El ambiente en el apartamento de Delfina aún estaba impregnado de la fragancia pesada del sexo y el sudor. Sobre las sábanas revueltas, el Noruego respiraba con calma, observando la silueta de Delfina perderse detrás del cristal opaco del baño, desde donde ya se escuchaba el sonido del agua cayendo. Él se estiró, disfrutando de la paz momentánea, sin imaginarse que el santuario estaba a punto de ser profanado.
¡¡¡BAM!!!
El eco violento de la puerta principal siendo destrozada hizo que el Norueg