Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl banquete de bodas aún resonaba al fondo, pero en la entrada de la mansión Genovese, el aire era espeso y amargo. Don Maximiliano se acercó a Anastasia, fingiendo una ternura que no le cabía en el pecho. Ante la vista de los pocos fotógrafos que quedaban, la tomó por los hombros y depositó un beso hipócrita en su frente.
—Sé feliz, hija mía —susurró él para las cámaras, pero sus ojos brillaban con la frialdad del dinero recién cobrado. Anastasia se tensó, sintiendo náuseas por la proximidad de su propio padre. Se inclinó hacia su oído, con una voz que era un hilo de acero. —Eres un cobarde, papá —le soltó, provocando que la sonrisa de Maximiliano flaqueara apenas un milímetro—. Me vendiste a este hombre como si fuera ganado. Solo espero que la vida te cobre, con intereses, todo el daño que haces. Que cada billete que recibiste por mí se convierta en ceniza en tus manos. Maximiliano se apartó, recuperando su compostura de inmediato. Soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de remordimiento. —Jajajaja. Mejor ahórrate los dramas y sé una buena esposa, Anastasia. El mundo de la universidad ya no existe para ti. Ahora tu único estudio será aprender a complacer a tu marido. Damián Petrov apareció detrás de ella, una sombra gris que reclamaba su espacio. No dijo una palabra de despedida a su suegro; simplemente puso una mano firme en la nuca de Anastasia, empujándola suavemente hacia la limusina blindada que esperaba con el motor en marcha. Ella se detuvo un segundo, clavando los tacones en el suelo en un último y desesperado gesto de resistencia, pero la mirada de advertencia de Damián y la presencia de sus guardias la obligaron a ceder. Al entrar al vehículo, el silencio se volvió asfixiante. Anastasia se pegó a la puerta, sintiendo que el corazón le estallaría contra las costillas. Estaba aterrorizada. Sabía que este trayecto no era solo un viaje; era el preámbulo de su noche de bodas, una luna de miel que para ella no era más que una sentencia. Damián rompió la distancia en el asiento de cuero. Sin previo aviso, enredó sus dedos en el cabello de Anastasia, tirando de su cabeza hacia atrás para obligarla a mirarlo. Su rostro estaba a centímetros del de ella, y su aliento olía a whisky caro y peligro. —Espero que seas obediente, Anastasia —siseó él, su voz era un ronroneo letal—. No me gusta que se me revelen, y mucho menos las mujeres que creen que tienen voz. En mi mundo, el silencio es tu mejor virtud. Anastasia, a pesar de que las lágrimas amenazaban con traicionarla, apretó los dientes y sostuvo la mirada de aquel lobo ruso. —Entonces prepárate, Damián —le devolvió ella con un hilo de voz cargado de veneno—. Porque no seré tu adorno. Seré tu mayor dolor de cabeza. Damián arqueó una ceja, casi divertido por la insolencia de la mujer que acababa de comprar. Soltó su cabello con un desprecio brusco y golpeó el cristal para que el conductor arrancara. —Ya veremos cuánto dura esa lengua cuando estemos solos, pajarita. La limusina se alejó de la mansión Genovese, perdiéndose en la oscuridad de la carretera. Mientras las luces de su antigua casa desaparecían, Anastasia cerró los ojos y se aferró al recuerdo de aquel "mesero" del pasillo, preguntándose si en algún lugar de este mundo de monstruos, existía alguien capaz de salvarla de la oscuridad que acababa de reclamarla. La mansión Petrov se erguía como un monstruo de cristal y acero sobre la colina, devorando la noche con sus luces frías. El bosque que la rodeaba parecía susurrar amenazas, vigilando cada respiración de Anastasia. Cuando bajó de la limusina, el viento helado le cortó la piel, pero no era nada comparado con el terror que le congelaba el alma. Damián no la guio: la arrastró del brazo con fuerza brutal, sus dedos clavándose como garras en su carne tierna. El personal, alineado en el vestíbulo de mármol, mantuvo las cabezas bajas, mudos cómplices de su infierno. —Bienvenida a tu nueva jaula, pajarita —gruñó Damián, su voz resonando como un veredicto final—. Aquí mi palabra es dios. No hay universidad, no hay escapatoria, no hay dignidad que no te quite yo mismo. La subió por las escaleras como si fuera un trofeo de caza, ignorando sus forcejeos. Al entrar en la habitación matrimonial —una celda lujosa con sábanas de seda negra—, el clic del cerrojo fue el sonido de su sentencia de muerte. Anastasia retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared, el corazón latiéndole con tal violencia que creía que se le rompería. —Aléjate de mí, maldito —siseó ella, la voz quebrada pero llena de una furia desesperada—. No me toques. Damián rio, una carcajada baja y sádica, mientras se quitaba la corbata con deliberada lentitud, saboreando su miedo. —¿Alejarme? He pagado una fortuna por esa virginidad que tanto guardabas. Tu padre firmó con tu sangre. Esta noche, voy a cobrar cada centavo… dentro de ti. Se lanzó sobre ella como una bestia. Anastasia gritó y esquivó el primer agarre, sus dedos temblorosos alcanzando el pesado jarrón de porcelana. Con un alarido de pura desesperación, lo estrelló contra la espalda de Damián. El impacto resonó con un crujido enfermizo. La cerámica estalló, y una esquirla cortó la piel de él. Una mancha roja floreció en su camisa blanca. Damián rugió de dolor y rabia, girándose con los ojos convertidos en brasas infernales. La sangre le corría por la espalda, pero solo avivó su violencia.






