—¡Perra maldita! —bramó, limpiándose la sangre con el dorso de la mano—. Me encanta cuando sangran… y cuando gritan.
La embistió con furia animal. Anastasia arañó, pateó y mordió, sus uñas abriendo surcos sangrientos en los brazos y el cuello de él. Pero Damián era mucho más fuerte. La golpeó con el revés de la mano, un impacto que le partió el labio y le llenó la boca de sangre caliente y metálica. El mundo giró. Antes de que pudiera recuperarse, él la levantó como si no pesara nada y la arroj