giovanni, mi novio. Él, me ha demostrado que me quiere, que haría todo por mí y se que la noticia lo tomara con tranquilidad. Me ha dicho que nunca se separaría de mi lado. ¿Será verdad? ¿Será tan fuerte su amor por mi, asi como yo lo necesito mas ahora?
Suspiro y guardo la prueba en mi bolso. Necesito hacerme un Gravindex, algo más certero, y cuando esté segura le daré la noticia a él, de todos modos esta de viaje.
Lavo mis manos y me observo en el espejo. Mi reflejo me parece distinto, como si ya no fuera la misma, me veo ojerosa, desaliñada y sobre todo pálida.
—¡Anto! ¡Ven a atender a los clientes!— grita mi jefa sacándome de mis pensamientos.
—¡Sí, jefa, ya voy! —respondí y luego lave mi cara tratando de estar activa.
Salgo del baño rápidamente. Consegui trabajo en uno de los restaurantes del padre de Giovanni. Bueno, él fue quien me consiguió el puesto… aunque dejó claro que no dijera que éramos novios y que debía actuar con normalidad. Me presentó como su amiga. Así que me toca aguantármela. No puedo ir por ahí diciendo. ¡Oigan, soy la novia de Giovanni!, aunque me ardan las ganas de hacerlo, quizá de esa manera me aunmenten el sueldo y me trataran bien.
—Buenas tardes, ¿me podría dar un jugo con tres piezas de pollo acompañado de papas? Son para los pequeños. Y para mí, un bistec con poco arroz. Si tiene puré de papas y tajaditas, mejor. — La voz de un cliente me saca de mis pensamientos.
—Claro que sí, señor. En veinte minutos tendrá su pedido, quisiera tomar alguna bebida mientras espera.
—No señorita. Ya le he pedido tres juegos.— Asentí apenada.
Anoto rápido y llevo el pedido a la cocina. La jefa me intercepta en el camino.
—¿Y tú qué fuiste a hacer al baño? ¿A perder el tiempo? Encima el cliente esta hablándote y no prestas atención.
—No, disculpe… solo que estaba un poco apurada quería hacer pis ya sabe estoy en mis días.
Me lanza una mirada sospechosa y me entrega otro pedido. Espero que no se haya dado cuenta de la prueba de embarazo que deje en el cesto.
—Llévalo a la mesa del fondo y deja de perder el tiempo muchacha.
—Sí, ya voy.
Tomo la bandeja, pero al ver la comida me invaden unas náuseas horribles. Trato de disimular, pero me cuesta.
—¿Estás bien? —me pregunta una compañera.
—Sí, sí, todo bien.— miento ya que en cualquier momento voy a vomitar.
Entrego el pedido con una sonrisa forzada y dejo la cuenta sobre la mesa.
—Gracias. Que lo disfruten.
En cuanto me doy la vuelta, corro al baño. Apenas llego, vomito todo en el lavabo. Me lavo la boca, la cara, y me miro en el espejo con los ojos llorosos.
—Esto no puede estar pasando…maldición.
Ahora entiendo todo mi mal estar, con razon llevo más de un mes sintiéndome mal, y ahora ya sé por qué. Solo espero que en casa no haya problemas y que Giovanni hable con mis padres y que les diga que él se hará cargó.
Terminó el turno y recibo mi pago semanal. Salgo del restaurante y subí al metro. El trayecto se me hace eterno, me siento mareada, agobiada. Apenas llego a mi vecindario, camino a toda prisa. Necesito el baño urgente. Veo algunos vecinos, pero solo les lanzo un saludo rápido sin detenerme hablar.
—¡Hasta luego, Antonella! —me grita Lilian.
—¡Gracias, Lili! ¡Estoy apurada! Lo siento.
Entro por el patio de mi casa, busco la llave debajo de la alfombra pero escucho una voz detrás de mí.
—¿Buscas esto? — Pregunta mi papá.
—Sí, pa… pensé que no estaban
—Toma, entra. Saldré un momento, cuando regrese quiero la cena lista y unas latas de cerveza.
Arrugue la cara con ganas de preguntarle si de donde sacaré para su cochina cerveza. Pero me contengo como siempre.
—¿Y mi hermana?
—Debe andar en la calle, como siempre... es peor que tú, anda de vaga.
Suspire sin querer responder ante eso.
—¿Y mamá?
—No sé —responde con desánimo y a la vez molestia.
Entro directamente al baño. Otra vez vomito lo poco que comí. Luego me doy una ducha rápida, me siento en la cama. Tengo que hacerme ese Gravindex, quizás hasta un ultrasonido… pero no tengo mucho dinero, sin embargo necesito salirme de dudas o me voy a volver loca.
Dejo de lado mi problemita cuando mi celular suena con insistencia. Contesto rápidamente al ver el nombre en pantalla.
—¿Antonella? Soy la señora Guzmán. Tengo un trabajito para este fin de semana. Estarás disponible.
—¿En serio? Claro que estaré disponible.
—Qué bueno, es una boda. Me quedé sin meseras y necesito que me trabajes, te pagaré bien serán unas cuantas horas nada mas.
—¡Claro! Me vendría muy bien— respondí con entusiasmo. Mas ahora si estoy embarazada.
—Vístete elegante, con delantal. Es una boda importante y la presentación es lo mas importante.
—No se preocupe, señora, no le fallaré se lo prometo.
—Esta bien, Antonella, estaré pendiente de tu llamada.
—Gracias nuevamente.
Cuelgo la llamada suspiro y agradezco en silencio. Algo es algo. Por lo menos podré cubrir lo de la energía y el agua. Entro a tomar una ducha, al salir me alisto, dejo mi cabello suelto, me pongo un vestido sencillo con botines, tomo mi bolso y salgo. Dejo la llave bajo la alfombra, pero reviso que nadie me esté viendo cómo siempre.
Apenas cruzo la calle, escucho detrás la voz de Lili detrás de mi.
—¿Otra vez saliendo, Anto? ¿No te cansas de trabajar? —Lilian, mi amiga de la niñez me reprende cada vez que me ve salir a cada rato.
—Hola, Lili. Estoy muy ocupada. Lo siento, no puedo hablar mucho y si tu sabes como es mi vida rutinaria.
—Desde que andás con ese riquillo, ni nos hablas. ¿Ya le contaste a tus papás? No entiendo porqué pasas trabajando si ahora tienes un novio con coche lujoso.
—No inventes amiga. Además el del dinero no es él, si no que su papá.
—Deberías entonces hablar con tu suegro. Tú trabajas, ayudas en casa, no descansas quizá irte con tu novio a vivir seria mejor. Ya sabes cómo es tu papá.
—No es fácil además tu sabes que mi sueño es casarme.
— Si. Primero el matrimonio amiga. Oye, cada vez estas más delgada.
—Ya...Gracias por recordarme lo delgada que estoy.
—¡Te quiero mucho, tonta!
—Y yo a ti, Lili.
Le tiro un beso en el aire y camino con rapidez hacia la carretera, paro un taxi, tratando de moverme rápido, no puedo atrasarme. En media hora, llego al hospital, pido los exámenes, pero como siempre, toca pasar primero por consulta. Mientras espero, me entra una llamada de Giovanni.
—Hola, muñeca. ¿Dónde estás?
—En el hospi...uhm ya salí del trabajo. Estoy un poco cansada. ¿Y tú?
—Bien. Te llamaba para decirte que he regresado de viaje, pero me voy este fin de semana a la isla con mis papás. No hay buena señal allá, así que no podré llamarte, lo lamento mi amor.
—¿Bueno quizás podremos vernos hoy? Quisiera hablar contigo.
—No, corazón no puedo. Pero te llamo cuando regrese, ¿sí? Te quiero mucho.
—Giovanni, espera…
Me cuelga la llamada. Y ni siquiera me dejo hablar. Porqué de repente anda tan ocupada.
—¡Antonella Garcias ! —llama la enfermera.
Me levanto como resorte y camino a toda prisa para llegar a la sala de consulta.
— Soy yo enfermera.
—Vaya a la sala dos— me asigna entregandome una tarjeta, asentí caminando por el pasillo.
— Bueno que sea lo que Dios quiera, por lo menos se que tendré el apoyo de mi novio. — comento para mí misma.
DanteCreo que me volví loco. Pero escucharla hablar con miedo, con la voz temblorosa, y saber que ese hombre la está amenazando... me revuelve por dentro. Está sola. No tiene a nadie. Y esa pequeña, esa bebé tan frágil, me robó el corazón en el instante en que la cargué. Sentí una chispa en mi interior, una sensación tan extraña que a veces ni yo mismo puedo creerlo.Ver a Antonella, rota por dentro, derrotada con el alma hecha pedazos, me recuerda exactamente a mí hace dos años. Lo que ella está viviendo ahora, yo ya lo viví. Tal vez por eso —sin entender bien por qué— he decidido protegerla. A ella y a su hija.No sé qué me pasa con Antonella. No sé qué es esta sensación indescriptible que me aprieta el pecho cada vez que la miro. Pero lo único que tengo claro es que, mientras pueda, estará bajo mi protección.Firmo los papeles necesarios para trasladar a la bebé a mi mansión. Antonella está en la sala de neonatología, junto a la pequeña. Yo me encargo de todos los pagos y contrato
AntonellaJamás quise perder a una de mis bebés. Sentí cómo mi alma se desgarraba y se iba con ella. Ahora… ahora solo quedan cenizas dentro de esa pequeña caja blanca. Su cuerpecito, que apenas logré sentir por un instante, ya no está. Lloro con amargura mientras la están bajando lentamente a la tumba. Siento que el corazón se me parte en mil pedazos, como si se abriera con cada palada de tierra. Pero no puedo rendirme. No puedo caerme. Aún tengo una pequeña que logró sobrevivir. Una pequeña que me necesita.Y aunque me esfuerzo por ser fuerte, sé que hay un nombre, un culpable, detrás de todo esto. Aquella caída, el dolor en la cadera… era más que una simple molestia. Era una señal. Y aun así, no fui directo al hospital. Yo también tengo la culpa. Nunca imaginé que todo terminaría así. Ahora, una parte de mí está frustrada, enojada, furiosa… y sobre todo, culpable. Mi angelita murió sin conocer este mundo. Sin ver la luz, sin sentir el calor de mis abrazos.Solo me queda luchar por
Dante —Lamentablemente… no pudimos hacer nada por la bebé que aun seguía en su vientre. Nació sin vida.Siento que el alma se me cae al suelo. Mis ojos se abren con incredulidad.—Dios...no... no puede ser ¿Y la otra niña? ¿Y la madre? —pregunto con voz temblorosa.—La madre estará fuera de peligro —responde—. Pero tuvo una infección severa. Todo indica que la bebé ya había fallecido horas antes del parto, y eso provocó la infección, tanto en la madre como en la otra niña.Me cubro la boca con la mano, atónito, horrorizado.—¿Estarán bien? —logro preguntar apenas, con un hilo de voz. Siento un nudo horrible en la garganta que me ahoga.—Sí. Pero necesitarán cuidados intensivos. Especialmente la bebé. Necesita tratamiento, alimentación especial… Mire, usted dice ser el padre, pero esa joven llegó en un estado crítico: desnutrida, anémica, y la nació con bajo peso.Asentí en silencio. No podía decir nada más. Solo había dicho que era el padre. Tal vez por impulso, pero lo cierto es que
Dante. Noto la hora. Son las 6:38 de la tarde. Cierro mi despacho y le indico a mi asistente que puede irse. El edificio ya está prácticamente vacío. Solo quedan algunos guardias de seguridad cerrando puertas y haciendo rondas. Recojo mis cosas con calma, pero justo cuando voy a salir, suena mi celular. Un número desconocido. Frunzo el ceño. No suelo responder números que no tengo guardados, pero... vuelve a sonar. Contesto. —¿Hola? —Señor Dante... —escucho una voz agitada—. Ayúdame... Soy Antonella... —¿Antonella? ¿Qué sucede? —Por favor... ayudeme... mis bebés... están por nacer... —¿Qué dijiste? —No sabía a quién más llamar. Por favor... estoy sola... el piso 60... ayúdame... Se me hiela la sangre. Sin pensarlo dos veces, cuelgo y marco al 911. —Necesito una ambulancia, urgente. Una mujer está en labor de parto, en el piso 60 del Edificio Central Luna Market. Corro hacia el elevador. Presiono el botón con impaciencia. Cuando se abren las puertas, subo a toda vel
AntonellaEl día se me había pasado volando. Ya estaba cayendo la tarde y yo seguía dando unas vueltas por las tiendas, buscando ropa para bebé. Me faltaban poco más del mes para dar a luz, y afortunadamente, mi vientre aún no se notaba demasiado. Eso me permitía seguir trabajando, gracias también a la generosidad del señor Belmoth, quien me había dado la oportunidad de mantener mi empleo sin importar los chismes o las opiniones malintencionadas de los demás.Solo esperaba que él pudiera seguir aguantando mi situación por un tiempo más. Al menos hasta que nacieran mis bebés. Luego buscaría una guardería o alguien que pudiera cuidarlos mientras yo continuaba con mi rutina. Incluso me había aumentado el sueldo, y eso era una bendición. Con ese dinero extra compré algunas ropitas para los pequeños y aparté lo de la renta. Pensaba quedarme en ese cuarto un mes más, y luego buscaría un apartamento cómodo y adecuado para los tres.La señora Guzmán me había ofrecido su bungalow, pero no quer
DanteCuando finalmente terminé de comer, esperé media hora antes de levantarme. De reojo, vi a Antonella. Estaba absorta, la mirada perdida entre algunas parejas que reían en otras mesas. Yo solo quería irme ya. No entendía qué hacía aún ahí, compartiendo mesa con una empleada. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué me había sentado con ella en primer lugar? Algo no estaba bien.Tal vez era lástima.La señora Loreta Guzmán me contó lo que Antonella había vivido… lo que le hicieron sus propios padres al enterarse de que estaba embarazada. No tiene a nadie. Ni siquiera el padre de los gemelos que lleva dentro ha estado presente. Tenía pensado despedirla, lo confieso. Pero no fui capaz. No sé por qué. Quizás porque se le nota en los ojos el deseo genuino de conservar el trabajo, de salir adelante. Así que le dije a Loreta que la dejaría quedarse por un tiempo.Me levanté de la silla dispuesto a irme, y entonces escuché su voz:—Señor Belmonth … ¿ya se va?—Sí. Ya me aburrí. Nos vemos. Cuídese. Y no f
Último capítulo