Capítulo 10. El frío de la mañana.
Massimo despertó con una sensación que no había tenido en meses: paz.
Aun con los ojos vendados por la oscuridad eterna, estiró el brazo hacia el otro lado de la cama, esperando encontrar la piel cálida y suave que lo había acunado horas atrás. Sus dedos tantearon las sábanas de seda.
Estaban frías. Vacías.
—¿Clara? —llamó, con la voz ronca por el sueño.
Nadie respondió. Solo el zumbido del aire acondicionado.
Massimo frunció el ceño, decepcionado. Se incorporó, ignorando el dolor punzante en s