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Capítulo 6. El contrato del diablo.

Diana sintió que el suelo del hospital se abría bajo sus pies. Las palabras de Clara Thompson flotaban en el aire estéril, tan absurdas y monstruosas que su cerebro se negaba a procesarlas.

—¿Que ocupe... su lugar? —repitió Diana, con la voz ahogada—. ¿Está loca? ¡Eso es una violación! ¡Es el engaño más vil que he escuchado en mi vida!

Clara ni siquiera parpadeó. Mantuvo esa sonrisa gélida y perfecta, cruzando las piernas con elegancia en la silla de plástico barato.

—No seas dramática, querida. No es una violación si es su esposa quien entra en la habitación. Legalmente, él estará cumpliendo con sus deberes conyugales conmigo. —Clara señaló su propio pecho con una uña perfectamente manicurada—. Que el cuerpo sea el tuyo es solo un... detalle técnico. Un trámite necesario.

—¡Es un ser humano! ¡Es el hombre que me salvó la vida! —Diana se puso de pie, temblando de indignación—. No voy a ser partícipe de esto. No le haré esto a él. Prefiero morir de hambre que caer tan bajo.

Diana se dio la vuelta, dispuesta a alejarse de esa mujer venenosa, pero la voz de Clara la detuvo en seco, afilada como un bisturí.

—¿Y prefieres que tu madre muera también?

Diana se congeló.

—¿Qué dijo?

Clara sacó su teléfono móvil y marcó un número, poniendo el altavoz.

—Shhh. Escucha —ordenó.

Al tercer tono, una voz masculina contestó.

—¿Diga? Aquí, administración del Hospital General.

—Hola, soy Clara Thompson —dijo ella, mirando fijamente a los ojos aterrorizados de Diana—. Llamo por el caso de la paciente Elena Parker, habitación 402.

—Ah, sí, señorita Thompson. Justo estábamos procesando la orden de alta administrativa. La deuda actual asciende a cinco mil dólares y no hemos recibido el pago. Según el protocolo, debemos suspender el suministro de oxígeno y medicamentos en... —Se escuchó el ruido de un teclado—... veinte minutos. Luego procederemos al desalojo.

Diana sintió que se le cortaba la respiración. Veinte minutos. Su madre no sobreviviría ni una hora sin el oxígeno.

—Entiendo —dijo Clara con calma—. Espere un momento en línea, por favor.

Clara tapó el micrófono con la mano y miró a Diana. La crueldad en sus ojos azules era absoluta.

—Ahí lo tienes, Diana. Veinte minutos. Ese es el tiempo que le queda de vida a tu madre. Puedes salir por esa puerta con tu dignidad intacta y organizar un funeral mañana... o puedes aceptar mi trato.

Diana miró el teléfono. Imaginó a su madre, sola en esa cama fría, asfixiándose, esperando a una hija que no llegaba con la ayuda prometida. El dolor era físico, un puñal en el pecho.

—¿Por qué me hace esto? —sollozó Diana, cayendo de rodillas frente a Clara, derrotada—. Usted tiene millones. Podría ayudarme sin pedirme esto. ¿Por qué quiere destruirme?

—Porque tú destruiste mi matrimonio antes de que empezara —siseó Clara, inclinándose hacia ella—. Mi esposo está ciego por tu culpa. Ahora es un inútil que no puede verme, que me da asco. Pero necesito ese heredero para asegurar mi fortuna. Tú le debes esto a él, y me lo debes a mí. Es justicia poética.

Clara volvió a destapar el micrófono del teléfono.

—¿Y bien? El señor de administración está esperando. ¿Le digo que la eche a la calle o le digo que cargue todos los gastos a mi cuenta personal ilimitada?

Diana miró hacia el pasillo que llevaba a la UCI, donde Massimo yacía en la oscuridad. Pensó en cómo él se había lanzado sobre ella sin dudarlo. Él la había salvado. Y ahora, para salvar a la única persona que le quedaba en el mundo, ella tendría que traicionarlo de la peor manera posible.

Era una elección imposible. Pero el amor de una hija no entiende de moralidad.

Diana cerró los ojos, dejando que las lágrimas corrieran por sus mejillas.

—Pague —susurró, con la voz rota—. Pague la cuenta. Lo haré.

Clara sonrió. Una sonrisa triunfal y depredadora.

—Excelente elección.

—¡Cárguelo todo a mi cuenta! —ordenó Clara al teléfono—. Y quiero que trasladen a la señora Parker a la Clínica San Judas. Quiero la mejor suite y al mejor cardiólogo. Si esa mujer muere, demando al hospital. ¿Entendido?

Colgó y guardó el teléfono en su bolso de diseñador. Luego, agarró a Diana por la barbilla, obligándola a mirarla.

—Ahora eres mía, Diana. Y hay reglas. Reglas estrictas.

Diana asintió, sintiéndose sucia, vacía.

—Primero: nadie puede saberlo. Si abres la boca, tu madre pierde el tratamiento y tú vas a la cárcel por fraude. Tengo abogados que harían que parezca que tú planeaste todo para robarme.

—No diré nada —prometió Diana.

—Segundo: Massimo no puede saber quién eres. Él creerá que eres yo. Por suerte para nosotras, él y yo nunca hemos tenido intimidad, así que no conoce mi... estilo. Pero conoce mi perfume.

Clara sacó un frasco pequeño de su bolso y se lo lanzó. Diana lo atrapó en el aire. Chanel N º 5.

—Te vendrás a vivir a nuestra casa. Te bañarás en esto cada noche antes de entrar a su habitación. Ahogarás tu olor a pobreza con mi olor.

—Entendido.

—Tercero y más importante: nada de hablar. Massimo odia mi voz, así que no esperará que hable mucho. Pero tú no emitirás ni un sonido. Ni un gemido, ni una palabra. Si hablas, él notará la diferencia. Serás muda. Serás un cuerpo. Un envase para su semilla. Nada más.

Diana bajó la mirada, avergonzada.

—¿Cuándo... cuándo empiezo?

—Apenas salga de aquí, lo más pronto posible —sentenció Clara, poniéndose de pie y alisándose la falda—. Les diré a los médicos que quiero llevarme a mi esposo a casa. El hospital me deprime y a él lo pone furioso. Lo instalaremos en su mansión. Tú vendrás como parte del nuevo servicio doméstico para atender la casa, pero tu verdadero trabajo empezará cuando se apaguen las luces.

Clara se dio la vuelta para irse, pero se detuvo un momento.

—Ah, una cosa más. Massimo puede ser... intenso. No esperes dulzura. Él me odia. Cree que soy una interesada que solo quiere su dinero. Así que cuando te toque, no te tocará con amor. Te tocará con rabia, con desesperación. Espero que aguantes.

Diana se quedó sola en la sala de espera, apretando el frasco de perfume contra su pecho hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Se sentía como si acabara de vender su alma. Ya no era Diana Parker. Ahora era una sombra. Un fantasma diseñado para engañar a un hombre ciego en la oscuridad de su propia desgracia.

Miró hacia la puerta de la UCI una última vez.

—Perdóname, Massimo —susurró al vacío—. Perdóname.

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sheylaUn inicio muy interesante ya quede enganchada, ahora a esperar más capítulos
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