La mansión de los Larraín no era solo grande; era una declaración de guerra silenciosa contra cualquiera que no hubiera nacido con un apellido de alcurnia.Los muros altos cortaban el ruido de la ciudad, y los jardines europeos, podados con una precisión casi dictatorial, lucían siniestros bajo la costosa iluminación. Es el tipo de casa que no necesita palabras para proclamar: «Aquí no recibimos vagabundos, solo herederos».Diego me tomó de la mano mientras caminábamos hacia la entrada. Su palma estaba sudorosa, pegajosa. Estaba nervioso, pero no por mí, sino por temor a que yo, su «accesorio», arruinara el escenario de esa noche.—Mi madre puede ser estricta —susurró con el cansancio de quien otorga una limosna—, pero es por nuestro bien. Constanza es mordaz por naturaleza; no te lo tomes como algo personal.«No te lo tomes personal». El eslogan de los hombres cobardes.La puerta se abrió sin ruido. El mayordomo, una escultura uniforme y sin alma, se inclinó levemente.—Buenas noches
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