Mundo ficciónIniciar sesiónUna mujer vendida. Un esposo que busca venganza. Y un enemigo que reclama su alma. Anastasia Genovese nunca fue la hija favorita; siempre fue la sombra bajo el brillo de su hermana Delfina. Pero cuando las deudas y la ambición de su padre, Don Maximiliano, alcanzan un punto de no retorno, ella se convierte en la moneda de cambio definitiva. Para asegurar su estatus y poder, Maximiliano entrega a Anastasia al hombre más temible de Rusia: Damián Petrov. Damián no busca una esposa, busca un trofeo que destruir. Su única intención es hacerle pagar a Anastasia cada traición de su padre, convirtiendo su matrimonio en una jaula de oro y dolor. Lo que Damián no sospecha es que Anastasia no es la mujer sumisa que le prometieron; tras su apariencia frágil se esconde una voluntad de acero que no se doblegará ante sus castigos. Sin embargo, el destino es tan incierto como letal. Mientras Anastasia planea su escape del monstruo que la compró, se cruza en el camino de un hombre que gobierna las sombras con una mano mucho más firme y peligrosa. Alaric Turner, el indiscutible King de la mafia de Estados Unidos, un hombre cuya letalidad no conoce fronteras y que no permite que nadie toque lo que él ha decidido reclamar. En un mundo de alianzas sangrientas y traiciones familiares, Anastasia descubrirá que, a veces, la única forma de sobrevivir a un esposo cruel es refugiarse en los brazos de su enemigo más peligroso. ¿Qué sucede cuando el pajarito escapa de una jaula solo para caer en las garras del halcón?
Leer másLos últimos tres días habían sido para Anastasia como un sueño extraño, casi una alucinación. Su padre, el hombre que normalmente solo le dedicaba órdenes o silencios gélidos, se había transformado. Le había sonreído en el desayuno, le había preguntado por sus libros e incluso le había prometido que este cumpleaños, el número diecinueve, sería el inicio de su «verdadera libertad».
Ella, estúpida y hambrienta de afecto, le creyó. Esa mañana, el día de su cumpleaños, el sol entró por la ventana de la mansión Genovese con una calidez engañosa. Anastasia se levantó tarareando, recordando a su madre y pensando que quizás, solo quizás, el corazón de piedra de Don Maximiliano se había ablandado. Pero su instinto, ese animal que vive en el estómago de los que crecen en la organización, empezó a arañarla por dentro en cuanto escuchó los pasos de su padre en el pasillo. No eran los pasos ligeros de los días anteriores; eran pesados. Eran los pasos del Don. La puerta se abrió y su padre entró. Ya no había rastro de la falsa amabilidad; sus ojos eran dos pozos de oscuridad. Detrás de él, el ama de llaves sostenía un vestido de seda negra, tan oscuro que parecía absorber la luz de la habitación. —Ponte esto —ordenó él. Su voz no admitía réplicas—. Tenemos una fiesta importante esta noche. Anastasia sintió un frío repentino en la nuca. Su voz salió apenas en un susurro: —¿Una fiesta? Habíamos dicho que sería algo pequeño, papá. Es mi cumpleaños... —Es más que eso, Anastasia —él dio un paso hacia ella y el aire pareció desaparecer—. Ya tienes la mayoría de edad. Es hora de que sirvas para el propósito por el cual naciste. Tres estados, dos rutas de embarque y tierras en la frontera... eso es lo que vales. El mundo se detuvo para ella. Sus pulmones se negaron a funcionar. —¿De qué estás hablando? —Te he vendido, Anastasia. Esta noche, frente a nuestros aliados, se sellará tu compromiso con Damián Petrov. Él es tu dueño ahora. —¡No! —el grito salió de la garganta de la joven cargado de una rabia que no sabía que poseía—. ¡No soy una maldita propiedad! ¡Me engañaste! ¡Dijiste que me apoyarías con mis estudios, que querías una vida diferente! —¡Silencio! —rugió él. —¡No me voy a casar con un carnicero ruso! ¡No me importa quién sea ese Petrov! —ella se puso en pie, enfrentándolo con la barbilla en alto a pesar de que sus piernas temblaban—. No voy a bajar a esa fiesta. No voy a ser tu moneda de cambio. La respuesta de su padre fue un movimiento rápido que ella no vio venir. Su mano se estrelló contra la mejilla de Anastasia con tal fuerza que sus oídos pitaron. Él la sujetó del cabello, obligándola a mirarlo mientras las lágrimas de rabia nublaban la vista de la joven. —Vas a ponerte ese maldito vestido, te vas a poner esos anillos y vas a bajar con la mejor de tus sonrisas —siseó él, pegando su rostro al de ella—. Si intentas avergonzarme, si dices una sola palabra de protesta delante de los Petrov, te juro que desearás no haber nacido. Simplemente sirves para esto, Anastasia. Para darme una alianza. No me des problemas, niña estúpida. La soltó con un desprecio brutal, empujándola hacia un lado. Anastasia tropezó y su frente golpeó la esquina del mueble de madera tallada. El dolor fue cegador. Un líquido cálido empezó a bajar por su cara, manchando la alfombra blanca. —Déjenlo todo ahí —le dijo el Don a la mujer, señalando el vestido y los zapatos—. Tienes dos horas. Si para entonces no estás lista, vendré yo mismo a arrastrarte por las escaleras. La puerta se cerró con un estruendo metálico. Anastasia se quedó en el suelo durante lo que parecieron horas, tocando la herida en su frente y sintiendo cómo su regalo de cumpleaños se convertía en una cadena de hierro. La seda negra del vestido que el ama de llaves había dejado sobre la cama brillaba bajo la luz de la lámpara, como la piel de una serpiente esperando para asfixiarla. Su padre la había vendido por unas tierras. Y Damián Petrov, el hombre que la había comprado, la esperaba abajo para reclamar su mercancía. *«Tres días de mentiras»*, pensó ella, apretando los dientes. Él la había tratado como a una hija solo para asegurarse de que no sospechara nada antes de entregarla como ganado. La puerta se abrió otra vez sin previo aviso. Delfina entró con paso lánguido, luciendo un vestido carmesí que contrastaba violentamente con el luto anticipado de su hermana. En sus ojos no había compasión, solo esa mezcla de burla y superioridad que siempre usaba para herirla. —Vaya, Anastasia —dijo Delfina, cruzándose de brazos mientras examinaba el rostro de la joven con una sonrisa cruel—. Veo que tu «pequeña rebelión» de cumpleaños no terminó muy bien. Papá tiene la mano pesada hoy. —Vete de aquí, Delfina —respondió Anastasia con la voz ronca, tomando un pañuelo para limpiar el desastre de su cara. —Solo vengo a darte un consejo de hermana —se acercó ella, sus tacones resonando contra el suelo—. Los Petrov ya están abajo. Damián Petrov no es un hombre al que puedas gritarle como a papá. Es un monstruo. Te compró por unas rutas de contrabando en la frontera y unas tierras que papá necesitaba desesperadamente. Para él, eres solo un trofeo de guerra. Así que lávate la cara, sonríe y acepta tu destino. —Mi destino no lo decide papá, ni tú, ni ningún ruso —le espetó Anastasia, dándose la vuelta para encararla. Delfina soltó una carcajada seca. —Sigue soñando, Anastasia. En cinco minutos el ama de llaves vendrá a buscarte. Más vale que estés lista si no quieres que papá termine el trabajo que empezó. Cuando Delfina salió y la puerta se cerró tras ella, Anastasia se quedó sola con sus pensamientos. Su mente trabajaba a mil por hora mientras se ponía el vestido negro y los pesados anillos de oro que la hacían sentir encadenada. Su padre creía que la había quebrado; Damián Petrov creía que la poseía. Ambos estaban equivocados. Ella iba a bajar a esa fiesta. Iba a dejar que el ruso la mirara y creyera que había ganado. Pero en cuanto estuviera en su territorio, en su mansión, buscaría el más mínimo descuido. Y cuando lo encontrara... correría.Los años de paz en Miami no habían apagado la fuerza del imperio. La fiesta en el penthouse más exclusivo de la ciudad reunía a la élite del mundo empresarial y de la alta sociedad. En medio de las luces doradas y la música suave, la heredera del imperio Turner caminaba con una elegancia que quitaba el aliento.Anya Turner, la primogénita de Alaric y Anastasia, había heredado la belleza hipnotizante y la gracia de su madre, pero en sus ojos llevaba el fuego helado y la compostura imponente de su padre.Sosteniendo una copa de champán, Anya se alejó un poco del murmullo del salón y se acercó al balcón con vista al océano. La brisa cálida de la noche le rozó el rostro mientras miraba las luces de la costa.—Alaric se volvería loco si supiera que estás aquí sola en el balcón, Anya —dijo una voz grave, profunda y con un tono que erizaba la piel.Anya se giró despacio, manteniendo la barbilla en alto y esa postura de reina que le habían enseñado desde pequeña.A unos pasos de ella, apoyado
Meses después de la coronación de Alaric y Anastasia, la alegría volvió a vestir de gala la mansión de Miami. Había llegado el turno de una boda única, romántica y profundamente esperada: la unión sagrada de Daisy, Lars y Mike.En una ceremonia privada al aire libre, bajo un dosel de orquídeas frente al mar, la hermosa tríada selló su amor. Daisy lucía un vestido de maternidad de encaje marfil que marcaba su hermosa y prominente barriguita de embarazo avanzadísimo. Lars y Mike, impecables a cada lado de ella, le sostenían las manos y le besaban los nudillos mientras juraban protegerla y amarse los tres por el resto de sus días.Pero lo más mágico de su historia no era solo la boda, sino el hermoso milagro médico y científico que llevaban en el vientre.Al momento de planear formar su familia, Lars y Mike tomaron una decisión de amor absoluto: ninguno quería quedarse fuera, y ambos deseaban ser padres al mismo tiempo. Mediante un tratamiento de fecundación asistida doble altamente espe
El gran salón principal de la mansión de Miami parecía una pasarela de alta costura trasladada al corazón del crimen organizado. Thiago estaba en su elemento absoluto, rodeado de maniquíes, bocetos desplegados por el suelo, telas de seda importadas de Italia, encajes franceses bordados a mano y muestrarios de diamantes incrustados.Anastasia estaba de pie sobre un pequeño podio de terciopelo, luciendo un prototipo deslumbrante mientras Thiago corría a su alrededor con una cinta métrica en el cuello y un par de alfileres entre los labios.—¡No, no, no! ¡Nada de tonos marfil ordinarios ni blancos aburridos de catálogo! —exclamaba Thiago con su drama a flor de piel, quitándose los alfileres de la boca para ademanes espectaculares—. ¡Tú eres la matriarca, la emperatriz de la mafia! El vestido tiene que ser un blanco perla imperial, con corsé de talle bajo bordado en hilos de plata pura y micro-cristales Swarovski que simulen la luz de los fiordos donde comenzó este cierre. ¡Una cola de cu
A miles de kilómetros del paisaje nevado de Noruega, el sol abrasador del desierto caía sobre el majestuoso palacio de Dubái. Sin embargo, dentro de los ostentosos pasillos de oro y mármol, solo reinaba un silencio sepulcral, helado y desolador.Zyad, el Jeque, permanecía sentado en el borde de su trono. Había perdido la compostura, el porte y la mirada dominante. A su alrededor solo había ruinas emocionales.La culpa lo devoraba vivo, convirtiéndose en un monstruo implacable que le carcomía las entrañas segundo a segundo. En su mente se repetían, como una pesadilla eterna, tres tragedias que le habían arrancado el alma: la muerte de su amada madre, la vil traición de su hermano Farih junto a Amira —quienes no solo lo engañaron sino que planearon su ejecución—, y la puñalada final de Delfina, la mujer por la que empezaba a sentir algo real y que terminó manipulándolo de la forma más perversa imaginable.Pero el golpe que le había quebrado la espina dorsal para siempre era el más cruen
Último capítulo