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Capítulo 2: La lucidez del ron doble

Sara ni siquiera levantó la vista cuando empujé la puerta aceitosa de "El Callejón". Le bastó con captar la forma en que encogía los hombros al caminar, ese gesto de querer ocupar menos espacio, para entenderlo todo.

—Dos mojitos —le dijo al bartender con un chasquido de dedos antes de que yo lograra trepar al taburete—. Dobles de ron, dobles de menta. Y trae las patatas fritas más grasientas y letales que tengas.

Me dejé caer en el asiento. El lugar olía a una mezcla de cerveza barata, tabaco de mala calidad y libertad. Los latidos del heavy rock golpeaban mis tímpanos, lo suficientemente fuerte como para ocultar cualquier susurro indiscreto. Era el antídoto perfecto contra Isabel Larraín, esa mujer que tomaba Earl Grey en porcelana china.

—¿Tan obvio es? —pregunté con la voz reseca y una sonrisa amarga.

—Tu cara dice: "me acaban de robar el alma y encima firmé el recibo con cinco estrellas" —Sara me analizó con esos ojos letales que funcionaban como rayos X—. Déjame adivinar: Diego de nuevo. ¿Te ha vuelto a morder ese Golden Retriever?

No era una pregunta. El bartender deslizó los vasos empañados por el frío. Sara tocó el borde del mío con el dedo, dándome la orden silenciosa de beber.

Le di un trago largo. El ron áspero me quemó la garganta con una violencia gélida, haciéndome sentir, por un instante, que estaba viva. Tras un día entero flotando en el espejismo de perfumes y mentiras del Grupo Larraín, esto era mi único salvavidas.

—Hoy encontré un error de quince millones de dólares. Dos días enteros de análisis sin cerrar los ojos —dije mirando los hielos rotos en mi vaso—. Y mañana, Diego se pondrá su traje hecho a medida, se parará bajo los focos y dirá, sin que le tiemble el pulso, que esos números son su "obra maestra".

Sara soltó una carcajada seca. No hubo consuelo ni compasión; solo levantó su vaso como si estuviera abofeteando al aire.

—Brindo por el gran patriarcado. Las mujeres sangran en las trincheras y los hombres se secan el sudor en el podio. Salud.

Me reí, pero sentí un escozor ácido en los párpados. Mi risa sonó vacía, más parecida a un lamento mudo.

—No es solo Diego —continué, escupiendo el veneno acumulado—. Es Ricardo, que me mira como si fuera una engrapadora útil. Es el equipo entero, que me ve como un accesorio de Diego, una calculadora personal con cabeza. Porque me apellido Rojas, un apellido demasiado común, y creen que no tengo talento, solo suerte.

—Porque necesitan cosificarte —Sara trituró una patata y la hundió en el kétchup como si estuviera deshaciéndose de un cadáver—. Si fueras un genio independiente, la mediocridad de Diego no tendría donde esconderse. Tienes que ser su adorno, como su Rolex o su título universitario de oro.

—Él me consiguió el trabajo —solté esa defensa por inercia, sintiéndome hipócrita al instante.

—¿Eso fue caridad? No, eso fue un cerco —Sara me apuntó con una patata—. Te metió en un laboratorio donde pudiera vigilarte, poniéndole el collar de los Larraín a tu cerebro. No te dio una oportunidad; se compró un CPU con mantenimiento gratuito de por vida.

—¿Y qué se supone que haga? ¿Renunciar? ¿Vivir en la calle?

—O —Sara bajó la voz, inclinándose hacia delante con una mirada afilada como un bisturí— podrías dejar de pedir permiso para brillar. Mañana, entra en esa sala. Frente a esos tiburones capitalistas, usa tu lógica para arrancarle a Diego esa piel de hipocresía.

—Diego se volvería loco, y mi madre también...

—Al carajo Diego y al carajo el miedo —me cortó—. ¿Tú hiciste los cálculos? ¿Tú arreglaste el error? Cuando ese viejo tiburón de Valverde pregunte por la lógica subyacente, ¿ese inútil de Diego sabrá responder?

—... No sabrá.

—Entonces recupera tu territorio. Deja de ser la "niña invisible y obediente" que tu madre crió. Abril, por tus venas corre sangre Villalba, no el agua sucia de esos parásitos.

Al mencionar ese apellido, sentí una descarga eléctrica recorriendo mi columna.

—Ese apellido solo trae desgracias.

—¿Y por eso vas a pagar tu deuda siendo pequeña toda la vida? —El tono de Sara ya no era agresivo, sino de una claridad letal—. Tu talento no es una deuda; es tu única arma. El día que decidas apretar el gatillo, todo el castillo de los Larraín se vendrá abajo.

Mi teléfono vibró con furia sobre la mesa, como una sentencia.

Diego: Amor, ¿dónde estás? Mamá pregunta si prefieres pescado o carne para la cena. Dice que recuerda que eres "delicada" con la comida pesada. 🙄

Sara leyó el mensaje con desprecio. —"Delicada". Así es como esa vieja te dice que eres una muerta de hambre con demasiadas pretensiones. Cree que darte una cena de lujo es la mayor bendición de tu vida.

Respiré hondo y tecleé rápido.

Yo: Lo que sea está bien. Llego en quince minutos. Diego: Buena chica ❤️ Gracias de nuevo por el análisis. Mañana, después de esto, me darán el ascenso y te llevaré a París.

Apagué la pantalla. —"Me darán el ascenso" —repetí en un susurro—. Ni siquiera se molesta en decir "nosotros".

Sara se levantó y se puso su chaqueta de cuero llena de remaches. Por una vez, me apretó el hombro con una fuerza que parecía querer transferirme su propia energía.

—Ve a esa cena que parece un funeral —dijo desde la puerta—, pero recuerda una cosa: la próxima vez que Diego intente robarte el crédito, aunque sea solo para que el vino no se agrie, di que "no". Hazte visible ante esos aristócratas, aunque sea por un segundo.

—Sara, yo...

—No digas que no puedes —me interrumpió—. Solo tienes tanto miedo que confundes el "instinto de supervivencia" con la "mansedumbre".

Me quedé sola frente al vaso vacío, con el corazón martilleando.

No les debo mi pequeñez.

Pagué la cuenta y salí. El aire frío de la noche disipó el alcohol, pero no la rabia que empezaba a arder. El bus cruzaba la ciudad y el cristal reflejaba mi rostro: esa cara que mi madre me ordenó mantener siempre fuera de los focos.

La chica del reflejo se veía frágil, como una hoja de papel que se rasga con un dedo. Pero el papel también puede cortar gargantas.

Me bajé cerca de la mansión. Caminé bajo la luz de la luna, que brillaba como nieve acumulada, hacia ese edificio imponente. Con cada paso, repetía el mantra de Sara:

No les debo mi pequeñez.

Al tocar el timbre de la puerta labrada, no me arreglé la falda como de costumbre. En su lugar, cerré el puño con fuerza. Diego abrió con esa sonrisa suya que creía capaz de derretirlo todo.

—Llegas tres minutos tarde, cariño —me besó en la frente, un gesto cargado de su habitual sentido de posesión—. Entra, no hagamos esperar a mamá.

Lo seguí hacia la fría y larga mesa de mármol. Isabel presidía la escena como una figura de porcelana fina.

Pero yo sabía que la que entraba no era solo Abril. Traía conmigo una bomba de tiempo, cargada con veinte años de opresión. Y esta cena era la mecha.

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