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Capítulo 4:El apellido comprado

Regresé a mi departamento con el sabor amargo de la humillación todavía adherido a la garganta como un líquido espeso. El "te amo" que Diego pronunció antes de irse fue tan mecánico que sonó a un trámite burocrático, una formalidad para mantener el decoro.

Las luces estaban encendidas. Mi madre me esperaba sentada en el sofá, con esa rigidez que solo adoptaba cuando el miedo la consumía.

—¿Cómo estuvo la cena? —preguntó, con esa ansiedad neurótica que siempre afloraba al mencionar a los Larraín.

—Bien —mentí, arrojando el bolso en el recibidor.

Marcela se levantó, estudiándome con fijeza. —No me mientas. Te conozco. ¿Qué pasó?

—Nada, mamá. Solo fue asfixiante. Isabel preguntó por ti. Y por papá.

Mi madre se puso pálida de inmediato; una palidez que parecía brotar de sus mismos huesos. —¿Qué... qué dijo de tu padre?

—Dijo que lamentaba el "accidente" —hice el gesto de las comillas con los dedos, cargado de sarcasmo—. Con esa voz de lástima barata, como si llorara a un perro callejero. Y Patricio dio un discurso sobre la gente que "nace para el éxito" y otros que lo arruinan todo por "falta de temple".

Mi madre se desplomó lentamente en el sofá. Sus manos temblaban sin control. —¿Preguntó por la empresa?

—No directamente. Pero mamá, ¿de qué conocen los Larraín a papá?

—¡No lo conocían! —respondió demasiado rápido; su voz aguda cortó el silencio del salón—. Tu padre era empresario, ellos también. En esos círculos, los nombres son solo símbolos.

—Entonces, ¿por qué te pones así cada vez que los menciono? Me estás mintiendo.

Marcela caminó hacia la cocina. Empezó a preparar té; su ritual de evasión preferido.

—No tiene sentido remover el pasado, Abril. Tu padre murió hace quince años. La empresa quebró, las deudas se pagaron y sobrevivimos. Eso es todo.

—¿Entonces por qué no puedo usar el apellido Villalba?

Sus manos se congelaron sobre la tetera. —Ya hablamos de esto.

—No, tú lo decidiste y yo obedecí. ¡Tenía ocho años! —la seguí hasta la cocina, con la voz cargada de una rabia contenida—. ¿De qué me estabas protegiendo exactamente? ¿O es que me estabas despojando de mi identidad?

Marcela giró bruscamente y en sus ojos vi un terror puro y visceral.

—¡Te protegía de ellos! ¡De gente como los Larraín! Son como piedras de molino, Abril; trituran cualquier hueso que no se doble ante ellos hasta convertirlo en polvo.

—¡Pero ahora estoy en el centro de la molienda! Salgo con Diego, me mato trabajando en su empresa. ¿De qué sirvió esconder el apellido?

—¡Porque ahora eres Rojas! —gritó con la voz quebrada—. Mientras seas una Rojas común y corriente, estarás a salvo. ¡Mientras seas lo suficientemente pequeña, no podrán verte!

—¿A salvo? ¡En esa mesa me sentí como un trozo de carne sobre una tabla de disección!

El pacto de sangre

El silencio cayó como una losa. El silbido de la tetera sonó como una alarma de emergencia.

Marcela tardó mucho en hablar. Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro: —Tu padre... fue demasiado ambicioso. Empezó de la nada y creyó que con inteligencia y trabajo duro podría arrebatarles la carne de la boca a los depredadores. Ganó licitaciones, obtuvo grandes proyectos. Pero no entendió las reglas.

—¿Qué reglas?

—A quién comprar, cuánto pagar, cuándo callar. Al final, descubrió cosas... cosas que no debían ver la luz. Quiso hacer "lo correcto", quiso denunciar.

—Y murió —completé la frase por ella.

Mi madre no respondió; las lágrimas corrían silenciosas por sus mejillas.

—Después del funeral, vinieron unos abogados de trajes caros. Dijeron que representaban a los "socios" de tu padre. Me ofrecieron dinero; lo suficiente para empezar de nuevo en un lugar donde nadie nos conociera.

Mi sangre se congeló. —¿A cambio de qué?

—Tenía que firmar una renuncia a todos los derechos sobre la empresa. Y tenía que borrar, legal y definitivamente, el apellido Villalba de tus documentos. Para que, ante la ley, dejaras de ser la hija de tu padre.

El mundo pareció inclinarse bajo mis pies. —Incluso te amenazaron.

—Dijeron que el mundo era peligroso, que los "accidentes" pasaban. Sugirieron que sería una lástima que tú tuvieras la misma "mala suerte" que tu padre —me agarró de los hombros, clavando sus dedos en mi piel—. ¡Abril, firmé porque quería que vivieras! ¡Quería que fueras una chica normal, invisible, alguien que no llamara la atención de nadie!

—¡Pero yo no quiero ser invisible! —me solté de su agarre—. ¿Qué diferencia hay entre esta vida y estar muerta?

El acecho del cazador

Me encerré en mi habitación.

¿Mi padre murió en un accidente? No, fue un asesinato. ¿Mi madre me protegió? No, me crió para ser una oveja mansa lista para el matadero.

Agarré mi teléfono y tecleé con furia: Villalba Construcciones + Larraín.

Entre enlaces inútiles, encontré un archivo antiguo de una hemeroteca digital: "Villalba Construcciones gana licitación millonaria; Grupo Larraín cuestiona la adjudicación y presenta demanda". Fecha: seis meses antes de la muerte de mi padre.

Luego, encontré el acta de desistimiento en un registro legal público. Razón: Fallecimiento del demandado, quiebra de la empresa y acuerdo extrajudicial con los herederos.

Era perfecto. Sin testigos, recuperaron el proyecto, sellaron los labios de la viuda con dinero y, por si fuera poco, terminaron criando a la descendiente de su enemigo bajo su propia ala.

En ese instante, la rabia de la humillación se disipó, reemplazada por una calma absoluta y gélida.

Me miré al espejo. Cabello castaño, ojos azules y esa cara que parecía tan dócil, casi cobarde.

Mañana iría a la reunión con Valverde. Vería a Diego robarse mi informe. Vería a Patricio sonreír con la arrogancia del vencedor.

Pero yo ya no era Abril Rojas. Era la hija de Andrés Villalba.

Mi objetivo ya no era buscar su aprobación, sino demoler su imperio de mentiras y mármol. Les enseñaría que el hueso que creyeron haber triturado es, en realidad, una aguja de acero apuntando directo a su corazón.

Abrí mi laptop y creé una carpeta oculta. El nombre tenía solo una palabra: ALTAR.

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