Capítulo 4. El accidente.

La orden fue dicha en un tono bajo, grave, pero tuvo el efecto de un trueno. 

Massimo Carusso se había puesto de pie. Caminó hacia el centro del desastre con pasos lentos y depredadores. Su sola presencia hizo que el jefe de meseros soltara a Diana de inmediato y retrocediera.

Massimo miró a Clara con una frialdad que heló la sangre de los presentes.

—Massimo, mi amor, mira lo que me hizo esta inútil... —empezó a quejarse Clara, adoptando su papel de víctima.

—La golpeaste —dijo él. No era una pregunta. Era una acusación.

—Ella arruinó mi...

—¡Es un maldito vestido, Clara! —rugió Massimo, perdiendo la compostura por primera vez en años. 

La hipocresía, el lujo vacío, la crueldad de su esposa... todo le revolvió el estómago.

—Ella es una persona. Y está sangrando.

Massimo bajó la vista hacia Diana. La chica estaba temblando, rodeada de cristales, mirándolo con terror y asombro. 

En medio de ese mundo artificial de plástico y mentiras, sus ojos llenos de dolor real eran lo único auténtico que Massimo había visto en todo el día.

Sin decir una palabra más, Massimo se agachó. Ignorando su esmoquin de Armani, tomó el brazo ensangrentado de Diana y la examinó con delicadeza.

—Vámonos —dijo.

—¿Qué? —preguntó Clara, atónita—. Massimo, ¿qué haces? ¡Es nuestra recepción! ¡Está el gobernador!

—Se acabó el circo —sentenció él, poniéndose de pie y tirando de Diana para levantarla con suavidad, pero con firmeza.

—Quédate con tu fiesta, Clara. Quédate con tus fotos. Yo me largo.

—¡Si cruzas esa puerta con esa sirvienta, serás el hazmerreír de la ciudad! —amenazó Clara, con la voz quebrada por la rabia—. ¡Tu padre te matará!

Massimo ni siquiera se giró. Pasó un brazo por los hombros de Diana, protegiéndola de las miradas curiosas y los flashes de los teléfonos móviles, y la sacó del salón arrastrándola hacia la salida.

—Señor... no puedo irme... mi trabajo... —susurró Diana, cojeando para seguirle el paso.

—Tu trabajo en este infierno terminó —respondió él, empujando las puertas batientes hacia la noche tormentosa.

El aire frío y la lluvia golpearon sus rostros. Massimo se sentía vivo por primera vez en meses. Odiaba su vida, odiaba a esa mujer con la que se vio obligado a casarse, y salvar a esta chica era su única forma de rebelión.

Llegaron al valet parking. Massimo no esperó. Arrebató las llaves de su Bugatti al empleado paralizado.

—Sube —le ordenó a Diana, abriéndole la puerta del copiloto.

—Señor Carusso, esto es una locura... usted no me conoce...

—Sube o te quedas aquí con ellos —dijo él, mirándola a los ojos.

Diana miró hacia el hotel, donde Clara seguramente venía en camino con seguridad, y luego miró los ojos verdes y atormentados de él. Subió al auto.

Massimo arrancó con un rugido de motor que hizo temblar el pavimento. El deportivo negro salió disparado bajo la lluvia torrencial, dejando atrás el Hotel Imperial y la farsa de su boda.

Conducía rápido. Demasiado rápido. La adrenalina se mezclaba con la furia.

—Tiene que bajar la velocidad... —murmuró Diana, aferrada al asidero de la puerta. Su mano sangraba sobre su uniforme—. Por favor... tengo que ir al hospital, pero no por mí. Tengo que pagar... mi madre...

—Te llevaré a una clínica privada. Yo pagaré todo —dijo Massimo, golpeando el volante—. Pagaré tu mano, tu vestido y lo que sea que necesites con tal de que dejes de temblar.

—¡No es tan simple! —gritó ella, frustrada por la arrogancia de él—. ¡Usted cree que el dinero lo arregla todo, pero no puede arreglar que su esposa sea un monstruo ni que mi madre se esté muriendo!

Massimo se giró para mirarla, sorprendido por su valentía. Nadie le hablaba así. En la penumbra del auto, con el cabello mojado y los ojos encendidos, le pareció hermosa de una manera trágica.

—Quizás tengas razón —admitió él, bajando un poco la guardia—. Quizás el dinero solo sirve para...

No terminó la frase.

Al volver la vista al frente, los faros del Bugatti iluminaron algo que le heló la sangre. Un camión de carga había perdido el control en la curva mojada y estaba invadiendo su carril, atravesado como un muro de acero.

—¡Cuidado! —gritó Diana.

Era demasiado tarde para frenar. A esa velocidad, el impacto era una certeza matemática. Y Massimo, con su mente analítica trabajando a mil por hora, se dio cuenta de algo terrible: el ángulo del choque iba directo hacia el lado del copiloto.

Iba directo hacia ella.

No lo pensó. No hubo cálculo de riesgos ni preocupación por la empresa. Fue puro instinto protector.

—¡Agáchate!

Massimo soltó el volante. Con un movimiento desesperado, se desabrochó el cinturón y se lanzó hacia la derecha, cubriendo el cuerpo pequeño de Diana con el suyo. 

Usó su espalda, sus costillas y su propia cabeza como escudo entre ella y el metal que se les venía encima.

Diana sintió el peso de él aplastándola contra el asiento, su olor a sándalo y lluvia llenando su nariz, y luego... el caos.

El sonido del metal retorciéndose fue ensordecedor. El mundo dio vueltas. Cristales estallando. El grito del acero contra el asfalto.

Y luego, un golpe seco y brutal en la cabeza de Massimo que lo apagó todo.

El auto se detuvo finalmente, humeante y destrozado contra el guardarraíl.

Diana abrió los ojos, aturdida, tosiendo por el polvo de los airbags laterales. Estaba viva. Le dolía todo, pero estaba viva.

Sintió algo pesado y húmedo sobre ella.

—¿Señor Carusso? —susurró, con la voz temblorosa.

Massimo no respondió. Estaba inmóvil sobre ella, con la cabeza apoyada en su hombro. Un líquido caliente y espeso comenzó a empapar el uniforme de Diana. Sangre. Mucha sangre.

—¡Massimo! —gritó ella, sacudiéndolo con su mano sana—. ¡Massimo, despierte! ¡Por favor!

Pero él no se movió. El hombre que la había sacado del infierno ahora yacía inerte en sus brazos, y la oscuridad de la noche parecía habérselo tragado por completo.

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