Mundo ficciónIniciar sesiónConi trabajaba en un silencio sepulcral. Sus dedos se movían con la precisión de un cirujano, expertos en el arte de ocultar la brutalidad bajo capas de sofisticación. Con cada brochazo de maquillaje sobre la mejilla amoratada de Anastasia, el rostro de la joven se transformaba en una máscara de porcelana: fría, perfecta e inexpresiva.
—No llores —ordenó Coni sin apartar la vista de su labor—. La sal de las lágrimas arruinará el corrector y no hay tiempo para empezar de nuevo. Damián Petrov detesta la impuntualidad casi tanto como la debilidad. Anastasia observó su reflejo, sintiéndose ajena a la mujer que la miraba desde el espejo. —No estoy llorando —respondió, y su voz sonó tan gélida que incluso Coni detuvo su mano un segundo—. Las lágrimas se me agotaron hace mucho tiempo. La dama de compañía la escrutó a través del cristal. Hubo un destello de respeto, una chispa de reconocimiento mutuo entre dos mujeres que sabían lo que era sobrevivir, pero la calidez desapareció tan rápido como había llegado. Coni terminó de ajustar la corona de diamantes sobre la cabeza de Anastasia; la joya pesaba tanto que parecía querer hundirle el cráneo. —Lista. Ahora, camina como si este fuera el día más feliz de tu vida —sentenció Coni—. O al menos, como si no tuvieras un plan para incendiar el mundo. Anastasia salió de la habitación flanqueada por su nueva sombra. El pasillo estaba desierto, pero el aire vibraba con una tensión eléctrica. Al llegar a la escalinata principal, Don Maximiliano la esperaba al final. Lucía un traje impecable y esa expresión de orgullo vacío que a Anastasia siempre le había causado náuseas. Él le ofreció el brazo; ella quiso retroceder, pero terminó por aceptar el contacto, clavando sus uñas en sus propias palmas para no gritar. —Ni una palabra —siseó el Don mientras avanzaban hacia el jardín, donde se había erigido una capilla blanca que más parecía un mausoleo—. Sonríe, Anastasia. Hoy eres la mujer más envidiada de la ciudad. —Soy la mercancía más cara que has vendido, querrás decir —le devolvió ella en un susurro letal, manteniendo la vista fija en el frente. Las puertas se abrieron de par en par. El sol de la mañana golpeó el jardín con una claridad cegadora, contrastando violentamente con la oscuridad que reinaba bajo el encaje del vestido. Anastasia caminó por el pasillo sembrado de pétalos blancos, sintiendo los ojos de cientos de extraños pesando sobre ella como juicios. Y allí, en el altar, aguardaba la tormenta. Damián Petrov vestía un traje gris que lo hacía parecer una sombra elegante tallada en piedra. No había ni un ápice de afecto en su semblante, solo una satisfacción depredadora. Cuando Maximiliano le entregó la mano de su hija, Damián no la tomó con delicadeza; la apresó, un recordatorio silencioso de que el contrato había sido firmado y la propiedad transferida. El silencio en el jardín era absoluto, roto únicamente por el suave ondear de las telas blancas bajo la brisa. El sacerdote, un hombre que parecía ignorar que estaba bendiciendo un contrato de sangre y no una unión de amor, carraspeó antes de pronunciar las palabras definitivas. —Damián Petrov —dijo el clérigo, su voz resonando con una solemnidad ensayada—, ¿aceptas a Anastasia Genovese como tu esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe? Damián no apartó la vista de Anastasia. Sus ojos grises eran dos láminas de metal bajo el sol. No hubo duda en su voz, solo una determinación fría que hizo que el aire alrededor de la pareja pareciera congelarse. —Acepto —declaró él. Su voz fue clara, potente, reclamando su premio frente a todos los presentes. El sacerdote se giró entonces hacia la joven, quien lucía como una aparición de encaje y diamantes, aunque por dentro se sentía como una condenada al patíbulo. —Anastasia Genovese, ¿aceptas a Damián Petrov como tu esposo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe? El mundo pareció detenerse. Anastasia sintió el peso de cientos de miradas sobre ella, pero ninguna era tan pesada como la de su padre, Maximiliano, quien la observaba desde la primera fila con una advertencia letal en los ojos. La joven abrió los labios, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. El miedo, denso y amargo, la paralizó. Damián, notando su vacilación, no permitió que el silencio se prolongara. Sus manos, que sostenían las de ella, se cerraron con una fuerza brutal. Sus dedos se hundieron en la piel de Anastasia con una presión que le recordó que no tenía escapatoria. Fue un gesto imperceptible para los invitados, pero para ella fue un grito de guerra. —Acepto —logró decir finalmente ella, con una voz que tembló ligeramente antes de recuperar una falsa firmeza—. Acepto. —Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre —concluyó el sacerdote, ajeno al pánico de la novia—. Puede besar a la novia. Damián se inclinó sobre ella. No fue un beso de celebración, fue una invasión. Sus labios reclamaron los suyos con una posesividad que le robó el aliento. Mientras los invitados estallaban en aplausos y vítores, Damián se apartó apenas unos milímetros, manteniendo su rostro peligrosamente cerca del suyo. —Espero que estés lista para esta noche, pajarita —le susurró al oído, con un tono tan bajo y gélido que le heló la sangre—. Porque te haré mía de una forma que nunca olvidarás. Te romperé entera hasta que no quede nada de la niña que entró a esta iglesia. Serás solo mi mujer, por las buenas o por las malas. Anastasia sintió un escalofrío violento recorrerle la columna. El terror a su primera vez, a la oscuridad que emanaba de aquel hombre, la envolvió como un sudario. Su mente gritó, recordó el rostro de Alaric, buscó una salida que no existía. Pero ante la mirada de todos, solo pudo bajar la cabeza en una señal de sumisión forzada. —Sí... —susurró ella, casi sin aliento, sintiendo cómo las cadenas de oro de su nuevo apellido se cerraban definitivamente alrededor de su cuello. —Ahora eres una Petrov, Anastasia —murmuró contra sus labios, su voz era un ronroneo peligroso que le erizó el vello de la nuca—. Y mi casa tiene reglas muy distintas a las de tu padre. Espero que tu pureza no sea lo único que tengas para ofrecer, porque voy a exigirte mucho más que eso. Anastasia sostuvo la mirada de aquellos ojos grises, buscando una grieta en su armadura de acero, pero solo encontró oscuridad. —No te decepcionaré, Damián —mintió ella, sintiendo que el anillo de bodas le quemaba la piel—. Pero recuerda que los pajaritos enjaulados a veces aprenden a picotear hasta que su dueño sangra. Damián soltó una carcajada seca, un sonido bajo que resonó en el pecho de Anastasia. —Me gustan los desafíos, pajarita. Hará que romperte sea mucho más entretenido. Mientras la pareja se giraba para enfrentar a los invitados como los nuevos señores del imperio Petrov, los ojos de Anastasia recorrieron la multitud una última vez. Buscó desesperadamente la figura de hombros anchos y mirada burlona que había conocido en el pasillo, pero Alaric ese mesero no estaba allí. Estaba sola en las garras del lobo, y la verdadera pesadilla apenas comenzaba.






