Mundo ficciónIniciar sesiónAngelo De Santi nació para mandar. Durante años fue el heredero perfecto de un imperio criminal europeo: inteligente, despiadado, respetado y temido incluso por sus propios aliados. Nada escapaba a su control. Ni las calles, ni los negocios, ni los hombres que lo seguían. Una emboscada organizada por una traición interna —alguien de su propio círculo— terminó en un tiroteo brutal. Angelo sobrevivió, pero una bala le destrozó la columna. El diagnóstico fue claro: no volvería a caminar. Para un hombre que había construido su poder sobre el miedo y la presencia, la silla de ruedas parecía una sentencia. Pero Angelo no cayó. Se volvió peor. Desde la cama del hospital y luego desde su mansión, aprendió a gobernar sin moverse. Eliminó a los traidores con una frialdad quirúrgica, consolidó su poder con una violencia más calculada, más cruel. Ya no necesitaba alzar la voz ni empuñar un arma para intimidar: una orden suya bastaba. El accidente no lo hizo débil. Lo volvió implacable. Convencido de que el amor es una debilidad y de que nadie se queda sin querer algo a cambio, Angelo cerró cualquier resquicio emocional. Su mundo se redujo al control absoluto… y a una soledad que nunca admitiría. Cassandra Morales no pertenece a ese mundo. Es enfermera por vocación y por necesidad. Viene de una familia humilde, de campo, marcada por los problemas económicos. Sostiene a su madre, a su abuela y, sobre todo, a su hermana menor, diagnosticada con leucemia. Cassandra trabaja turnos interminables, duerme poco y no se permite. Cuando una agencia privada le ofrece un contrato excepcionalmente bien pagado para cuidar a un paciente con necesidades especiales —un hombre poderoso, peligroso, aislado en una mansión— Cassandra duda. Pero las facturas, los tratamientos médicos y el miedo a perder a su hermana pesan más.
Leer más18 años después...El asfalto de Roma brillaba bajo una lluvia ligera y nocturna. Frente a las imponentes oficinas principales de la corporación unificada Di Santi-Ling, una hilera de camionetas blindadas de color negro satinado se detuvo en perfecta sincronía. Los guardaespaldas bajaron de inmediato para formar un perímetro de seguridad impenetrable.La puerta de la camioneta principal se abrió. El primero en bajar fue Alessandro Di Santi, el heredero mayor de Ángelo y Cassandra. A sus 21 años, Alessandro era el vivo retrato de su padre: la misma mirada gris, gélida y calculadora, el cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás y un traje gris de alta costura a la medida que denotaba un poder absoluto. Caminaba con la misma arrogancia felina de Ángelo, cargando en sus hombros el peso del imperio europeo.Justo a su lado, cubriéndole los flancos como su sombra más fiel y peligrosa, bajó su hermano menor, Damián Di Santi. Damián poseía un aura mucho más ruda y salvaje; con los hom
En el porche de su residencia privada, la noche era fresca y estrellada. La pequeña bebé Yang ya dormía plácidamente en su cuna, dejando que sus padres disfrutaran de un momento de paz inusual. Arrieta se acercó por la espalda a Mein, quien observaba el horizonte con su habitual elegancia imponente. Él la rodeó con sus brazos fuertes, pegando su pecho a la espalda de la matriarca y depositando un beso tierno en su cuello. Mein se relajó de inmediato en su agarre, entrelazando sus dedos con los de él. —Mirándote aquí, en paz, solo puedo pensar en lo bendecido que soy —susurró Arrieta con voz suave, infundiéndole calor—. Lograste curar mi alma, Mein. Me sacaste de la culpa y del dolor del pasado, y ahora tengo la vida que siempre soñé. Una hija hermosa, dos varones fuertes y una mujer que es una reina y un hogar donde por fin puedo respirar. Mi vida es mil veces mejor ahora que estás en ella. Mein sonrió, con los ojos vidriosos por la emoción, dándose la vuelta para mirarlo de frente
El sol de la mañana se coló por los ventanales de la cabaña del norte, iluminando una habitación que parecía el escenario de una hermosa batalla. Las sábanas estaban en el suelo, la bata de seda vino hecha jirones en una esquina y, en medio de la cama, Clara descansaba plácidamente con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Wei. El Dragón la rodeaba con un brazo posesivo, durmiendo con una sonrisa de absoluta satisfacción que rara vez mostraba. El día 41 había sido todo lo que prometía y más; la dominación, los juguetes y el salvajismo los habían dejado exhaustos, pero más unidos y conectados que nunca.Unos días después, la mansión Di Santi se vistiere de gala para recibir a Mein, Arrieta y la bebé Yang de su luna de miel. La matriarca entró al gran salón luciendo un imponente vestido de lino blanco, con una piel radiante por el sol del Caribe y una paz en su rostro que dejó a todos boquiabiertos. Arrieta caminaba a su lado cargando a la bebé, quien no paraba de balbucear feliz.We
En cuanto la puerta de la habitación de los bebés se cerró con total sigilo, Wei no esperó ni un solo segundo. Con la agilidad recuperada de sus dos piernas, acorraló a Clara contra la pared del pasillo, la tomó por los muslos y la levantó en el aire de un solo golpe, haciendo que ella enredara sus piernas instintivamente alrededor de su cintura.Clara ahogó un grito de sorpresa, aferrándose a sus hombros anchos mientras él caminaba a zancadas directas hacia la habitación principal, azotando la puerta detrás de ellos. La depositó sobre las sábanas de la cama con una posesividad salvaje, devorándole los labios con un beso hambriento que sabía a pura necesidad acumulada.—Es el día cuarenta y uno, Clara —le siseó Wei contra la boca, con la respiración entrecortada y las pupilas totalmente dilatadas—. Y me toca hacerte mía. Ya no hay más malditas esperas.Clara, conteniendo una risita ninfómana y disfrutando al máximo de ver al implacable Dragón de la mafia perder los estribos por ella,
Último capítulo