Mundo de ficçãoIniciar sessão
Los últimos tres días habían sido para Anastasia como un sueño extraño, casi una alucinación. Su padre, el hombre que normalmente solo le dedicaba órdenes o silencios gélidos, se había transformado. Le había sonreído en el desayuno, le había preguntado por sus libros e incluso le había prometido que este cumpleaños, el número diecinueve, sería el inicio de su «verdadera libertad».
Ella, estúpida y hambrienta de afecto, le creyó. Esa mañana, el día de su cumpleaños, el sol entró por la ventana de la mansión Genovese con una calidez engañosa. Anastasia se levantó tarareando, recordando a su madre y pensando que quizás, solo quizás, el corazón de piedra de Don Maximiliano se había ablandado. Pero su instinto, ese animal que vive en el estómago de los que crecen en la organización, empezó a arañarla por dentro en cuanto escuchó los pasos de su padre en el pasillo. No eran los pasos ligeros de los días anteriores; eran pesados. Eran los pasos del Don. La puerta se abrió y su padre entró. Ya no había rastro de la falsa amabilidad; sus ojos eran dos pozos de oscuridad. Detrás de él, el ama de llaves sostenía un vestido de seda negra, tan oscuro que parecía absorber la luz de la habitación. —Ponte esto —ordenó él. Su voz no admitía réplicas—. Tenemos una fiesta importante esta noche. Anastasia sintió un frío repentino en la nuca. Su voz salió apenas en un susurro: —¿Una fiesta? Habíamos dicho que sería algo pequeño, papá. Es mi cumpleaños... —Es más que eso, Anastasia —él dio un paso hacia ella y el aire pareció desaparecer—. Ya tienes la mayoría de edad. Es hora de que sirvas para el propósito por el cual naciste. Tres estados, dos rutas de embarque y tierras en la frontera... eso es lo que vales. El mundo se detuvo para ella. Sus pulmones se negaron a funcionar. —¿De qué estás hablando? —Te he vendido, Anastasia. Esta noche, frente a nuestros aliados, se sellará tu compromiso con Damián Petrov. Él es tu dueño ahora. —¡No! —el grito salió de la garganta de la joven cargado de una rabia que no sabía que poseía—. ¡No soy una maldita propiedad! ¡Me engañaste! ¡Dijiste que me apoyarías con mis estudios, que querías una vida diferente! —¡Silencio! —rugió él. —¡No me voy a casar con un carnicero ruso! ¡No me importa quién sea ese Petrov! —ella se puso en pie, enfrentándolo con la barbilla en alto a pesar de que sus piernas temblaban—. No voy a bajar a esa fiesta. No voy a ser tu moneda de cambio. La respuesta de su padre fue un movimiento rápido que ella no vio venir. Su mano se estrelló contra la mejilla de Anastasia con tal fuerza que sus oídos pitaron. Él la sujetó del cabello, obligándola a mirarlo mientras las lágrimas de rabia nublaban la vista de la joven. —Vas a ponerte ese maldito vestido, te vas a poner esos anillos y vas a bajar con la mejor de tus sonrisas —siseó él, pegando su rostro al de ella—. Si intentas avergonzarme, si dices una sola palabra de protesta delante de los Petrov, te juro que desearás no haber nacido. Simplemente sirves para esto, Anastasia. Para darme una alianza. No me des problemas, niña estúpida. La soltó con un desprecio brutal, empujándola hacia un lado. Anastasia tropezó y su frente golpeó la esquina del mueble de madera tallada. El dolor fue cegador. Un líquido cálido empezó a bajar por su cara, manchando la alfombra blanca. —Déjenlo todo ahí —le dijo el Don a la mujer, señalando el vestido y los zapatos—. Tienes dos horas. Si para entonces no estás lista, vendré yo mismo a arrastrarte por las escaleras. La puerta se cerró con un estruendo metálico. Anastasia se quedó en el suelo durante lo que parecieron horas, tocando la herida en su frente y sintiendo cómo su regalo de cumpleaños se convertía en una cadena de hierro. La seda negra del vestido que el ama de llaves había dejado sobre la cama brillaba bajo la luz de la lámpara, como la piel de una serpiente esperando para asfixiarla. Su padre la había vendido por unas tierras. Y Damián Petrov, el hombre que la había comprado, la esperaba abajo para reclamar su mercancía. *«Tres días de mentiras»*, pensó ella, apretando los dientes. Él la había tratado como a una hija solo para asegurarse de que no sospechara nada antes de entregarla como ganado. La puerta se abrió otra vez sin previo aviso. Delfina entró con paso lánguido, luciendo un vestido carmesí que contrastaba violentamente con el luto anticipado de su hermana. En sus ojos no había compasión, solo esa mezcla de burla y superioridad que siempre usaba para herirla. —Vaya, Anastasia —dijo Delfina, cruzándose de brazos mientras examinaba el rostro de la joven con una sonrisa cruel—. Veo que tu «pequeña rebelión» de cumpleaños no terminó muy bien. Papá tiene la mano pesada hoy. —Vete de aquí, Delfina —respondió Anastasia con la voz ronca, tomando un pañuelo para limpiar el desastre de su cara. —Solo vengo a darte un consejo de hermana —se acercó ella, sus tacones resonando contra el suelo—. Los Petrov ya están abajo. Damián Petrov no es un hombre al que puedas gritarle como a papá. Es un monstruo. Te compró por unas rutas de contrabando en la frontera y unas tierras que papá necesitaba desesperadamente. Para él, eres solo un trofeo de guerra. Así que lávate la cara, sonríe y acepta tu destino. —Mi destino no lo decide papá, ni tú, ni ningún ruso —le espetó Anastasia, dándose la vuelta para encararla. Delfina soltó una carcajada seca. —Sigue soñando, Anastasia. En cinco minutos el ama de llaves vendrá a buscarte. Más vale que estés lista si no quieres que papá termine el trabajo que empezó. Cuando Delfina salió y la puerta se cerró tras ella, Anastasia se quedó sola con sus pensamientos. Su mente trabajaba a mil por hora mientras se ponía el vestido negro y los pesados anillos de oro que la hacían sentir encadenada. Su padre creía que la había quebrado; Damián Petrov creía que la poseía. Ambos estaban equivocados. Ella iba a bajar a esa fiesta. Iba a dejar que el ruso la mirara y creyera que había ganado. Pero en cuanto estuviera en su territorio, en su mansión, buscaría el más mínimo descuido. Y cuando lo encontrara... correría.






