💜EL HOMBRE DEL PASILLO 🖤

Anastasia cerró la puerta de su habitación, dejando atrás el perfume barato de Delfina y la opresión de esas cuatro paredes. El pasillo de la planta alta estaba sumido en una penumbra elegante, alfombrado para que nadie escuchara los pasos de quienes caminaban hacia su perdición. Sus dedos rozaron la pared mientras avanzaba, intentando encontrar el valor para bajar esas escaleras y entregarse al hombre que la había comprado.

Iba tan absorta en su propia miseria, imaginando que quizás podría perderme en la biblioteca antes de la ceremonia, que no lo vio venir. Al doblar la esquina, Anastasia chocó de frente contra un pecho sólido como una roca. El impacto fue tan seco que el aire abandonó sus pulmones.

—¡Oh! —retrocedió ella tambaleándose, y su mano subió instintivamente a su frente herida—. Lo siento... lo siento mucho, fue un accidente. Estaba... estaba perdida en mis pensamientos.

Unas manos grandes y cálidas la sujetaron de los hombros con una firmeza que la obligó a enderezarse. Ella levantó la vista y se encontró con un mesero, pero su mirada no tenía nada de servil. Era alto, de facciones afiladas y unos ojos oscuros que la observaban con una intensidad depredadora.

—¿Perdida en sus pensamientos o huyendo de ellos, señorita? —soltó él con una voz profunda, cargada de un sarcasmo que la tomó por sorpresa.

Anastasia se quedó helada. Las manos del hombre no la soltaban; al contrario, su agarre parecía reclamar su atención.

—Es una pena que una belleza tan oportuna ande tan perdida —continuó él, recorriendo el rostro de la joven con una curiosidad descarada—. ¿Qué podría ser tan grave como para no mirar por dónde camina?

—Creo que no entenderías —respondió ella, tratando de recuperar su dignidad, aunque su corazón latía desbocado—. Pero nuevamente lo siento. Y... tú no pareces ser un mesero como los demás.

Él arqueó una ceja y una sonrisa ladeada, peligrosa y atrevida, bailó en sus labios.

—Yo soy mucho más que un simple mesero, princesa —afirmó, y la seguridad en su voz la hizo vibrar—. Y déjeme decirle que usted es... insultantemente bonita. Incluso con esa tristeza que intenta esconder.

De repente, la mirada de él descendió hacia la mejilla de ella. Antes de que Anastasia pudiera apartarse, él levantó una mano y, con una delicadeza que le cortó la respiración, rozó los bordes de la herida con sus dedos. Ella cerró los ojos por instinto. El contacto envió una onda de energía eléctrica a través de su piel, algo tan fuerte que la hizo soltar un suspiro tembloroso.

—Tienes una marca aquí —susurró él, y esta vez su voz tenía una furia contenida—. Creo que debes tener más cuidado, no vaya a ser que la próxima vez el golpe sea más grave.

Anastasia se quedó atrapada en su mirada, olvidando por un segundo el infierno que la esperaba abajo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó ella, casi en un susurro, llevada por una curiosidad que no pudo frenar.

Él guardó silencio un segundo, intensificando el agarre en los hombros de la joven.

—Me llamo Alaric —respondió, y el nombre sonó como una sentencia de algo prohibido.

—¡Anastasia! —la voz chillona y autoritaria del ama de llaves retumbó al final del pasillo, rompiendo el hechizo—. ¡Anastasia, tu padre te exige abajo ahora mismo!

El siseo metálico del auricular en el oído de Alaric interrumpió el momento. Anastasia vio cómo el rostro del hombre se transformaba en una máscara de acero.

—¿Qué? —masculló él hacia el micrófono oculto, ignorando por completo al ama de llaves. Su mandíbula se apretó—. Maldición...

La soltó de golpe. La urgencia en su cuerpo era palpable, una violencia contenida lista para estallar.

—Me tengo que ir —le dijo ella, sintiendo una punzada de pánico al ver a la mujer acercarse—. Tengo que bajar.

—Ve, princesa —le dijo Alaric, recuperando por un segundo ese tono sarcástico pero con una mirada que prometía que esto no terminaría aquí—. Pero recuerda lo que te dije: ten cuidado.

Dio media vuelta y desapareció por la salida de incendios con una velocidad letal. Anastasia se quedó allí, con la piel ardiendo, justo antes de que el ama de llaves la tomara del brazo para arrastrarla hacia la escalinata principal.

No tuvo tiempo de procesarlo. Amanda llegó a su lado y la sujetaba aún del brazo con una fuerza innecesaria, clavándole las uñas.

—¿Por qué tardaste tanto, niña tonta? —le gritó en la cara, con los ojos inyectados en impaciencia—. ¡Tu padre te exige abajo ahora mismo!

—¡Suéltame, Amanda! —le espetó ella, tironeando de su brazo para liberarme—. Y no me llames tonta. No soy una de tus fregonas.

La mujer soltó una carcajada seca y la apretó aún más fuerte, sacudiéndola ligeramente.

—Te hablo como quiero, pequeña insolente. Agradece que el ruso te lleva lejos, porque por mí, ya estarías en la calle. Ahora mejor date prisa y camina, antes de que Don Maximiliano suba y te saque de las greñas.

La soltó con un empujón que hizo a Anastasia tambalear. Ella se ajustó el vestido negro, sintiendo cómo la rabia le devolvía la fuerza que el miedo le había quitado. Miró hacia el pasillo por donde Alaric se había ido, y luego hacia las escaleras que la llevaban a Damián Petrov.

El eco de sus tacones sobre el mármol empezó a sonar como una marcha fúnebre. Abajo, el salón estaba a reventar y Damián Petrov esperaba para reclamar su mercancía, sin saber que el nombre de otro hombre acababa de grabarse en la mente de Anastasia.

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