El departamento de Sara olía a café fuerte y determinación.
Llevábamos dos horas revisando cada documento, cada correo, cada detalle del plan de los Larraín.
—Esto es oro —dijo Sara, mirando las fotos en mi teléfono—. Evidencia documental de conspiración para difamación. Cualquier abogado se volvería loco con esto.
—Pero no podemos ir a un abogado todavía —dije—. Si lo hacemos, Diego se enterará. Adelantará el plan.
—Entonces, ¿qué propones?
Me recosté en el sofá, procesando las opciones.
—Voy