Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl regreso a la consciencia no fue gradual; fue violento, como emerger de un pozo de agua helada buscando aire desesperadamente.
Massimo aspiró una bocanada de aire, pero el movimiento le provocó un dolor punzante en el tórax que le arrancó un gemido ronco. Sentía el cuerpo pesado, como si estuviera hecho de plomo fundido, y un latido sordo y constante martilleaba sus sienes. —¡Se ha despertado! —escuchó una voz femenina, lejana y distorsionada por el zumbido en sus oídos. Era su madre, Isabella. —Llamen al doctor, rápido. —Esa era la voz de su padre, Andrés. Sonaba más viejo, más cansado. Massimo intentó abrir los ojos. Sentía los párpados pesados, pegajosos. Hizo un esfuerzo titánico y logró separarlos. Esperaba ver el techo blanco del hospital, las luces fluorescentes, los rostros preocupados de sus padres. Pero no vio nada. Absolutamente nada. Solo una oscuridad densa, impenetrable y asfixiante, como si lo hubieran encerrado en una caja fuerte en el fondo del océano. —¿Madre? —preguntó, y se sorprendió de lo débil que sonaba su propia voz. Intentó levantar la mano para tocarse la cara, pero algo lo sujetaba. Correas. Estaba atado—. ¿Por qué... por qué está todo apagado? El silencio que siguió a su pregunta fue más aterrador que el accidente mismo. Solo se escuchaba el bip-bip rítmico y acelerado del monitor cardíaco. —Hijo... —La voz de Isabella se quebró en un sollozo. —¡Abran las cortinas! —exigió Massimo, luchando contra el pánico que empezaba a subirle por la garganta como bilis—. ¿Qué hora es? ¿Es de noche? ¡Enciendan la maldita luz! Sintió una mano grande y temblorosa posarse sobre su hombro. La mano de su padre. —Massimo... tranquilo. Son las dos de la tarde. Hay un sol radiante afuera. Las luces... las luces están encendidas. El mundo de Massimo se detuvo. —No... —susurró, negando con la cabeza, lo que provocó otra oleada de dolor craneal—. No puede ser. Tengo los ojos abiertos. Los siento abiertos. Parpadeó frenéticamente. Una, dos, diez veces. Forzó sus ojos hasta que le dolieron las cuencas, tratando de encontrar un destello, una sombra, una diferencia entre lo negro y lo gris. Pero el telón no subía. La oscuridad era total. —¡No veo! —El grito salió de sus entrañas, cargado de terror puro—. ¡No veo nada! ¡Maldita sea, estoy ciego! —¡Doctor! ¡Haga algo! —gritó Isabella. En ese momento, pasos apresurados entraron en la habitación. Massimo sintió unas manos profesionales revisándole el pulso, y luego una luz fuerte —que él no vio, pero sintió como calor— apuntando a sus pupilas. —Señor Carusso, necesito que se calme —dijo el médico con autoridad—. Ha sufrido un traumatismo craneoencefálico severo. Su cabeza golpeó contra el pilar del auto. La inflamación está comprimiendo sus nervios ópticos. —¿Voy a volver a ver? —preguntó Massimo, ignorando la explicación médica. Quería respuestas, no diagnósticos—. Dígamelo. Ahora. —Es... difícil saberlo en este momento. La amaurosis postraumática puede ser temporal. Podría recuperar la vista en semanas, meses... o podría ser permanente si el daño en el nervio es irreversible. Necesitamos tiempo para ver cómo baja la inflamación. —¿Tiempo? —Massimo soltó una risa amarga que terminó en una tos dolorosa—. Soy el CEO de una multinacional. No tengo tiempo. ¡Soy un inútil! ¡Un maldito impedido! La furia lo invadió. Él, que siempre había tenido el control de todo, que movía los hilos de su destino y el de miles de empleados, ahora dependía de que alguien le dijera si era de día o de noche. La impotencia era un veneno que le quemaba las venas. —Salgan —ordenó en voz baja, con los dientes apretados. —Hijo, acabas de despertar... —intentó decir Andrés. —¡He dicho que salgan! —rugió, tirando de las correas—. ¡No quiero que me vean así! ¡Largo todos! El médico hizo una seña a los padres. —Es mejor dejarlo solo unos minutos. El estrés puede aumentar la presión intracraneal. Escuchó los pasos de sus padres alejándose, el llanto de su madre y el sonido de la puerta cerrándose. Se quedó solo en su mundo de tinieblas, respirando con dificultad, sintiendo cómo una lágrima solitaria y traicionera rodaba por su sien hacia la almohada. ****** En el pasillo, Clara Thompson observaba la escena a través de la ventana de cristal de la UCI. Llevaba unas gafas de sol enormes para ocultar que no había derramado ni una sola lágrima, aunque su maquillaje estaba impecable. —Dios mío... —murmuró, no con pena, sino con repulsión. Ver a Massimo allí, lleno de tubos, vendajes y gritando impotente al vacío, le revolvió el estómago. Ella se había casado con un titán, con un hombre poderoso que intimidaba con la mirada. No con eso. Se alejó de la ventana y caminó hacia la sala de espera privada, sacando su teléfono. Marcó el número de Marcelo, su abogado y amante. —Es peor de lo que pensábamos —dijo Clara en cuanto él contestó, bajando la voz—. Está ciego. Y los médicos no saben si es permanente. —Vaya... eso complica las cosas —respondió Marcelo al otro lado—. O las facilita. Depende de cómo lo mires. —¿Facilita? —siseó Clara, indignada—. Marcelo, tengo que acostarme con él. Tengo un contrato que cumplir. Un año para darle un heredero o me quedo sin nada. ¿Cómo esperas que me meta en la cama con un hombre que no puede ni llegar al baño solo? Me da asco. No soporto la debilidad. —Piensa en los millones, Clara. Piensa en la fusión. Además, un marido ciego no puede ver con quién se acuesta su esposa... ni qué hace su esposa mientras él está en la oscuridad. Tienes el pase libre perfecto. Clara se detuvo. Esa parte era cierta. Pero el problema físico seguía ahí. —Aun así, tengo que embarazarme de él. Y te juro que ahora mismo prefiero tirarme por un precipicio que dejar que me toque con esas manos de impedido. Necesito una solución, Marcelo. Necesito el niño, pero no quiero el proceso. Colgó el teléfono, frustrada, y se dirigió a la máquina de café del pasillo general para pensar. Necesitaba cafeína para maquinar su siguiente paso. Al doblar la esquina, se detuvo en seco. Allí, sentada en una de las sillas de plástico duro de la sala de espera general, estaba Diana. La chica parecía un fantasma. Tenía el brazo izquierdo en cabestrillo y un apósito en la frente. Su uniforme de camarera estaba manchado de sangre seca, la sangre de Massimo y arrugado. Sostenía un teléfono pegado a la oreja y lloraba en silencio, con el cuerpo sacudido por temblores. Clara se pegó a la pared para escuchar, aguzando el oído. —Por favor, doctor... —suplicaba Diana al teléfono—. Deme veinticuatro horas más. Solo un día. Conseguiré el dinero. Hubo una pausa mientras escuchaba la respuesta. Diana se llevó la mano a la boca para ahogar un sollozo. —Lo sé... sé que la deuda es grande. Pero si desconectan el soporte vital ahora, ella morirá... No, no tengo los mil dólares ahora mismo, pero... ¡Por favor! ¡Es mi madre! No tengo otro hospital donde llevarlo, por eso está allí en el Hospital General. Diana colgó el teléfono y dejó caer la cabeza entre las manos, derrotada. Parecía tan pequeña, tan frágil, tan... desesperada. Clara la observó, y de repente, las piezas del rompecabezas encajaron en su mente con un clic audible y perverso. Miró hacia la puerta de la UCI donde su esposo ciego yacía furioso y solo. Luego miró a la chica desesperada que necesitaba dinero urgente para salvar a su madre. —Massimo no puede ver... —susurró Clara para sí misma, y una sonrisa lenta y depredadora curvó sus labios—. Él no puede ver quién entra en su habitación. No puede ver quién se mete en su cama. Solo puede sentir. Evaluó a Diana con ojos clínicos. Tenían la misma estatura. Ambas eran delgadas. Si Diana se quedaba callada... si usaba su perfume... El plan era una locura. Era ilegal, inmoral y retorcido. Era perfecto. Llamó a su abogado y le pidió que le investigara todo sobre Diana Parker y en menos de diez minutos tenía toda la información. Con eso listo, Clara se alisó el vestido negro de seda, se quitó las gafas de sol para mostrar una falsa expresión de compasión y caminó hacia Diana con la elegancia de una cobra a punto de atacar. —Vaya, vaya —dijo Clara, proyectando su sombra sobre la chica—. Parece que el destino se empeña en reunirnos, Diana. Diana levantó la cabeza de golpe, asustada. Al ver a Clara, intentó ponerse de pie, pero el cansancio la venció. —Señora Thompson... —balbuceó—. Yo... estaba esperando noticias del señor Carusso. ¿Cómo está? —Mal. —Clara fue brutalmente directa—. Está ciego. Y es tu culpa. Él se lanzó para protegerte y ahora vive en la oscuridad. Destruiste su vida. Diana palideció aún más, si es que eso era posible. La culpa le golpeó el pecho como un mazo. —Lo siento... daría mi vida por cambiar eso... —Tu vida no vale nada —la cortó Clara con desdén—. Pero quizás... tu cuerpo sí. —¿Qué? Clara se sentó a su lado, invadiendo su espacio personal. —Escuché tu conversación. Tu madre se muere. Necesitas dinero. Mucho dinero y rápido. —Por favor, no se burle... —No me burlo. Te ofrezco un trato. —Clara bajó la voz a un susurro conspirativo—. Yo pago todo. La deuda del hospital, la cirugía de tu madre, su recuperación en una clínica privada de lujo. Todo. Salvo a tu madre hoy mismo. Los ojos de Diana se llenaron de una esperanza dolorosa. —¿Haría eso? —preguntó, incrédula—. ¿Después de lo que pasó? ¿Qué quiere a cambio? ¿Que me vaya de la ciudad? Me iré, lo juro. —No. Quiero que te quedes. —Clara sonrió, y en esa sonrisa no había calidez, solo hielo—. Quiero que entres la habitación de mi marido. Quiero que seas los ojos, las manos y el cuerpo que yo no pienso ser para mi esposo. Diana la miró sin comprender. —No entiendo... —Massimo necesita un heredero. Yo necesito dárselo. Pero él está ciego, Diana. No ve nada. —Clara hizo una pausa dramática—. Tú vas a ocupar mi lugar en su cama. Tú le vas a dar ese hijo. Y él nunca sabrá que no fui yo.






