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Capítulo 5: La verdad cosida al forro

Diego apareció en mi oficina al día siguiente. Llevaba un traje azul marino de corte impecable y desprendía un aura de triunfo absoluto. Su sonrisa, esa que antes me derretía, ahora me resultaba... demasiado perfecta. Parecía una máscara pulida bajo la luz de los halógenos después de lo que había descubierto la noche anterior.

—¿Abril Rojas? —dijo con ese tono magnético, profesional pero cargado de un flirteo ensayado.

—¿Diego Larraín? —seguí el juego, aunque por dentro mis sospechas ya eran un incendio rugiente.

Me tomó de la mano y me llevó al jardín interior del edificio, lejos de los oídos curiosos. El sol de la tarde se filtraba entre las plantas, creando sombras alargadas y distorsionadas.

—La gala empresarial anual —anunció con los ojos brillantes—. Es en dos semanas.

—Lo sé. Es el feudo de tu familia.

—Esta vez será diferente —susurró, estrechando mis manos. Su emoción parecía la de un niño guardando un secreto macabro—. Abril, he preparado una sorpresa. Algo que hará temblar a todo el círculo social y que cambiará nuestro futuro para siempre.

Una sorpresa. Cambiar nuestro futuro.

Esas palabras me golpearon como una descarga. En el mundo de los Larraín, en una gala de ese calibre, una "sorpresa" que involucra el "futuro" solo podía significar una cosa: el compromiso formal.

Iba a pedirme matrimonio frente a quinientas personas, bajo los flashes de la prensa, desafiando públicamente el discurso de su padre sobre quién "nace para el éxito" y quién es solo un espectador.

—¿Estás seguro de hacerlo ahí, Diego? —pregunté con la voz trémula.

—Es el escenario perfecto. Quiero que todo el mundo sepa lo que significas para mí. Que vean que nadie puede mover mi voluntad.

En ese momento, estuve a punto de rendirme. Todas las dudas sobre mi padre, el complot y la sangre derramada parecieron evaporarse bajo su mirada ardiente. Pensé que tal vez él era mi redención, mi única salida de ese laberinto de mármol.

—No se lo digas a nadie, Abril —dijo de pronto, endureciendo el gesto—. Ni siquiera a Sara. Un solo rumor y la sorpresa se arruina. Prométeme que guardarás silencio absoluto.

Asentí. En ese entonces, creí que era solo su perfeccionismo obsesivo.

El preludio de seda

Las dos semanas siguientes fueron un torbellino de ausencias. Diego estaba más distante que nunca, siempre escudado en la "crisis con el acuerdo de Valverde" y en la furia de su padre.

Mientras tanto, Isabel me arrastró a una boutique de lujo, una de esas donde no hay etiquetas de precio porque, si tienes que preguntar, no perteneces allí.

—Abril, querida, no puedes presentarte en la gala de los Larraín con algo simplemente "aceptable" —dijo Isabel, recorriéndome con una mirada que se sentía como una cinta métrica de hielo—. Necesitamos que te veas... adecuada.

Finalmente, eligió un vestido color champán cubierto de lentejuelas diminutas. Brillaba con una intensidad que me resultaba casi falsa, como diamantes triturados sobre seda.

—Perfecto —murmuró Isabel mientras me miraba en el espejo. Una sonrisa extraña, casi quirúrgica, asomó en sus labios—. Con esto, serás el centro de todas las miradas esa noche.

No dijo que estaba hermosa. Dijo que sería el centro de las miradas. Yo, en mi ingenuidad, lo interpreté como la aprobación de una futura suegra.


El silencio antes del trueno

Tres días antes de la gala, recibí un mensaje de Diego:

Diego: Recuerda nuestro trato. Silencio absoluto. Es el comienzo de nuestra nueva vida. Te amo.

Me quedé mirando la palabra "amor", pero mi estómago se contrajo sin previo aviso.

Había seguido investigando en las sombras. No solo guardé los documentos de las demandas antiguas, sino que descubrí algo inquietante: en la versión final del informe del Proyecto Helios, el error del 15% que yo había detectado seguía allí, intacto.

Intenté advertir a Diego, pero él solo besó mi frente y dijo que todo estaba bajo control.

La inquietud me trepaba por la espalda como una hiedra venenosa. Diego estaba tenso; su mirada me rehuía. Isabel sonreía con la calma de un anestesista antes de una operación mayor.

Miré el vestido champán colgado en mi habitación. Bajo la luz de la luna, emitía un brillo frío y plateado. No parecía un vestido de novia; parecía una mortaja exquisitamente bordada. Un uniforme de sacrificio.

No sé si me volví loca de paranoia, pero en un impulso, cosí un pequeño micrófono oculto en el forro del corpiño.

Si esa noche era el inicio de mi nueva vida, quería grabar cada promesa. Si esa noche era un funeral, necesitaba pruebas para el juicio.

Pensaba que caminaba hacia un altar. No sabía que la "sorpresa" de Diego era, en realidad, una daga dorada apuntando directo a mi espalda.

Faltan seis horas para la gala. Y ya puedo oír el sonido de la madera ajustándose en el patíbulo.

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