Mundo ficciónIniciar sesiónEl eco de los tacones de Anastasia sobre el mármol de la escalera sonaba como una marcha fúnebre. Cada escalón la acercaba más al abismo. Abajo, el salón de la mansión Genovese estaba a reventar; los clanes más peligrosos de la ciudad se habían reunido, y sus miradas se clavaron en ella como agujas en cuanto asomó por el barandal.
Tragó saliva, sintiendo el ardor de la herida en su frente bajo las capas de maquillaje. No podía permitirme temblar. Si iba a ser vendida, al menos se llevaría consigo el orgullo. Al pie de la escalinata, su padre la esperaba con esa sonrisa de satisfacción que solo usaba cuando cerraba un negocio millonario. Y a su lado, estaba él. Damián Petrov. Era más alto de lo que ella imaginaba, con una presencia que parecía congelar el aire a su alrededor. Sus ojos grises la escanearon de arriba abajo, sin rastro de ternura; solo una posesividad fría que le revolvió el estómago. Cuando Anastasia llegó al último escalón, él no esperó a que su padre la presentara; simplemente extendió su mano y atrapó la de ella con una fuerza firme, casi dolorosa. La atrajo hacia su cuerpo, rompiendo su espacio personal. —Al fin eres mía —susurró él cerca de su oído, y luego añadió algo en una lengua que sonaba a acero y nieve—: Moya malen'kaya ptichka. — (Mi pajarito). El tono le erizó la piel. El miedo quiso apoderarse de sus piernas, pero ella apretó los dientes. No iba a darle el placer de verla quebrada. Mantuvo la vista al frente, ignorando el calor de la mano de él sobre la suya. Su padre dio un paso al frente y levantó su copa de cristal. —¡Damas y caballeros! Hoy es un día de gloria. Mi hija, Anastasia, será tomada en matrimonio por el señor Damián Petrov. ¡Por la unión de nuestras sangres y nuestro poder! El salón estalló en aplausos. Anastasia vio a Delfina alzando su copa con una sonrisa de burla. Para ellos, ella era una reina; para sí misma, era un animal sacrificado por rutas de embarque. Damián la tomó del mentón, obligándola a mirarlo. —Así que ahora serás mi esposa. No perdamos tiempo. La boda será mañana mismo. El corazón de la joven se detuvo. ¿Mañana? Su plan de escape se aceleró violentamente. —Está bien —respondió ella, firme—. Si así lo has decidido. Para los invitados, Anastasia era la pieza central de un banquete real; para su propia sangre, no era más que un animal sacrificado en el altar de la codicia. Damián, ajeno al festejo, aferró el mentón de ella con brusquedad, obligándola a sostenerle la mirada. —Espero que seas una esposa buena y obediente, Anastasia —declaró, elevando el tono para que su advertencia quedara grabada en los cimientos de la casa—. Mis reglas no son sugerencias. Debes estar lista para cumplir cualquier orden que emane de mi boca, sin vacilaciones, sin quejas. En mi hogar, tu voluntad deja de existir. La opresión en el pecho de ella era insoportable, pero logró articular una respuesta que sonara convincente tras su máscara de docilidad. —Así será, señor Petrov. Haré lo que se espera de mí —respondió con una voz mecánica, mientras en su interior se libraba una batalla distinta. «Crees que me tienes», pensó ella, mientras la imagen de los ojos oscuros y burlones de Alaric Turner cruzaba su mente como un relámpago de esperanza prohibida. «Crees que esta seda negra es mi mortaja, pero solo es el camuflaje que necesito». Damián asintió, satisfecho con su aparente rendición. Él arqueó una ceja, sorprendido por la falta de lágrimas de la joven. Tras el anuncio, Damián se distrajo con un emisario ruso y la soltó momentáneamente. Anastasia necesitaba aire. Se escabulló hacia el pasillo lateral que llevaba a las cocinas, buscando un segundo de soledad antes de colapsar, para procesar la descarga eléctrica que aún sentía en la piel tras su choque con Alaric y para trazar, con precisión quirúrgica, la ruta de salida de la mansión Petrov antes de que las puertas del infierno se cerraran definitivamente tras ella. Cada fibra de su ser gritaba que su lugar no estaba bajo el yugo de un verdugo. Apenas logró cruzar el umbral del pasillo lateral, el aire se volvió pesado. Su padre, Don Maximiliano, apareció frente a ella como una sombra amenazante, seguido de cerca por Delfina, quien la observaba con una mezcla de curiosidad y regocijo malicioso. Su padre la tomó del brazo, apretando con una fuerza que prometía nuevos moretones. —¿Con quién estuviste hablando en el pasillo antes de bajar, maldita? —su voz era un susurro cargado de veneno, sus ojos inyectados en sospecha. —Solo... me topé con un mesero —mintió ella, tratando de mantener su voz firme a pesar del temblor de sus manos—. Estaba perdido, eso es todo. Delfina soltó una risita seca, acomodándose un mechón de su cabello perfecto. —Más te vale que sea verdad, Anastasia. Porque si andas de zorra con el servicio justo antes de tu compromiso, Damián Petrov no te pedirá explicaciones. Te matará antes de que puedas decir su nombre. Y papá no moverá un dedo para evitarlo. Su padre no pareció satisfecho con su respuesta. Miró por encima del hombro de ella e hizo una seña seca a Amanda, la ama de llaves, que acechaba como un cuervo en la penumbra. —Amanda —dijo Don Maximiliano, soltándola con desprecio—. Quiero que te lleves a esta estúpida arriba ahora mismo. Asegúrate de que siga siendo pura. No voy a entregar mercancía dañada a los Petrov y arriesgar mi alianza por un descuido tuyo. Hazlo antes de que Damián decida que es hora de reclamar su premio. —¡No! ¡Déjame! —gritó Anastasia cuando Amanda la sujetó por el brazo con una fuerza animal. —Cállate y camina, niña —siseó Amanda, arrastrándola hacia las escaleras de servicio. La llevó a rastras hasta su habitación, cerrando la puerta con llave. El pánico se apoderó de ella. Amanda la empujó sobre la cama, sus manos callosas y frías intentando despojarla de la seda negra. Anastasia no iba a permitirlo. No otra vez. No esta humillación. —¡He dicho que me dejes! —rugió. Cuando la mujer intentó sujetarle las piernas, la rabia acumulada de Anastasia explotó. Lanzó un puñetazo ciego que impactó de lleno en la frente de Amanda. El crujido de la piel contra sus nudillos le dio un segundo de ventaja. La mujer soltó un alarido de dolor, retrocediendo mientras se llevaba las manos a la cabeza. Anastasia aprovechó el momento. Me puso en pie de un salto, abrió la puerta a trompicones y salió corriendo al pasillo, con el corazón martillando contra sus costillas. Solo pensaba en huir, en salir de esa casa antes de que la destruyeran por completo. Pero la libertad le duró apenas unos metros; una mano de hierro se cerró alrededor de su brazo, deteniéndola en seco y lanzándola contra un pecho firme y frío. Levantó la vista, aterrorizada, y se encontró con los ojos grises y calculadores de Damián Petrov. —¿A dónde vas con tanta prisa, pajarita? —preguntó él, su voz era una vibración baja y peligrosa que le heló la sangre. —Iba... iba al salón —balbuceó ella, tratando de ocultar su respiración agitada. Damián no dijo nada. Su mirada se desvió por encima del hombro de Anastasia. Ella se giró lentamente y vio a Amanda aparecer en el pasillo; su rostro estaba pálido y un hilo de sangre corría por su frente donde la había golpeado. Se detuvo en seco al ver al ruso, bajando la cabeza de inmediato en un gesto de sumisión absoluta. Damián volvió a mirarla a ella. Una sonrisa cruel y casi imperceptible se dibujó en sus labios. Sabía que algo había pasado, pero en su mundo, la resistencia de ella solo hacía que el trofeo fuera más interesante. —Vuelve al salón, Amanda. Límpiate ese desastre —ordenó Damián sin apartar los ojos de los de ella—. Mi prometida y yo tenemos una fiesta que continuar. La tomó de la cintura con una posesividad que la hizo sentir que se asfixiaba y la obligó a caminar de regreso al gran salón. Mientras avanzaban, el recuerdo de Alaric y su caricia fugaz era lo único que impedía a Anastasia gritar. La cacería de Damián había comenzado, y ella era la presa que no pensaba dejarse devorar sin antes prenderle fuego a su imperio.






