La bodega olía a humedad, óxido y miedo. En el centro, atado a una silla metálica con cadenas oxidadas, estaba el ruso de la Bratva: cara hinchada, ceja partida, pero todavía con esa mirada de perro callejero que cree que puede resistir.
Alaric se acercó lento, se quitó el saco y se lo entregó a Mike sin mirarlo. Se arremangó la camisa blanca con calma quirúrgica.
—Dime quién te mandó a joder mi territorio —dijo con voz baja, casi amable.
El ruso escupió sangre al piso y sonrió con los dientes