Capítulo 2. Tropiezo.

—Lo siento, señor, me tropecé —balbuceó Diana, intentando incorporarse, con el pánico brillando en sus ojos color miel.

Massimo tardó un segundo en reaccionar. No por el vino que empapaba su camisa de seda italiana, sino por la electricidad que le recorrió el cuerpo al sentir las manos pequeñas de la chica sobre su pecho. 

Su aroma, una mezcla de vainilla barata y algo puramente femenino, le llenó los pulmones, borrando por un instante el olor a perfume costoso de Clara.

—¡Quítate de encima, estúpida! —el grito de Clara rompió el hechizo.

La rubia se levantó de un salto y jaló a Diana del brazo con tal violencia que sus uñas se clavaron en la piel de la chica.

—¡Maldita inepta! —bramó Clara, sacudiéndola—. ¡Mira lo que has hecho! ¡Es un traje de cinco mil dólares!

—Fue un accidente, señorita Thompson... usted me puso el pie —se defendió Diana con la voz temblorosa, intentando soltarse.

—¿Acaso me estás culpando de tu torpeza? —Clara soltó una risa histérica—. ¡Eres una descarada! Lo hiciste a propósito. Vi cómo lo mirabas. Te le tiraste encima como una cualquiera para llamar su atención.

—¡No es cierto!

—¡Cállate! —Clara levantó la mano para abofetearla, ciega de ira y celos.

Pero la mano nunca llegó a su destino.

Massimo la interceptó en el aire. No usó fuerza excesiva, solo la necesaria para detenerla, pero su agarre fue firme como un cepo de acero.

—Suficiente —dijo con voz grave y calmada, lo cual resultaba mucho más aterrador que si hubiera gritado.

Clara palideció y bajó la mano lentamente.

—Massimo, cariño, esta... sirvienta te ha ensuciado. Solo intentaba ponerla en su lugar.

Massimo soltó a Clara y dirigió su mirada gélida hacia Diana, quien temblaba abrazándose a sí misma. Notó que el uniforme le quedaba grande y que uno de sus zapatos se había roto con la caída, dejando ver sus dedos. 

La imagen era patética, pero extrañamente, sentía una urgencia irracional de cubrirla.

—Vete —ordenó Massimo.

—Por favor, no deje que me despidan, necesito el trabajo... —suplicó Diana, con los ojos llenos de lágrimas.

—Lo mejor es que no permanezcas aquí y así te evitas problemas.

Massimo metió la mano en su bolsillo, sacó su billetera y extrajo un fajo de billetes sin siquiera contarlos.

—Toma —se los extendió con frialdad—. Cómprate un par de zapatos decentes. Es desagradable ver a alguien caminar así en un lugar como este. Y no te preocupes por mi camisa, considera que ya has pagado por ella; no quiero que tu torpeza me deba nada.

Diana se quedó paralizada, mirando el dinero como si quemara. La humillación le subió por el cuello. Él no estaba siendo amable; estaba siendo arrogante. Le estaba tirando dinero para que dejara de ser desagradable a su vista.

—¡Agárralo y lárgate antes de que llame a seguridad! —espetó Clara.

Diana tomó el dinero con manos temblorosas, no por orgullo, sino por necesidad, y salió corriendo del privado, sintiendo que cada paso con su zapato roto era una burla del destino.

Una vez solos, Massimo se quitó la chaqueta y la tiró sobre una silla con indiferencia. Se sentó de nuevo y miró a Clara, quien intentaba recomponer su sonrisa encantadora.

—Lamento eso, amor. Es tan difícil encontrar buen servicio hoy en día...

—Ahórrate el teatro, Clara —la cortó él, sirviéndose una copa de agua—. Sé que le pusiste el pie. Vi tu movimiento.

Clara abrió la boca, ofendida, pero la mirada de él la calló.

—No me importa por qué lo hiciste. Si te divierte humillar a las criadas, es tu problema. Pero nunca vuelvas a montar una escena así delante de mí. Detesto los escándalos.

—Lo siento, Massimo. Es que soy muy celosa con lo que es mío —dijo ella, intentando sonar seductora.

—Yo no soy tuyo, Clara. Soy tu socio. Así que no te equivoques. Y hablando de eso, que tu abogado me visite mañana. Redactaremos las capitulaciones matrimoniales.

—¿Capitulaciones?

—Claro. No pensarás que me casaré sin proteger mi fortuna. Pero la cláusula más importante es esta: tienes un año exacto para darme un heredero varón.

Massimo se inclinó sobre la mesa, clavando sus ojos Verdes en ella.

—Si en un año no hay un hijo, el matrimonio se anula y tú te vas sin un centavo. Si quedas embarazada y lo pierdes por negligencia, se anula. Si intentas alguna trampa con inseminación artificial de otro, se anula y te destruyo. ¿Entendido?

Clara apretó los puños bajo la mesa. Se sentía como una yegua de cría siendo negociada, pero la fusión de las empresas y la fortuna Carusso valían cualquier humillación.

—Entendido, querido —sonrió ella con dulzura venenosa—. Tendrás a tu hijo. A la antigua.

—Bien. —Massimo se puso de pie—. La boda es en una semana. No llegues tarde.

Salió del salón sin mirar atrás, dejando a Clara temblando de rabia, pero con la mente maquinando ya su siguiente paso. No quería deformar su cuerpo perfecto con un embarazo. Tenía que haber otra manera. Y la imagen de la estúpida camarera de ojos miel le cruzó por la mente como una oscura posibilidad.

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