Capítulo 3. La boda roja.

Una semana después

El "sí, acepto" de Massimo Carusso sonó más como una sentencia de muerte que como una promesa de amor eterno.

Su voz grave retumbó en las paredes de piedra de la Basílica de la Inmaculada, carente de cualquier emoción.

 A su lado, Clara Thompson sonreía con la perfección plástica de una muñeca de escaparate, apretando su mano con una fuerza posesiva que hizo que las uñas de manicura francesa se clavaran en la palma de Massimo.

—Puede besar a la novia —anunció el sacerdote, visiblemente incómodo por la frialdad que irradiaba el novio.

Massimo se inclinó. Fue un beso técnico, seco, calculado para la prensa que esperaba afuera y para los cientos de invitados de la alta sociedad que llenaban los bancos. 

Al separarse, vio el triunfo en los ojos azules de Clara. No era amor lo que brillaba allí; era la satisfacción de haber cerrado el trato comercial más importante de su vida. Ella ahora era una Carusso. Él ahora tenía el útero que le daría el heredero para callar a su padre.

—Sonríe, querido —le susurró Clara entre dientes mientras caminaban hacia la salida bajo una lluvia de arroz—. Las acciones de la constructora acaban de subir un tres por ciento solo con este beso.

Massimo apretó la mandíbula, sintiendo una náusea repentina.

—Camina, Clara. Solo camina.

*****

Una hora después, el Gran Salón del Hotel Imperial era un océano de cristal, seda y opulencia desmedida. Las lámparas de araña, traídas exclusivamente de París para la ocasión, iluminaban mesas cargadas de caviar, langosta y botellas de champán que costaban más que el salario anual de un obrero promedio.

En medio de ese derroche, Diana Parker intentaba hacerse invisible.

Ajustó la bandeja de plata sobre su mano izquierda, ignorando el dolor punzante en su espalda baja. Llevaba seis horas de pie, corriendo de la cocina al salón, sirviendo caprichos a gente que ni siquiera la miraba a la cara. 

El uniforme de la empresa de catering le quedaba grande en los hombros, pero apretado en la cintura, y los zapatos baratos le estaban matando los pies.

Pero no podía detenerse. No cuando su teléfono había vibrado cinco minutos antes con un mensaje del Hospital General: "Último aviso. Se requiere el pago de los medicamentos de la paciente Elena Parker antes de medianoche o se suspenderá el tratamiento".

Mil dólares. Necesitaba mil dólares para que el corazón de su madre siguiera latiendo una semana más.

—¡Más champán aquí! —gritó un hombre gordo con la cara enrojecida, chasqueando los dedos hacia ella como si llamara a un perro.

—Enseguida, señor —murmuró Diana, bajando la cabeza y acercándose con la botella.

Mientras servía, su mirada se cruzó por un instante con la mesa principal. Allí estaba él. El novio. Massimo Carusso. Diana lo reconoció del restaurante y no puso evitar sentirse nerviosa.

Esa noche se veía más intimidante: alto, de hombros anchos y con una mirada de acero que parecía querer incendiar el lugar. No parecía un hombre celebrando el día más feliz de su vida; parecía un león enjaulado a punto de devorar a su domador.

Y a su lado estaba ella. Clara Thompson. La mujer más hermosa, pero más malvada que Diana había visto jamás.

Diana se obligó a apartar la vista y seguir trabajando. “No es tu mundo, Diana. Tú solo sirve y cobra. Que no te vea”.

Pero el destino tenía otros planes.

Al girarse para volver a la cocina, un niño el hijo malcriado de algún magnate, pasó corriendo entre las mesas, empujando a Diana con fuerza.

Ella trastabilló. Intentó recuperar el equilibrio, pero la suela gastada de sus zapatos resbaló en el mármol pulido. La bandeja voló de sus manos.

El estruendo fue ensordecedor.

Tres copas de cristal fino se hicieron añicos contra el suelo, y una lluvia de champán pegajoso salpicó el borde del inmaculado vestido de novia de Clara, quien pasaba justo en ese momento por detrás de ella, regresando del tocador.

La música de la orquesta se detuvo de golpe. El silencio que siguió fue absoluto, denso y aterrador.

Diana se quedó paralizada, mirando las gotas doradas que manchaban el encaje blanco de miles de dólares. El color se le fue del rostro.

—¡¡Tú!!

El grito de Clara rasgó el aire. La novia se miró el vestido y luego clavó sus ojos inyectados en furia sobre Diana.

—Lo... lo siento mucho, señora, fue un accidente, el niño me empujó... —balbuceó Diana, temblando, inclinándose instintivamente para limpiar el vestido.

—¡Siempre lo mismo! ¡Eres una inútil! No me toques con tus manos sucias! —chilló Clara, retrocediendo como si Diana tuviera la peste—. ¡Eres una imbécil! ¡Mira lo que has hecho! ¡Has arruinado mi vestido!

—Se lo limpiaré, por favor, no quise...

—¡Cállate! —Clara, ciega de ira y frustración por la indiferencia de Massimo durante toda la noche, encontró en esa camarera el saco de boxeo perfecto. 

Sin pensarlo, levantó la mano y le propinó una bofetada sonora que resonó en todo el salón VIP.

Diana cayó sentada entre los vidrios rotos, llevándose la mano a la mejilla ardiendo. Un hilo de sangre comenzó a brotar de su brazo, donde un cristal se le había clavado al caer. Las lágrimas de humillación llenaron sus ojos miel.

—¡Que alguien saque a esta basura de mi vista! —gritó Clara, histérica, mirando a los guardias de seguridad—. ¡Y quiero que pague la limpieza! ¡Que pague hasta el último centavo!

Diana sollozó. ¿Pagar? No tenía ni para las medicinas de su madre. Estaba acabada.

—¡Levántate! —le ordenó el jefe de meseros, agarrándola bruscamente del brazo herido para levantarla.

—¡Suéltala!

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