Mientras la paz fingida reinaba en la mansión, en la zona norte de Miami se desataba el verdadero infierno. La camioneta blindada de Boris Petrov frenó en seco frente al edificio del piso franco. Boris subió las escaleras de tres en tres, con una terrible corazonada golpeándole el pecho.
Abrió la puerta del departamento con su llave maestra y entró con el arma en la mano.
—¿Coni? —llamó con su voz ronca, la cual arrastraba una urgencia inusual.
Nadie respondió. El departamento estaba frío. Bori