Los cambios fueron graduales. Tan sutiles que al principio los atribuí a mi propia paranoia.
Primero fueron los mensajes. Diego siempre había sido meticuloso con sus buenos días y buenas noches. Textos puntuales, a las 8 AM y a las 11 PM, como un ritual.
Luego empezaron a llegar tarde.
Diego: Buenos días, mi amor. Perdón, junta tempranísima.
O peor, no llegaban. Y tenía que ser yo quien los iniciara.
Yo: ¿Todo bien?
Diego: Sí, solo el desastre con Valverde. Los números no cuadran. Papá está fur