Los últimos tres días habían sido para Anastasia como un sueño extraño, casi una alucinación. Su padre, el hombre que normalmente solo le dedicaba órdenes o silencios gélidos, se había transformado. Le había sonreído en el desayuno, le había preguntado por sus libros e incluso le había prometido que este cumpleaños, el número diecinueve, sería el inicio de su «verdadera libertad».Ella, estúpida y hambrienta de afecto, le creyó.Esa mañana, el día de su cumpleaños, el sol entró por la ventana de la mansión Genovese con una calidez engañosa. Anastasia se levantó tarareando, recordando a su madre y pensando que quizás, solo quizás, el corazón de piedra de Don Maximiliano se había ablandado. Pero su instinto, ese animal que vive en el estómago de los que crecen en la organización, empezó a arañarla por dentro en cuanto escuchó los pasos de su padre en el pasillo.No eran los pasos ligeros de los días anteriores; eran pesados. Eran los pasos del Don.La puerta se abrió y su padre entró. Y
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