Capítulo 23. Adiós, Renzo.

Horas después, el golpe seco del ancla cayendo al agua vibró en las paredes del camarote.

Valentina no se inmutó. Cerró la cremallera de su maleta pequeña. El ruido metálico fue ensordecedor en el silencio helado de la habitación. Agarró el asa con la mano izquierda. Sus nudillos se pusieron blancos al instante por la fuerza del agarre.

Se alisó el vestido negro de seda. Se miró en el espejo del baño por última vez. Tenía ojeras oscuras.

La piel pálida. Los labios todavía hinchados por los bes
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