Mundo ficciónIniciar sesiónHEREDEROS DE SANGRE Lucía es la hija de un poderoso fiscal, criada para vivir bajo la ley… hasta que su vida cambia el día de su boda. Lo que ella no sabe es que Víctor Moretti, uno de los hombres más peligrosos del mundo criminal, ya tiene un plan en marcha… y ella es parte de él. Convertida en rehén dentro del imperio de los Moretti, Lucía descubre que la guerra entre familias se pelea con traiciones, poder y sangre. Pero cuando un bebé inocente queda atrapado en medio del conflicto, Lucía decide proteger al heredero de esa familia. Sin saber que eso no es el peor de sus problemas. Entre secretos, mentiras y una atracción peligrosa, acercarse a Víctor Moretti puede ser el mayor error de su vida. Porque en su mundo, el poder se hereda… y la sangre siempre reclama a sus herederos.
Leer másEn el mundo donde el poder se compra con dinero y se defiende con sangre, nadie llega a la cima sin destruir a alguien en el camino.
Hace más de veinte años, antes de que el apellido Moretti fuera pronunciado con miedo en cada rincón de la ciudad, todo era una guerra. Las familias mafiosas luchaban por territorios, negocios y respeto. Las calles estaban llenas de traiciones, pactos secretos y hombres dispuestos a matar por una simple orden. Los bares clandestinos funcionaban hasta el amanecer, las sirenas de la policía se escuchaban a lo lejos y los cadáveres aparecían en callejones oscuros como una advertencia silenciosa. En medio de ese mundo peligroso estaba Víctor Moretti. Un hombre joven, ambicioso y decidido a construir un imperio que nadie pudiera arrebatarle. Aquella noche estaba sentado frente a una mesa cubierta de dinero, armas y vasos de whisky. El humo de los cigarros llenaba el aire y la música retumbaba en las paredes del club privado que servía como uno de sus escondites. Alrededor de él, varios de sus hombres discutían sobre negocios, rutas de contrabando y enemigos que debían desaparecer. En una esquina del salón, varias mujeres bailaban sin ninguna prenda, moviéndose al ritmo lento de la música, acostumbradas a ser parte del espectáculo para los hombres más peligrosos de la ciudad. Pero Víctor apenas les prestaba atención. Se quedó de pie allí. La camisa negra se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido esculpida a su medida. El cuello estaba ligeramente abierto, dejando ver sus clavículas y una pequeña parte de su pecho firme. Los botones de la camisa se movían suavemente con el ritmo de su respiración, como si recordaran a cualquiera la fuerza que se escondía dentro de ese cuerpo. Esperaba noticias. Noticias que podían cambiar el destino de su organización. De pronto, la puerta del salón se abrió. Dos de sus hombres entraron con paso rápido. Al verlos, Víctor se acomodó en su asiento. El ruido de la sala disminuyó poco a poco hasta que el silencio se apoderó del lugar. Todos sabían que algo importante estaba por anunciarse. Uno de los hombres se acercó y habló con respeto. —Jefe… ya está realizado el trabajo que nos encargó. Una leve sonrisa apareció en los labios de Víctor. —¿Dónde está? —preguntó con calma. —En su casa. Está encerrada en una habitación, como ordenó. Víctor asintió lentamente. —Bien. Vigílenla. Los hombres se retiraron enseguida. Él sabía perfectamente que aquella operación no había sido fácil. Probablemente había perdido a varios hombres en el proceso. Después de todo, la persona que acababan de secuestrar no era cualquier objetivo. Era Lucía, la hija del fiscal general. El mismo hombre que llevaba años intentando capturarlo y destruir todo lo que había construido. Aquello no era solo un secuestro. Era una declaración de guerra. Las luces parpadeantes de la habitación cayeron sobre el rostro de Víctor, iluminando sus rasgos profundos. La noticia que acababa de recibir hizo que la comisura de sus labios mostrara un cambio casi imperceptible, como si estuviera reprimiendo alguna emoción. Luego se levantó lentamente y subió por la escalera privada del club hasta llegar a la suite del último piso. Al abrir la puerta encontró a dos mujeres esperándolo en la enorme cama. Ambas sonrieron al verlo entrar. Sabían perfectamente por qué estaban allí. Sus cuerpos resaltaban bajo la tenue luz de la habitación y se acercaron a él con movimientos seguros. Víctor dejó su saco sobre una silla mientras ellas comenzaban a desabrochar los botones de su camisa. Era un ritual que se repetía muchas noches. Para él, aquello era solo una distracción. Una forma de liberar la tensión después de largas horas de decisiones, traiciones y violencia. Víctor estaba recostado boca arriba en la cama, mirándolas a las dos. Una de las mujeres tenía el cabello largo cayendo sobre sus hombros como seda negra. Sus ojos estaban ligeramente entornados, con pestañas espesas, y en sus labios se dibujaba una sonrisa apenas perceptible. La lencería de encaje negro hacía que su piel clara resaltara aún más. Se giró de lado y cruzó lentamente una pierna larga sobre la otra, adoptando una postura perezosa pero claramente seductora. La otra mujer estaba medio arrodillada sobre la cama. Su cabello claro caía por sus hombros hasta el pecho. Su mirada era audaz y directa. Cuando el tirante de cristal de su lencería resbaló ligeramente por su hombro, el ambiente en la habitación se volvió cada vez más ambiguo y cargado. Pero Víctor simplemente las observaba con frialdad, como si todo aquello fuera solo una parte más de su rutina diaria. Las mujeres sabían que estar con el jefe de la mafia era un privilegio que muchas deseaban. Aunque ninguna lograba quedarse mucho tiempo. Ninguna… excepto Lorena. Lorena era quien se encargaba de conseguirle compañía cada noche. Lo hacía con una sonrisa profesional, pero en el fondo odiaba hacerlo. Porque ella quería algo más. Quería un futuro con él. Quería ser la esposa del hombre al que todos llamaban El Don. La noche pasó entre risas, música y susurros. Cuando el amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, las dos mujeres salieron de la habitación agotadas. Víctor, en cambio, parecía completamente sereno. Se duchó, se vistió con un traje oscuro impecable y abandonó el club. Era hora de ver a su nueva prisionera. Cuando llegó a su mansión, algo no estaba bien. Desde la entrada escuchó gritos. También el sonido de vidrio rompiéndose. Sus hombres estaban nerviosos en la sala. Y en medio del desastre estaba ella. Lucía. La hija del fiscal sostenía una lámpara pesada entre las manos, apuntándola como si fuera un arma mientras amenazaba a cualquiera que se acercara. Su vestido de novia estaba arrugado y manchado. El maquillaje corrido dejaba ver que había llorado… pero sus ojos brillaban con furia. Cuando las miradas de ambos se encontraron, el silencio llenó la habitación. Por un segundo… todo se detuvo. No era como Lucía lo había imaginado. No había cicatrices, ni brutalidad evidente. Al contrario. Frente a ella estaba un hombre alto, de porte impecable, vestido con un traje oscuro que parecía hecho a su medida. Su presencia emanaba una sensación de calma y dominio, con un leve toque de agresividad latente. Solo con estar allí, parecía un depredador silencioso, y hasta su respiración resultaba profunda y seductora. Víctor levantó una mano. —Déjennos solos. Sus hombres dudaron un momento, pero obedecieron. Uno por uno abandonaron la sala hasta que la casa quedó com pletamente en silencio. Víctor se arremangó lentamente la camisa y caminó hasta el sofá principal. Se sentó con total tranquilidad, como si la mujer frente a él no estuviera a punto de atacarlo. Lucía no soltó la lámpara. El cabello largó caía desordenado sobre su rostro, cubriendolo, sus ojos verdes, brillantes, llenos de furia, no mostraban rastro de sumisión. Ni siquiera cuando él señaló el sofá frente a él. —¿Quién es usted? —preguntó ella, con la voz temblando entre rabia y confusión—. ¿Qué hago aquí? Víctor la observó unos segundos antes de responder. —Yo soy Víctor Moretti. Hizo una pequeña pausa antes de continuar.—Y tú vas a quedarte aquí… hasta que tu padre deje de meter sus narices donde no le llaman. El tono de su voz era tan tranquilo que resultaba aterrador. Un escalofrío recorrió la espalda de Lucía. —Así que deja la lámpara en su lugar —añadió él—. Todo lo que rompas se le enviará en la factura a tu padre. Lucía reaccionó lanzándole la lámpara con toda su fuerza. Víctor se movió apenas a tiempo y el objeto pasó rozándolo antes de estrellarse contra la pared. —¡Estaba en mi boda! —gritó ella con furia—. ¡Arruinaron mi boda! Víctor se levantó lentamente. —Mejor aún —respondió con una sonrisa fría—. Así el fiscal general y el hijo del jefe de policía dejarán de estar molestándome. Se acercó unos pasos más. Su presencia llenó la habitación como una sombra. —Ahora sube a la habitación que te asignaron —ordenó—. Y escucha bien: si vuelves a lanzarme algo o destruyes algo de mi propiedad… tu padre y tu prometido recibirán un dedo tuyo. Lucía se quedó inmóvil. No porque tuviera miedo. Sino porque la seriedad en los ojos de aquel hombre le dejó claro que no estaba bromeando. Después de unos segundos levantó lentamente la mano. Y mostró uno de sus dedos. —Puede ser este. Víctor se detuvo. Giró la cabeza hacia ella. En sus ojos apareció algo nuevo. Ira. El cabello caía con naturalidad sobre sus hombros, enmarcando su rostro con un descuido perfectamente calculado, como si no necesitara esfuerzo para ser notada. Eso le molestaba por qué en lugar de encontrar a una víctima asustada… había encontrado a una mujer que lo desafiaba. Pero Víctor Moretti no era un hombre acostumbrado a perder. Y estaba convencido de una cosa. Podía tardar días… semanas… incluso meses. Pero al final, Lucía terminaría de rodillas ante él. Después de todo, pensó con una sonrisa fría… No era más que otra mujer que creía ser fuerte.Víctor me besa con una intensidad que me hace temblar, y por primera vez siento que puedo mantener cierto control.Su aliento roza mi piel y, aunque mi cuerpo arde, mis pensamientos siguen claros.Me separo lentamente de él, lo miro a los ojos, tratando de leer su reacción.Mis dedos encuentran la corbata que lleva puesta y no puedo evitar jugar con ella.Apenas lo había visto vestido así, con ese traje impecable que marca su figura; se ve irresistible, casi peligroso. Cada línea de su rostro, cada músculo tenso, me llama de una manera que sé que debo resistir… pero me cuesta.—¿No quieres disfrutar de esto? —susurra, acariciando mis labios con una suavidad que contrasta con la fuerza de su mirada.Asiento, perdida en su toque, en el calor que emana de su cuerpo. Pero mi voz, aunque temblorosa, logra imponerse:—Sí… pero quiero pedirte tres cosas.Su ceño se frunce ligeramente y da un paso atrás.Puedo ver cómo su mirada se endurece, como si adivinara que lo que voy a decir no le agra
Narrado por Víctor...Subo a bañarme y cuando salgo el traje azul ya está listo sobre la cama.Me lo pongo con calma, ajustando los puños de la camisa y la corbata frente al espejo. Hoy será un día largo… y delicado.Cuando bajo las escaleras encuentro exactamente lo que ordené.Nero está de pie en la sala.Y Lucía a su lado.Evito mirarla.Paso de largo como si su presencia no significara nada, como si no hubiera notado su perfume o la forma en que su respiración se detiene apenas entro en la habitación.Espero unos segundos antes de hablar.—Nos vamos.Ella no dice nada.Solo nos sigue.Esta vez la reunión será por videollamada en mi despacho del club. Nero se encargó de instalar todo para que nadie pueda rastrear la señal. Mi computadora tiene suficiente seguridad para evitar cualquier intento de rastreo.El trayecto es silencioso.Cuando llegamos noto su mala cara.No parece nada feliz de estar aquí.La hago entrar primero y subir las escaleras.La observo sin querer mientras l
El silencio de la casa es tan profundo que casi puedo escuchar mis propios pensamientos.Subo las escaleras intentando ignorar todo lo que acaba de pasar… pero es imposible.Su voz.Su cercanía.Y ese maldito beso.Cuando llego al pasillo de las habitaciones me detengo frente a mi puerta, siento que estoy huyendo de algo,, pero mí estómago gruñe con fuerza.Tengo mucha hambre.Miro hacia las escaleras.Dudo unos segundos.Pero finalmente giro sobre mis pasos.Bajo otra vez.Cada escalón cruje apenas bajo mis pies mientras regreso a la planta baja.El silencio de la casa es casi absoluto, entro a la cocina y saco comida, la meto al microondas para que se caliente y después lo saco para devorarlo en minutos, llena y satisfecha regreso a mi habitación.Cierro la puerta detrás de mí y apoyo la espalda contra ella durante unos segundos.Exhalo lentamente.Como si hubiera estado conteniendo el aire todo este tiempo.Paso mis dedos por mis labios sin darme cuenta… todavía siento el calor de
Maldigo a mi maldito juicio cuando, traicionero, decide desaparecer sabe DIOS a dónde. Porque en lugar de empujar al hombre que me está besando…termino aferrándome a su cuello.Sus manos me levantan de la cintura con una facilidad que me deja sin aliento y, antes de que pueda pensar con claridad, ya estoy sentada sobre la meseta de la cocina.Y besándolo.No… peor.Comiéndome la boca del hombre que me tiene secuestrada.Sus labios son exigentes, hambrientos, como si llevaran demasiado tiempo esperando este momento. Su boca se mueve sobre la mía con una seguridad que me desarma, que me arrastra. Sus manos recorren mis piernas lentamente, con una calma peligrosa, mientras sus besos se deslizan por mi mandíbula hasta perderse en mi cuello.Cierro los ojos cuando sus labios rozan mi piel.Debería detenerlo.Debería empujarlo.Debería recordar quién es.Pero mi moral parece haberse quedado dormida… porque no responde.Mi boca, en lugar de decirle que pare, lo busca otra vez. Lo encuen
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